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– ¿Dónde te has hecho daño?

– En el tobillo -dijo, con un hilo de voz-. Me lo he torcido -respiró hondo, temblorosa-. ¿Mario…?

Cal meneó la cabeza y Gena arrugó la frente al ver confirmadas sus sospechas.

– Nos… Nos dijo que nos escondiéramos aquí mientras averiguaba que estaba pasando. He esperado toda la noche a que volviera pero…

– ¿Qué tobillo? -la interrumpió Cal. Tenía toda la vida para llorar a su marido, pero él tenía que hacer muchas cosas y disponía de poco tiempo.

Ella se quedó callada, con los ojos llenos de lágrimas, y luego se señaló el tobillo derecho. Cal le arremangó la pernera del vaquero para ver cómo estaba. Y la respuesta era: mal. Lo tenía tan hinchado que el calcetín ya no daba más de sí y el moretón asomaba por encima del algodón. Cuando empezaron los disparos, todavía no se había cambiado para acostarse, así que llevaba vaqueros y zapatillas deportivas y, como por la noche hacía frío, no se había descalzado. Mejor porque, si lo hubiera hecho, no se habría podido volver a calzar. Eso la haría caminar mucho más despacio.

– Hacía frío -dio Angelina, con sus enormes ojos oscuros muy serios mientras apoyaba la espalda contra su madre-. Y estaba oscuro. Mamá tenía una linterna, pero se ha apagado.

– Nos duró lo suficiente para encontrar esa caja de ropa vieja con la que nos hemos tapado -dijo Gena, que inspiró temblorosa mientras hacía un gran esfuerzo por no derrumbarse delante de su hija.

Cal estaba asombrado. ¿Había encendido una linterna y la había dejado encendida? Pues tenían mucha suerte de estar vivas porque, si la luz del sol entraba por las grietas, la luz de la linterna salía por el mismo sitio. El hecho de que el desván no estuviera como un colador le confirmaba que los tiradores tenían visores infrarrojos en lugar de visores nocturnos; la visión nocturna hubiera magnificado la débil luz que pudiera salir por las grietas y habría sido como un enorme cartel con luces de neón que decía: «¡Dispara aquí!»

Lo habían hecho todo mal pero, por caprichos del destino, estaban vivas. A veces, las cosas iban así.

– Estamos todos en casa de los Richardson -dijo-. El sótano está totalmente protegido. Es demasiado pequeño para todos, pero servirá hasta que Creed y yo inventemos algo.

– ¿Inventar algo? ¡Llamad a la policía! ¡Eso es lo que tenéis que hacer!

– No hay teléfono. Ni luz. Estamos aislados -mientras hablaba, miró a su alrededor intentando encontrar algo que Gena pudiera utilizar como muleta. Nada. Tendría que pensar en algo, pero lo primero era lo primero-. Muy bien, tenemos que salir de este desván; aquí no hay ningún tipo de protección. Angelina tiene que ponerse ropa cálida y zapatos…

– No puedo caminar -dijo Gena-. Ya lo he intentado.

– ¿Tienes algún vendaje elástico con el que pueda reforzarte el tobillo? Ya encontraré algo para que te apoyes, pero tienes que caminar. No tienes otra opción. Te dolerá muchísimo, pero tienes que hacerlo -no dejó de mirarla ni un segundo para explicarle sin palabras lo seria que era la situación.

– ¿Un vendaje elástico? Ah… creo que sí. En el baño.

– Iré a buscarlo -a los pocos segundos, ya estaba abajo, abriendo todos los cajones del tocador del baño hasta que encontró el vendaje. Ya que estaba en el baño, miró en el botiquín, encontró un bote de aspirinas y se lo metió en el bolsillo; luego, volvió al desván.

– Tómate un par de aspirinas -le dijo mientras le daba el bote-. No tengo agua así que, si no puedes tragártelas enteras, mastícalas.

Gena masticó las pastillas, con una cara horrible, mientras Cal le vendaba el tobillo.

– Haremos lo siguiente: primero bajaré a Angelina y la dejaré en la cocina para que se cambie…

– ¿Por qué en la cocina?

