La vio desaparecer por el bosquecillo y volvió al trabajo. Era muy raro que hubiera salido a dar un paseo. Últimamente, apenas salía de su habitación. Phillip se alegraba de que lo hubiera hecho. A lo mejor, el paseo la animaba. No del todo, claro. Ni siquiera el sol tenía la capacidad de hacerlo. Pero, a lo mejor, un cálido y soleado día bastaría para alegrarla un poco y conseguía hacerla sonreír.
Sólo Dios sabe que a los niños les iría de perlas. Iban a verla cada noche a su habitación, pero aquello no era suficiente.
Y Phillip era consciente de que él no les estaba compensando aquella pérdida.
Suspiró, sintiéndose culpable. Sabía que no era la clase de padre que necesitaban. Intentaba decirse que lo hacía lo mejor que sabía, que estaba haciendo bien lo único que se había propuesto: no ser como su padre.
Pero, aún así, sabía que no era suficiente.
Con movimientos decididos, se apartó de la mesa de trabajo. Las semillas podían esperar. Posiblemente, sus hijos también, pero eso no quería decir que debieran hacerlo. Además, ese paseo por el bosque deberían hacerlo con él, y no con la niñera Millsby, que no sabía distinguir entre los árboles caducifolios y las coníferas y, seguramente, les diría que una rosa era una margarita y…
Volvió a mirar por la ventana, recordándose que era febrero. Seguramente, la niñera Millsby no encontraría ninguna flor en el bosque con el tiempo que había hecho y, además, eso no era excusa. Era él quien debía llevarlos de paseo. Era una de esas actividades que hacían los niños que se le daban verdaderamente bien y no debía eludir la responsabilidad.
Salió del invernadero y, cuando apenas había recorrido un tercio del camino hasta la casa, se detuvo. Si iba a acompañar a los niños, debería llevarlos a ver a su madre. La echaban mucho de menos a pesar de que, cuando estaban con ella, sólo les acariciara la cabeza. Sí, tenía que encontrar a Marina. Aquello les iría mucho mejor que un paseo por el bosque.
Pero sabía, por experiencia, que no debía fiarse de ella. El hecho de que hubiera salido de casa no quería decir que se encontrara bien. Y odiaba que los niños la vieran en plena crisis.
Dio la vuelta y se dirigió hacia el bosquecillo por donde había desaparecido su mujer hacía tan sólo unos instantes. Caminaba el doble de deprisa que ella, así que no tardaría mucho en encontrarla y asegurarse que estaba de buen humor. Después, podría llegar a la habitación de los niños antes de que estuvieran preparados para salir con la niñera Millsby.
Caminó por el bosque, siguiendo las huellas de Marina. El suelo estaba blando, por la humedad, y su mujer debía llevar botas pesadas porque la suela y el tacón estaban perfectamente definidos. Lo llevaron por el camino y hacia el otro lado del bosquecillo, y luego por un camino cubierto de hierba.
– ¡Maldita sea! -susurró Phillip, aunque la brisa casi le impidió escuchar sus propias palabras.
Era imposible seguir las huellas por la hierba. Se colocó una mano a modo de visera, para protegerse los ojos del sol, y buscó algún destello de rojo.
No vio nada cerca de la casa abandonada, ni en su campo de veteados experimentales, ni en la roca en la que tantas veces se había encaramado de pequeño. Se giró hacia el norte, forzando la vista hasta que la localizó. Iba hacia el lago.
El lago.
Phillip separó los labios mientras la miraba avanzar lentamente hacia la orilla. No se había quedado helado; era más bien como si, mientras digería aquella imagen, hubieran detenido el tiempo. Marina nunca nadaba. De hecho, no sabía ni si sabía hacerlo. Suponía que ella sabría que había un lago en la finca pero, sinceramente, en aquellos ocho años de matrimonio nunca la había visto bajar allí. Empezó a caminar, temiéndose lo que su mente se negaba a aceptar. Cuando la vio adentrarse en la parte poco profunda, aceleró el paso, aunque todavía estaba demasiado lejos para poder hacer algo; sólo podía gritar su nombre.
