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Cavan se rió entre dientes y se levantó dispuesto a marcharse.

—Bueno —dijo—, si no me equivoco, Ken, nos has jodido bien. —Abrió la puerta—. Pero con elegancia. —Asintió—. Cuídate.

Le sonreí.

En realidad, a esas alturas me habría avenido alegremente a cascársela a un facha y dar el asunto por zanjado, pero —en teoría, de acuerdo con la locura de plan, al menos— lo que tenía que ocurrir a continuación era que alguien llevara más lejos el tema y consiguiera que la policía se presentara y se me acusara formalmente de agresión.

Porque entonces —pese a todos los testigos, pese a las cámaras y las cintas de vídeo y a que se pudiera volver a pasar a cámara lenta desde distintos ángulos y, desde luego, pese al espléndido cardenal de Lawson Brierley— tenía toda la intención, ante la policía, ante los abogados, ante el juez y ante el tribunal si llegaba el caso, de negar que aquello había sucedido.

Y eso sí que era lo bueno.

9. PECES GORDOS

—Sabía que tramabas algo.

—¡Y una mierda! No lo sabías.

—¡Que sí! ¿Por qué te crees que estaba tan nervioso en el Pig?

—Siempre estás nervioso cuando hago algo que escapa a tu control.

Phil emitió un sonido que solo puede definirse como grito ahogado.

—No es verdad, Ken. No es justo. —Parecía ofendido de verdad.

Apoyé la mano en su hombro. Seguía siendo verdad, eso sí, pero dije:

—Perdón.

—No le pegaste de verdad, ¿no?

—Sí. Le di una buena hostia en la cara.

—¿Un puñetazo como Dios manda?

—Un puñetazo como Dios manda. Mira esta mano.

Le mostré la mano derecha para que viera los rasguños de los nudillos. Todavía me dolía la mano.

—Estás muy orgulloso, ¿verdad?

Lo pensé un momento.

—Sí —contesté.

Estábamos en el Bough. Phil me había dicho que esperaría en Capital Live! a que terminara la grabación de Última hora y recibir luego un informe de lo ocurrido; así que se sorprendió mucho al verme entrar en el despacho apenas noventa minutos después de haberle dejado para dirigirme al estudio de televisión en Clerkenwell.

—¿Le atacaste? —había preguntado Kayla, recostándose en la silla con su chaqueta de camuflaje y mordisqueando un bolígrafo. Yo había asentido y ella se había levantado y me había dado un beso—. Magnífico, Ken.

Phil y su ayudante Andi se habían mirado horrorizados. Y Andi había dicho:

—Propongo que vayamos al pub.

—Pero no avisaron a la policía.

—De momento no. Se pasaron el rato tratando de convencerme para que me quedara y continuara con el debate. No sé qué los hizo desistir, si el hecho de que hablar conmigo era como hablarle a la pared o que las chicas de maquillaje se estaban quedando sin base para cubrir el moretón de Lawson. Al final me fui y cogí un taxi.

—¿Crees que Brierley presentará cargos?

—Ni idea. —Me bebí mi London Pride y dediqué una gran sonrisa a Phil—. Me la suda.

—Llevabas semanas planeándolo, ¿verdad?

—Meses, en realidad. Desde la primera vez que me llamaron al despacho de Debbie, en septiembre. Tenía el típico dilema de no querer darles a esa gente una plataforma pero por otro lado querer exponerlos en público y machacar a esos cabrones espeluznantes, y la verdad es que pensé que podía hacerlo porque soy un puñetero liberal militante, no el típico endeble que trataría de comprender a ese hijo de puta o se limitaría a horrorizarse, pero luego pensé que no, que mejor bastaba con darle a probar un poco de su propia medicina.

Phil permaneció un rato en silencio, de modo que le miré: estaba sentado de lado, mirándome.

—¿Qué?

—Tal vez no te conozca tan bien como creía.

—Sí —contesté con una mueca—. Está bien, ¿eh?

