Cadan todavía no había visto el pelo ni a Ben ni a Dellen -los padres de Santo Kerne-, pero su llegada coincidió con la de Alan Cheston y cuando Cadan le puso al día sobre su empleo en Adventures Unlimited, Alan le dijo que iría de inmediato a buscar a alguien para ver qué se suponía que debía hacer. Se marchó a grandes zancadas después de abrir la puerta principal, entrar los dos y guardarse las llaves con el aire de un hombre que sabía exactamente cuál era su lugar en el mundo.
El viejo hotel estaba silencioso como una tumba. Hacía frío también. Cadan tembló -notó en su hombro que a Pooh le pasaba lo mismo- y esperó en la recepción, donde un tablón de anuncios exhibía las palabras Tus instructores junto a los retratos de los seis miembros de la plantilla ya contratados. Estaban dispuestos formando una pirámide que bajaba a partir de una fotografía de Kerra Kerne, a quien se identificaba como «jefa de instructores».
Era una buena foto de Kerra, pensó Cadan. No era una belleza -pelo castaño normal, ojos azules normales y más robusta de lo que le gustaba que fuera una mujer-, pero sin duda tenía la mejor forma física de todas las chicas de su edad de Casvelyn. Era pura mala suerte que los dados de la genética le hubieran asignado el físico de su padre en lugar del de su madre. Era Santo quien había heredado esos genes, un hecho que algunos considerarían afortunado. Sin embargo, Cadan creía que a la mayoría de los chicos no les gustaría ser guapos como lo era Santo. A menos, claro estaba, que supieran cómo utilizarlo.
– ¿Cade?
Se dio la vuelta. Pooh graznó y cambió de posición. Kerra se había materializado desde algún lugar y Alan iba con ella. Cadan sabía que eran pareja, pero esto no acababa de encajarle. Kerra era todo luz y energía con, desafortunadamente, los tobillos gruesos. Alan parecía un tipo que haría ejercicio como último recurso y sólo si lo amenazaban con destriparlo.
Unas palabras entre ellos sirvieron para organizarlo todo. Aunque a primera vista Alan parecía poco importante, resultó que estaba al mando de casi todo lo que sucedía en aquel lugar. Así que antes de que Cadan pudiera salir con una excusa falsa sobre el delicado estado de sus pulmones si se exponían a las emisiones de la pintura, se encontró con unas telas para cubrir los muebles y una brocha en una mano y dos galones de blanco brillante en la otra. Alan presentó el proyecto a Cadan y eso fue todo.
Cuatro horas después, decidió que se merecía salir afuera a tomarse un descanso. Observó que Pooh se había sumido en un silencio alarmante. Seguramente el loro también tenía dolor de cabeza.
Alrededor del campo de golf, la tierra todavía estaba empapada, pero Cadan no permitió que aquello le disuadiera. Arrastrando la bici, subió la colina hasta el hoyo uno, donde enseguida vio que hacer unos tabletops allí en ese momento habría sido una quimera. Dejó la bici a un lado, colocó a Pooh en el manillar y examinó el campo de golf con mayor detenimiento.
No iba a ser un proyecto sencillo. El campo parecía tener sesenta años como mínimo. También parecía no haber experimentado ningún tipo de mantenimiento en los últimos treinta años. Era una pena porque, si no, habría podido ser un negocio lucrativo para Adventures Unlimited. Por otro lado, también era un punto a favor, porque un campo maltrecho aumentaba las posibilidades de que quien estuviera en situación de tomar una decisión sobre el futuro se subiera al carro en cuanto Cadan expusiera sus planes. Pero la idea de exponerlos requería tenerlos y Cadan no era el tipo de persona que hacía planes. Así que caminó por los cinco primeros hoyos e intentó ver qué cambios habría que introducir aparte de eliminar los molinos, graneros y escuelas en miniatura y rellenar los agujeros.