– Para mayor protección. Sólo escúchame y haz lo que te diga, porque quizá no tenga tiempo de explicarte cada detalle. Luego subiré a por ti y, cuando estés abajo, buscaré algo que te sirva de apoyo.

– Mario tiene el bastón de su padre -le temblaron los labios en cuanto pronunció el nombre de su marido, pero respiró hondo y continuó-. En el armario del salón.

– Muy bien, perfecto -no era una muleta, pero era mejor que nada, y Cal no tendría que gastar un tiempo maravilloso buscando algo imaginativo para que pudiera usar. Se puso de cuclillas y le ofreció la mano a Angelina.

– Venga, garbanzo, vamos a bajar la escalera.

– ¿Garbanzo? -dijo la niña, entretenida-. Mami, me ha llamado garbanzo.

– Lo sé, cariño -acarició el pelo de la niña-. Ve con Cal y haz lo que él te diga. Cámbiate de ropa en la cocina mientras me ayuda a bajar por la escalera, ¿vale?

– Vale.

Cal colocó a la niña entre la escalera y él, para que no tuviera miedo de caer y la ayudó a bajar por la inestable escalera. Cuando la niña vio que los cristales del salón estaban rotos, muy indignada dijo:

– ¡Mira! -y empezó a caminar hacia allí. Pero Cal la detuvo. Lo último que quería era que se asomara a la ventana y viera el cuerpo de su padre ni que se cortara los pies con los cristales rotos.

– No puedes entrar al salón -le explicó, mientras la llevaba a su habitación-. Los cristales del suelo te cortarían los pies incluso si llevaras zapatos.

– ¿Atravesarían los zapatos?

– Sí. Son unos cristales especiales.

– Guau -dijo la niña, con los ojos como platos, mientras miraba los cristales en cuestión.

Cal descubrió que la ropa de niña pequeña era la misma que la de niño, pero en rosa. Encontró unos vaqueros y un jersey, unas zapatillas deportivas con cordones rosa, calcetines de flores y una chaqueta de lana rosa con capucha.

– ¿Sabes vestirte sola? -le preguntó Cal mientras la acompañaba a la cocina.

Ella asintió y lo miró confundida.

– Yo me visto en mi habitación, no en la cocina.

– Ya, pero hoy mami quiere que te vistas en la cocina -le repitió-. Te lo ha dicho arriba, ¿te acuerdas?

Ella asintió y luego preguntó:

– ¿Por qué?

Vaya, ¿y ahora qué le decía? Al recordar viejas experiencias con su madre, recurrió a una respuesta clásica:

– Porque lo ha dicho ella.

Evidentemente, Angelina ya había oído esa respuesta antes, así que suspiró y se sentó en el suelo de la cocina.

– Vale, pero no puedes mirar.

– No miraré. Voy a buscar a mamá al desván. No salgas de la cocina. Quédate donde estás.

Aceptó otro largo suspiro como respuesta afirmativa y volvió a la escalera, levantó la cabeza y vio que Gena se asomaba.

– Me he arrastrado -dijo mientras, de forma experimental, apoyaba el pie izquierdo en el segundo escalón y se apoyaba con las manos en el suelo del desván para darse la vuelta. Cal había pensado bajarla con una cuerda, pero ahora ya estaba en la escalera.

Era imposible que pudiera bajar sin apoyar el pie lesionado. La primera vez que lo hizo, no pudo reprimir un agudo grito de dolor que enseguida cortó. La segunda vez, se mordió el labio y se obligó a soportar el dolor durante los escasos momentos que tardaba en volver a apoyar el pie bueno. Hizo una pausa allí, esperando a que el dolor amainara y bajó un escalón más. Cal sujetó la escalera para que se moviera lo menos posible, pero no podía subir a ayudarla porque la escalera no soportaría el peso de los dos. Cuando pudo cogerla por la cintura, la levantó a peso y la llevó a la cocina, donde la dejó sentada en una de las sillas de la mesa.

Angelina se estaba calzando y se levantó para correr junto a su madre. Gena se agachó y su pelo rubio se mezcló con el negro de su hija.