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Neenah sonrió aliviada cuando escuchó el diagnóstico.

– Tenía miedo de que, cojeando de aquella forma, te hubieras hecho una lesión crónica -le dijo, mientras lo ayudaba a subir al coche que había alquilado. Creed no tenía ni idea de cómo había conseguido uno tan deprisa. Quizá la había ayudado alguien de la oficina del sheriff. Lo había aparcado a la puerta del hospital, para evitar que él caminara más de lo necesario.

– Es la única forma de cojear que sé -respondió él, y ella se echó a reír. Le encantaba su risa, cómo echaba la cabeza hacia atrás y le brillaban los ojos. La tensión y el sufrimiento de los últimos días le habían provocado unas oscuras ojeras y, en ocasiones, Creed había visto el dolor reflejado en su cara pero, por un momento, aquello desapareció. Le gustaría mantenerlo así siempre, alejar cualquier tipo de dolor de ella. Sabía que no podía, sabía que todos los que estaban en Trail Stop tendrían que enfrentarse a lo que había pasado, cada uno a su manera. Él no había salido indemne, pero no se refería a la pierna. A consecuencia de la violencia que les había tocado de cerca, había revivido viejos recuerdos. Ya se había enfrentado a ellos antes y ahora volvería a hacerlo; los recuerdos de todos aquellos hombres que habían ido a la guerra. Los detalles eran distintos, pero los muertos igualmente eran amigos.

La Masacre de Trail Stop, como la describía la prensa amarillista, estaba en todas las noticias. No dejaban de llegar periodistas a la ciudad, lo que provocó una considerable carencia de habitaciones de hotel, porque los habitantes de Trail Stop también estaban allí porque necesitaban dormir en algún sitio.

Al final, todo se calmaría pero, por ahora, la oficina del sheriff estaba tomando declaración a todo el mundo e intentando encontrar camas para tanta gente hasta que la comunidad recuperara la luz y el teléfono, que había quien decía que no sucedería hasta que reconstruyeran el puente. Los puentes no se levantaban de hoy para mañana, ni siquiera los más pequeños. Se decía que quizá no podrían volver a casa para Navidad. Pero Creed tenía más información. Ya había hecho algunas llamadas a gente que conocía a más gente y le habían dicho que la reconstrucción del puente de Trail Stop había pasado a ocupar la primera posición en la lista de proyectos del condado. Por lo tanto, Creed esperaba que el nuevo puente estaría listo dentro de un mes.

A pesar de todo, una vez reconstruido el puente, las cosas en el pueblo seguirían estando destrozadas. La comida en neveras y congeladores se habría estropeado, la lluvia habría entrado por las ventanas rotas y habría causado daños en suelos y paredes, aparte del pequeño asunto de los múltiples agujeros de bala en las paredes, las posesiones dañadas o destrozadas, vehículos irrecuperables… las compañías de seguros estarían ocupadas durante un buen tiempo.

Al menos, la policía parecía apuntar hacia la teoría de que había habido problemas en el bando de los malos y que uno de ellos había traicionado al resto. A menos que Cal dijera lo contrario, aquella era la teoría que Creed defendía en público.

En privado era otra cosa. Había compartido demasiadas misiones con ese escurridizo marine para no reconocer sus acciones. Cal siempre hacía el trabajo. Independientemente del trabajo que fuera, Cal siempre era el elegido de Creed en situaciones mucho más complicadas que aquella. Nunca era el tipo más corpulento, ni el más rápido, ni el más fuerte, pero siempre era el más duro.

– Sonríes como un lobo -le dijo Neenah, que quizá lo dijo para advertirle que podría haber gente mirando.

Aquella comparación lo sorprendió.

– ¿Los lobos sonríen?

– En realidad, no. Más bien enseñan los dientes.

Vale, la comparación era válida.

