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—De modo que perderás unos cuantos eones de sueño, mi señor —dijo Mina—. Merecerá la pena cuando seas el soberano y los demás se inclinen ante ti.

—¿Cómo adquiriste tanta sabiduría? —Chemosh la tomó en sus brazos y la estrechó contra sí. Le besó el cuello—. He tomado una decisión. A partir de ahora, ningún tosco mortal te hará arrumacos. Ningún mortal rozará tu piel con sus rudos labios. Eres la amada de un dios. Tu cuerpo, tu alma, son míos, Mina.

—Siempre lo han sido, mi señor —repuso ella, estremecida entre sus brazos.

La oscuridad cubrió a Chemosh, lo envolvió a él y la rodeó a ella para conducirlos a una oscuridad más profunda, más densa, más cálida, alumbrada únicamente por la llama del éxtasis.

—Y siempre lo serán.

Chemosh regresó al Abismo y lo halló oscuro y lúgubre. Sólo él tenía la culpa. Podría haber iluminado el Abismo como si fuese el cielo llenándolo de candelabros, arañas, lámparas resplandecientes y linternas titilantes. Podría haberlo amueblado, poblado de gente, llenado de música y danzas. Eones atrás lo había hecho, pero ahora no. Detestaba demasiado su morada para intentar cambiarla. Quería, necesitaba encontrarse entre los vivos. Y había llegado el momento de poner en marcha su plan para satisfacer el deseo de su corazón.

Esperó a Krell con impaciencia y le complació oír finalmente el golpeteo metálico de la armadura del Caballero de la Muerte, que se abría paso despacio a través del Abismo como si caminara trabajosamente por el espeso barro de un campo de batalla. Sus ojos eran dos puntos rojos. Pequeños y muy juntos, le recordaron a Chemosh los de un cerdo demoníaco.

Deseoso de hallar algo mejor a lo que mirar, el dios desvió la vista hacia Mina. Iba vestida de negro, un vestido de seda que se deslizaba sobre las curvas femeninas como sus manos. Los pechos subían y bajaban al respirar. Distinguía el leve latido de la vida en el hueco de la garganta de la mujer. De repente hubiera querido que Krell se encontrara a mil kilómetros de distancia, pero no podía permitirse ceder a sus deseos. Todavía no.

—Bueno, Krell, por fin has llegado —empezó en tono enérgico—. Siento haberte apartado de la matanza de enanos gullys o lo que quiera que fuera que habías encontrado para divertirte, pero tengo un trabajo para ti.

—No estaba matando enanos gullys —replicó Krell con gesto hosco—. Eso no tiene nada de divertido, y tampoco luchar con esas bestezuelas. Se limitan a chillar como conejos y después se desmayan y se orinan.

—Era una broma, Krell. ¿Has sido siempre tan estúpido o es que la muerte te dejó secuelas?

—Nunca me gustaron las chanzas, mi señor —replicó Krell, que añadió con aire estirado—: Y deberías saber a qué me dedicaba, porque tú me mandaste hacedo. Me limitaba a seguir tus órdenes, a reclutar nuevos seguidores para ti.

—¿De veras? —Chemosh unió las manos por las puntas de los dedos y tamborileó unas contra otras—. ¿Y la cosa va bien?

—Muy bien, mi señor. —Krell se meció sobre los talones, complacido consigo mismo—. Creo que mis reclutas te parecerán más satisfactorios que los de otros.

Lanzó una mirada a Mina. Ella lo había rescatado, lo había liberado de la atormentadora diosa y también de su roca carcelaria, pero, precisamente por ello, la odiaba.

—Al menos los míos son de fiar —replicó Mina— No es probable que traicionen a su señor.

Krell apretó los puños y dio un paso hacia ella.

Mina se levantó de la silla para hacerle frente. Se había puesto pálida y sus ojos semejaban oro reluciente. Sin atisbo de temor, estaba hermosa en su valentía, radiante en su ira. Chemosh se permitió un instante de placer y después se obligó a centrarse en el asunto que debía tratar.