—Aunque si presenta cargos contra ti podrías estar metido en un problema bastante grave.

—¿Por un primer delito? ¿Sin armas? No creo que vaya a acabar en prisión. Sí que se me había pasado por la cabeza la peor de las posibilidades en la que, justo en cuanto le ponía las manos encima a ese cabrón, me dejaba llevar y lo hacía picadillo, le dejaba paralítico o lo mataba o algo o le metía un UB47 de Telefunken por el culo, pero al final la cosa ha salido bastante bien. Puedo soportar una multa y quedar bajo apercibimiento, o como se llame.

—Pensaba más bien en tu trabajo.

Le miré.

—Sí. En teoría.

—No solo en teoría.

—Pensaba que ése era un punto seguro. No nos han echado la bronca desde, uf, desde hace semanas.

—¡Ken, por favor! Vivimos constantemente en el filo de la navaja, recibamos o no advertencias formales o discursitos en privado. Se me ha echado encima el departamento de publicidad con cancelaciones de American Airlines, Turismo Israelí… y uno o dos más. Obviamente, he conseguido contenerlos. Lo están pasando mal. Ahora mismo hay varias campañas bastante grandes que se están retirando, perder las que están pendientes les quita el sueño y estoy seguro de que la preocupación escala la estructura corporativa.

Fruncí el ceño.

—Bueno, tal vez los de Turismo Israelí vuelvan ahora que he pegado a un tipo terrible que niega el Holocausto.

Phil lucía una expresión de escepticismo muy pertinente.

—O tal vez —dijo— esto podría ser la gota que colma el vaso. Yo consultaría tu contrato. Prescindiendo de vagos comentarios que pudieran desacreditar a la emisora, apuesto a que cualquier tipo de procesamiento criminal, incluso pendiente, una simple amenaza de proceso, significa que pueden suspenderte de empleo y sueldo.

—Mierda. —Tenía la terrible impresión de que Phil estaba en lo cierto—. Será mejor que telefonee a mi agente.

—Veamos, señor McNutt. ¿Querría describir con sus propias palabras lo que ocurrió en el estudio de Winsome Productions, en Clerkenwell, Londres, la tarde del lunes catorce de enero de dos mil dos?

Mierda, era el mismo agente que me había interrogado acerca del viaje al East End en el que rompí la ventanilla del taxi y golpeé a «Raine» en la cara. Me habían ofrecido la posibilidad de prestar declaración en mi comisaría local y yo, estúpido de mí, la había aceptado. El agente era un joven blanco, de cara angulosa con carrillos algo fláccidos y pelo castaño que empezaba a retroceder por las sienes. Sonrió.

—Tómese su tiempo, señor McNutt. —Dio unas palmaditas a la aparatosa grabadora de madera que había en la mesa de la sala de interrogatorios.

No me gustaba la fruición con la que pronunciaba mi nombre. Aproximadamente por vez número quinientos en mi vida, maldije a mis padres por no haberse cambiado el apellido de manera oficial antes de nacer yo.

—Nunca ocurrió —dije.

Pausa.

—¿El qué? ¿Toda la tarde?

—No, lo que sea de lo que se me acusa.

—Agresión, señor McNutt.

—Sí, eso. No ocurrió. Se lo han inventado todo. —Empezaba a sudar. Parecía un plan genial hasta que empecé a seguirlo.

—Se lo han inventado todo.

—Sí.

—Bien, entonces, ¿qué ocurrió?

—Me presenté para la entrevista y la cancelaron.

—Comprendo. —El sargento meditó un instante. Consultó sus notas—. ¿En qué momento se canceló?

—No llegué a salir de la Sala Verde —dije, presa de una súbita inspiración.

—¿De dónde?

—La Sala Verde, la sala de recepción; donde te meten mientras no te necesitan en el estudio.

—Comprendo.

—No llegué a salir de allí. Vinieron a decirme que cancelaban la entrevista, el debate.

El sargento me miró con los ojos entornados.