Todavía estaba pensando en aquello cuando vio que un coche de policía procedente de St. Mevan Crescent se detenía en el aparcamiento del viejo hotel. El conductor -un agente de uniforme- se bajó y entró en el edificio. Unos minutos más tarde, se marchó.
Poco después, Kerra salió. Se quedó en el aparcamiento, con las manos en las caderas, y miró a su alrededor. Cadan estaba en cuclillas junto a un minúsculo bote de remos naufragado que servía de obstáculo para el hoyo seis, y al verla pensó que estaba buscando a alguien, seguramente a él. Por lo general, su modus operandi era esconderse, ya que si alguien le buscaba normalmente era porque la había fastidiado e iban a echarle la bronca. Pero una rápida valoración de su tarea en el departamento de pintura le dijo que había hecho un trabajo excelente, así que se levantó para hacer notar su presencia.
Kerra caminó hacia él. Se había cambiado, iba vestida con ropa de licra y Cadan reconoció la equipación: el uniforme de ciclista de larga distancia. Un momento extraño del día para salir en bici, pensó, pero cuando eras la hija del jefe podías establecer tus propias reglas.
Kerra le abordó sin preámbulos cuando llegó a las ruinas del campo de golf. Habló con brusquedad.
– He llamado a la granja, pero me han dicho que ya no trabaja allí. He llamado a tu casa, pero tampoco está. ¿Sabes dónde puedo encontrarla? Quiero hablar con ella.
Cadan se tomó un momento para pensar en los comentarios, la pregunta y lo que implicaba cada cosa. Ganó tiempo acercándose a su bici, cogiendo a Pooh del manillar, colocando el pájaro en su hombro.
– Agujeros en el ático -observó Pooh.
– Cade. -La voz de Kerra era paciente, pero nerviosa-. Por favor, contéstame, preferiblemente ahora.
– Es extraño que quieras saberlo, eso es todo -le dijo Cadan-. Quiero decir… Ya no eres amiga de Madlyn, así que me pregunto…
Ladeó la cabeza, de manera que su mejilla tocó el costado de Pooh. Le gustaba sentir el contacto de las plumas del pájaro. Kerra entrecerró los ojos.
– ¿Qué te preguntas?
– Santo. Que haya venido la policía. Que hayas salido a hablar conmigo. Que me preguntes por Madlyn. ¿Está relacionado?
Kerra llevaba el pelo recogido en una coleta y se la quitó, así que la melena cayó sobre sus hombros. Sacudió la cabeza y volvió a peinarse. Pareció un gesto para ganar tiempo, igual que rescatar a Pooh de la bici lo había sido para Cadan. Luego lo miró y pareció concentrarse más claramente en él.
– ¿Qué te ha pasado en la cara?
– Pura mala suerte -respondió-. Es la que me tocó al nacer.
– No bromees, Cadan. Ya sabes a qué me refiero. Los moratones, los arañazos.
– Resbalé. Gajes del oficio. Estaba haciendo un cancán y me golpeé con un lado de la piscina. En el polideportivo.
– ¿Te hiciste eso nadando? -Sonaba incrédula.
– La piscina está vacía, practicaba allí con la bici. -Cadan notó que se ponía colorado y aquello le irritó. Se había propuesto no avergonzarse nunca de su pasión y no quería pensar en por qué ahora lo estaba-. ¿Qué ocurre? -preguntó, señalando el hotel con la cabeza.
– No fue una caída normal y corriente. Lo asesinaron. Es lo que la policía ha venido a comunicarnos. Han mandado a su como se llame… Su agente de relaciones familiares. Creo que su cometido es servirnos té y galletas para evitar que… No sé… ¿Qué hace la gente cuando asesinan a un miembro de su familia? ¿Volverse loca y vengarse? ¿Ponerse a pegar tiros por el pueblo? ¿Rechinar los dientes? ¿Y qué diablos es eso, rechinar los dientes? ¿Dónde está, Cade?