—Mina, creo que tendrías que dejarnos solos.

La mujer asestó una mirada desconfiada a Krell.

—Mi señor, no me gusta...

—Mina —la interrumpió el dios—, te he dado una orden. He dicho que te vayas.

Mina parecía dispuesta a discutir, pero una ojeada al ceñudo semblante del dios bastó para que se retrajera. Se recogió los vuelos de la larga falda y se marchó.

—Deberías meterla en cintura —aconsejó Krell—. Se está propasando. Igual o peor que una esposa. Tendrías que matarla. Daría menos problemas muerta que viva.

Chemosh se giró bruscamente hacia el caballero. En los ojos del dios había un brillo cruel, una luz más oscura que la oscuridad. Lo poco que quedaba del Caballero de la Muerte se encogió dentro de la armadura.

—No olvides que ahora me perteneces, Krell —dijo suavemente—. Ni que con un capirotazo de mi dedo puedo reducirte a un montón de excrementos de pájaro.

—Sí, mi señor —dijo Krell, doblegado—. Lo siento, mi señor.

Chemosh hizo aparecer una silla, después otra, y por último una mesa que colocó entre ambos.

—Siéntate, Krell —ordenó el dios con irritación—. Tengo entendido que te encanta el juego del khas.

—Es posible, mi señor —respondió el caballero, cauteloso, ya que se temía una trampa.

Observó intensamente la silla que se había materializado de la oscuridad del Abismo. Cuando creyó que Chemosh no miraba, dio a la silla un golpecito subrepticio con el dedo.

—Siéntate, Krell —repitió fríamente el dios—. Quiero que los ojos de los demás, aunque sean los ojos de un cerdo, estén al mismo nivel que los míos.

El Caballero de la Muerte dejó caer pesadamente en la silla su nada introducida en la armadura.

Chemosh hizo un gesto con la mano, y un punto de luz brilló sobre un tablero de khas.

—¿Qué te parecen estas piezas, Krell? —inquirió con aire indiferente—. Las he mandado hacer a propósito. Son de hueso.

El caballero iba a decir que le importaba un bledo si las habían hecho de estiércol de caballo, pero reparó en la mirada de Chemosh. Con el índice y el pulgar enfundados en el guantelete, agarró uno de los peones, tallado a semejanza de un goblin, y aparentó examinarlo con admiración.

—Un buen trabajo artesanal, mi señor. ¿Es elfo?

—No, es goblin. Estas otras piezas son elfas. —Señaló a los dos clérigos elfos.

—Ignoraba que los goblins supieran tallar tan bien —comentó Krell mientras asía al goblin por el cuello y lo escudriñaba con atención.

Chemosh suspiró profundamente. Hasta la vida de un dios era demasiado corta para aguzar la mente de alguien tan zote como Ausric Krell.

—No están talladas, pedazo de lerdo. Cuando dije que eran de hueso me refería a que... Oh, qué más da. Lo que tienes en la mano es un goblin. Un goblin muerto, reducido.

—¡Ja, ja! —Krell rió de buena gana—. Ése sí que es un buen chiste. ¿Y éstos son elfos muertos? —Dio un capirotazo a uno de los clérigos—. Y éste, un kender muerto...

—¡Basta, Krell! —Chemosh respiró hondo y después continuó haciendo gala de paciencia—. Estoy a punto de emprender mi campaña.

Apoyó los codos en la mesa, a los lados del tablero de khas, y se inclinó sobre éste como si calculara un movimiento.

—La acción que planeo llevar a cabo llamará por fuerza la atención de los otros dioses. Sólo uno de ellos plantea una amenaza digna de tenerse en cuenta. Sólo una podría significar un serio estorbo. De hecho, ya ha empezado a molestarme seriamente.

Clavó la mirada en Krell para asegurarse de que estaba prestando atención.

—Sí, milord. —El caballero ya no parecía tan estúpido. Campaña, batalla... Ésas eran cosas que entendía.