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– Bien -dijo el supervisor, plantando la mano en la superficie de madera-, al menos una nota positiva. Gracias.

Amanda vio cómo los polis se daban codazos y se mordían los labios mientras Dorothy cruzaba la sala. Ella fue quien cogió la información aportada por la contable.

– La declaración de 1999 -dijo ésta.

– ¿Sabrá al menos de qué le hablamos? -preguntó Amanda.

Estudió los números de seis cifras de la hoja de devolución y pensó en los bonos que tenía para sus hijos y en el dinero que su marido había sacado de ellos hacía seis meses para embarcarse en un negocio de venta directa de tarjetas de teléfono transoceánicas.

– Debería. Presionó para la devolución. En el 99 ya estaba todo cobrado. ¿Lo recuerdas?

– Lo sabrá -dijo Dorothy, con el papel en la mano-. Y ella también. Dios, lleva un pedrusco en el dedo con su propio código de barras. Comprenderá lo que son dos millones, y no creo que un mono de color naranja encaje en su guardarropa. Ya está. Tal vez el resto del grupo se retire, pero acabamos de apuntar al delegado de clase.

Cuando se dirigían hacia el ascensor, Dorothy preguntó a Amanda si le hacía falta pasar por casa para cambiarse de ropa.

– ¿Por qué?

– No podemos esperar a mañana. Ya has oído al jefe. El viernes es el gran día.

Amanda miró el reloj. Podía oír el gemido nasal de su marido y los aullidos de los niños. Le dio un vuelco el estómago.

– No llegaremos hasta las diez.

Sonó el timbre y se abrieron las puertas.

– Bueno -dijo Dorothy mientras se dirigía hacia el aparcamiento a grandes zancadas-, los sacaremos de la cama.

– Dorothy, hemos pasado la última noche trabajando -dijo Amanda, que intentaba seguirle el paso.

– Y luego nos hemos ido a casa a dormir. Ni la nieve, ni el calor, ni la lluvia, ni el brillo de la noche.

– Eso se aplica a los empleados de correos.

– Pues somos algo mejores que un pobre cartero, ¿no? Debes de haber perdido más de una noche de sueño persiguiendo a asesinos en serie.

Dorothy entró en su Crown Vic y Amanda ocupó el asiento del copiloto.

– Y por eso pedí el traslado.

– ¿Porque creíste que Crimen Organizado era el destino ideal para las amas de casa? -preguntó Dorothy, ahogando una carcajada antes de poner en marcha el motor.

– Ser compañero a veces significa pensar en tu compañero.

– ¿Te refieres a él o a mí? -preguntó Dorothy, mirando por el retrovisor mientras daba marcha atrás.

– A ambos.

– Vete a casa con tu maridito y yo me iré a Siracusa sola. No se enterará nadie. ¿Qué te parece? -dijo Dorothy.

Las ruedas chirriaron al doblar por la estrecha curva que daba a la rampa de salida hacia la calle.

– Tú ganas -dijo Amanda, con los brazos cruzados-. Pasa un momento por casa y recogeré mis cosas.

Cruzaron la ciudad. Dorothy esquivaba el tráfico a golpe de bocina. Ya habían entrado en el túnel cuando volvió a hablar. En esta ocasión, su voz era serena, sin visos de enfado.

– Ya he visto cómo me miran esos capullos de la policía de Nueva York -dijo, asintiendo con la cabeza, como si respondiera a una pregunta de Amanda-. Y a ti también. Como si estuviéramos llenando una maldita cuota. Pero podemos acabar con esto. Ya sé que tienes una familia y que yo no la tengo. Sí, esta mierda es toda mi vida. Patético, joder. Hablo de mi marido y de los gatos, pero a veces desaparecen durante una semana entera: él, y los gatos, y ni siquiera me acuerdo de ellos. Ésta es mi vida. Lo siento.

– No tienes por qué sentirlo -dijo Amanda-. Quiero atrapar a esta gente tanto como tú.