Y lo hizo, pero si ella lo escuchó, no dio ninguna señal; sólo siguió avanzando con paso firme hacia las profundidades del lago.
– ¡Marina! -gritó él, echando a correr. Aunque volara, todavía tardaría un minuto en llegar al agua-. ¡Marina!
Ella llegó a un punto en que sus pies perdieron contacto con el fondo y se hundió, desapareció debajo de la superficie gris brillante, aunque la capa roja flotó unos instantes encima del agua antes de empaparse y hundirse.
Phillip la llamó otra vez, pero era imposible que lo escuchara. Bajó la pendiente a trompicones y resbalando y, cuando llegó a la orilla, tuvo el suficiente aplomo para quitarse el abrigo y las botas antes de meterse en aquel agua congelada. Marina llevaba ahí abajo poco más de un minuto; Phillip sabía que era imposible que se hubiera ahogado pero cada segundo que tardara en encontrarla sería un segundo menos antes de la muerte de su mujer.
Se había metido en el lago muchas veces y sabía perfectamente dónde empezaba a ser profundo. Nadó con brazadas amplias hasta ese punto crítico sin darse cuenta de la resistencia de la ropa al agua.
Sabía que podía encontrarla. Tenía que encontrarla.
Antes de que fuera demasiado tarde.
Se zambulló en el agua, buscando a Marina debajo de las aguas revueltas. Seguro que había llegado al fondo y había levantado barro, porque el agua estaba sucia y aquellas opacas nubes de suciedad le impedían ver con claridad.
Pero, al final, a Marina la salvó su predilección por el color rojo. Cuando Phillip localizó la capa, nadó hacia allí a toda velocidad. Ella no se resistió cuando la subió hacia la superficie; de hecho, estaba inconsciente y sólo era un peso muerto en sus brazos.
Cuando salieron, Phillip tuvo que llenarse varias veces los pulmones, que le dolían mucho. Durante unos instantes, sólo pudo concentrarse en respirar porque el cuerpo le decía que, antes de poder salvar a nadie, tenía que recuperarse. Entonces, la llevó hasta la orilla, con cuidado de mantenerle la cabeza fuera del agua, aunque parecía que no respiraba.
Al final, cuando llegaron a la orilla, Phillip la dejó encima de la zona cubierta de tierra y piedras que separaba el lago y la hierba. Con movimientos rápidos, intentó comprobar si respiraba, pero no le salía nada de aire de la boca.
No sabía qué hacer, jamás se había imaginado que tendría que salvar a alguien a punto de ahogarse, de modo que hizo lo que le pareció de mayor sentido común: la colocó encima de sus rodillas, bocabajo, y le dio unos golpecitos en la espalda. Al principio, no pasó nada pero, después de la cuarta sacudida, Marina tosió y escupió un poco de agua sucia.
Phillip le dio la vuelta enseguida.
– ¿Marina? -preguntó, nervioso y dándole unas suaves cachetadas-. ¿Marina?
Ella volvió a toser y empezó a temblar y a sufrir pequeños espasmos. Y entonces empezó a respirar porque, aunque la mente quería otra cosa, los pulmones la obligaron a vivir.
– Marina -dijo Phillip, aliviado-. Gracias a Dios. -No la quería, nunca la había querido, pero era su mujer, la madre de sus hijos y, debajo de esa coraza de pena y desesperación, era una buena persona. Puede que no la quisiera, pero tampoco deseaba su muerte.
Marina parpadeó, un poco perdida, hasta que poco a poco se fue dando cuenta de dónde estaba y de con quién estaba y suspiró:
– No.
– Tengo que llevarte a casa -dijo él, muy seco, incluso sorprendido de la rabia que le había provocado esa palabra.
“No.”
¿Cómo se atrevía a rechazar su ayuda? ¿Acaso iba a rendirse por estar triste? ¿Podía más la melancolía que sus dos hijos? En la balanza de la vida, ¿un mal día pesaba más que lo mucho que unos niños necesitaban a su madre?
– Nos vamos a casa -gruñó él, levantándola de manera bastante brusca. Ahora estaba respirando bien y, obviamente, volvía a estar en perfecto uso de sus facultades, por alteradas que estuvieran. No había razón para tratarla como a una flor delicada.