– Estaba pensando en Cal y Cate. Es muy bonito verlos juntos -sólo era una mentira a medias. Estaba pensando en Cal. Pero, qué demonios, era muy bonito cómo Cal había visto a Cate hacía tres años y había decidido quedarse en el pueblo, esperando a que ella se fijara en él y, mientras esperaba, fue estableciendo lazos con sus hijos y colándose en su vida hasta tal punto que ella ya no sabría qué hacer sin él. Típico de Cal. Decidía lo que quería y luego hacía que sucediera. De repente, Creed sintió una inmensa alegría de que Cal no se hubiera enamorado de Neenah, porque entonces habría tenido que matar al mejor amigo que tenía en el mundo.

Creed le indicó a Neenah el camino para llegar a su casa y, por primera vez en su vida, se preguntó si había dejado algún calzoncillo tirado por el suelo. Sabía que no, porque el entrenamiento militar todavía pesaba en su conducta pero, si alguna vez lo hubiera hecho, seguro que sería el día en que Neenah fuera a ver la casa por primera vez.

Se acercó a la puerta y metió la llave en la cerradura, pero entonces vio el cristal que Cal había roto para entrar, sonrió, metió la mano, abrió desde dentro y se apartó para que Neenah entrara.

A Creed le gustaba su casa. Era de estilo rústico, suficientemente pequeña para vivir solo, pero no demasiado pequeña, puesto que tenía dos dormitorios. La cocina era moderna, aunque no la usaba mucho, y los muebles eran los que necesitaba para vivir y dormir. Eran muy sencillos, estaban colocados donde él quería y la cama estaba hecha a medida. Lo que se veía allí era el resultado de sus habilidades, o inclinaciones, domésticas.

Se dio cuenta de que Neenah no tenía dónde vivir. Su casa estaba destrozada y, encima, todavía no podían acceder al pueblo. La oficina del sheriff llevó un helicóptero para que trasladara a los habitantes del pueblo hasta la ciudad, porque consideró que era la forma más segura y rápida.

– Se parece a ti -dijo Neenah con su serena sonrisa-. De verdad. Me gusta.

Creed le acarició la suave piel de la mejilla con un dedo.

– Podrías quedarte aquí conmigo -dijo él, yendo directamente al grano de lo que quería.

– ¿Quieres acostarte conmigo?

Creed estuvo a punto de caer porque, de repente, las muletas parecían incontrolables, pero descubrió que era incapaz de mentirle a esa mujer, de mirar esos ojos azules y decir algo que no fuera la verdad absoluta.

– Claro que sí, pero quiero hacerlo vivas donde vivas.

– ¿Sabes que fui monja?

¿Cómo podía estar tan tranquila cuando a él el corazón le latía tan deprisa que creía que iba a desmayarse?

– Lo he oído. ¿Eres virgen?

Ella sonrió ligeramente.

– No. ¿Cambia algo?

– Cambia en que ahora estoy mucho más tranquilo. Tengo cincuenta años; no podría soportar esa presión.

– ¿No quieres saber por qué ya no soy monja?

Él mordió el anzuelo y se lanzó con una posible respuesta:

– ¿Porque te gustaba demasiado el sexo para dejarlo?

Ella soltó una carcajada. Le pareció tan gracioso que, al final, se sentó en el sofá de Creed riendo tanto que acabó llorando. Creed empezó a sospechar que el sexo no le gustaba tanto. Aunque estaba seguro de que podía hacerla cambiar de opinión. Ahora todo iba más despacio y sabía muchas más cosas y, aplicado al sexo, aquello era maravilloso.

– Me hice monja porque tenía miedo de la vida, tenía miedo de vivir -dijo ella, al final-. Y dejé el convento porque me di cuenta de que aquellos eran los motivos equivocados para estar allí.

Él se acomodó junto a ella y dejó las muletas a un lado. Le rodeó los hombros con un brazo y le levantó la barbilla.

– ¿Recuerdas dónde lo dejamos cuando el puente explotó y alguien empezó a disparar contra tu casa?

– Vagamente -dijo, con un brillo en los ojos que decía que le estaba tomando el pelo.