16

Amanda entró en casa y se armó de paciencia para escuchar las quejas de su marido y sus hijos. Sin abrir la boca se preparó una mochila, con los ojos medio cerrados, no por agotamiento físico sino mental. De hecho, se sintió aliviada cuando volvió a subirse al coche y éste enfiló la calle bordeada de árboles.

El viaje les llevó menos de cuatro horas: Amanda consultaba un mapa de carreteras. Hicieron una parada rápida en una gasolinera para repostar y tomar un café. Justo cuando entraban en el camino que conducía a la casa del lago de Thane Coder, vieron los faros de un coche que venía en dirección opuesta y que desapareció tras pasar ante una granja y un campo de maíz.

– Apuesto a que son ellos -dijo Dorothy, girándose para mirar.

La grava crujió bajo el peso de las ruedas.

Al final del camino otro par de faros desapareció al doblar por un recodo. Dorothy aceleró. Amanda se apoyó en el salpicadero mientras su coche salía disparado. La luz de los faros enfocó tallos de maíz muerto, rígidos e inmóviles. Había un espacio oscuro entre un grupo de pinos y, tras pasar por él, llegaron hasta unas paredes de ladrillo iluminadas por farolas. Las puertas de hierro forjado esperaban, abiertas para ellas. Su vehículo las cruzó justo cuando empezaban a cerrarse. Pisó a fondo el acelerador y Amanda oyó el choque del metal contra el plástico cuando las puertas golpearon la parte trasera del coche.

– Mierda.

En la casa, Jessica Coder se protegió los ojos contra los faros que se acercaban. Se la veía menuda vestida con aquel traje arrugado. Llevaba el pelo alborotado, como si hubiera conducido con la ventanilla bajada.

– ¿Puedo ayudarlas? -les preguntó, mirándolas mientras se apeaban del Crown Vic.

– FBI, señora -informó Dorothy, y le mostró la placa.

– Tenemos que hablar con usted.

– Mi marido está a punto de llegar -dijo Jessica.

– ¿Podemos pasar?

– ¿Es por lo del accidente? -preguntó Jessica.

– Creo que sería mejor que nos sentáramos -contestó Amanda.

Jessica miró hacia su casa, luego observó a las dos mujeres durante un momento y se decidió:

– Claro.

La puerta principal estaba entornada, y entraron detrás de Jessica. Una chica joven, que hablaba con marcado acento ruso, salió a recibirlas e informó a Jessica de que ya había acostado al niño. Jessica sacó dinero del bolso y se lo dio a la chica, antes de que ésta se marchara no sin antes lanzarles una mirada de reojo.

Jessica las condujo hasta una sala que era tan grande como la casa entera de Amanda. Los altos ventanales ofrecían una magnífica vista del lago oscuro. El reflejo de la luna brillaba sobre el agua, y puntos de luz procedentes de diversas casas de la zona parpadeaban en las densas colinas que bordeaban la larga extensión de agua.

Amanda notó un intenso aroma a azucenas frescas. Sobre la mesita de centro había un jarrón alto lleno de ellas. Amanda y Dorothy se sentaron en el sofá, y Jessica ocupó una silla de pieclass="underline" las manos aferradas a los brazos de la silla y los pies doblados por debajo. Era una mujer hermosa, casi infantil, a excepción de las pequeñas arrugas que se le dibujaban en torno a los ojos, cuya agudeza puso a Amanda en guardia.

– Ustedes dirán -dijo Jessica con una voz tan frágil como su figura.

Amanda oyó gruñir a Dorothy.

– Señora Coder -dijo Dorothy-, ¿recuerda a Al Capone?

– Claro.

Amanda cerró los ojos y carraspeó, pero Dorothy iba lanzada.

– Un capo mañoso. Un monstruo asesino. ¿Sabe por qué fue a la cárcel? Impuestos. Es algo muy grave en este país. Si engañas al tío Sam, acabas entre rejas. Dos años en una prisión federal. Eso es lo que le espera. Lo que les espera a los dos.

17

– Y bien -dice el psiquiatra, apoltronándose en la silla y doblando las manos sobre la barriga-, ¿qué querían?

– Joderme.

– Profundiza un poco más.