– ¿Quieres algo más, cielo? -me preguntó cuando hube terminado con un esfuerzo el brebaje claro y amargo.
– La verdad es que estoy buscando a mi tío. Me preguntaba si usted lo habría visto -empecé a describir a Mitch, pero me interrumpió.
– Yo no regento una guardería, querida. Son setenta y cinco centavos de la cerveza.
Me busqué un dólar en el bolsillo del pantalón.
– No le pido eso. Pero desapareció el lunes y tiene la mala costumbre de irse de jarana. Estoy intentando encontrar su pista. Se acaba de mudar a la casa de la señora Polter, al otro lado de la calle.
Se frotó las manos en las rollizas caderas y soltó un suspiro exagerado, pero escuchó mi descripción de Mitch bastante atentamente.
– Podría ser uno cualquiera entre la docena de tipos que vienen a beber aquí -dijo cuando terminé-. Pero todos tienen casa fija; creo que deberías hablar con ellos, en vez de recorrerte todos los bares de Archer bebiendo cerveza. Una chica guapa como tú podría meterse en líos en alguno de ellos.
Me devolvió mi cuarto de dólar y me disuadió con la mano de dejarlo sobre el mostrador.
– Espero que lo encuentres, reina. Esos viejos borrachos le quitan demasiado tiempo a su familia.
Me detuve en la acera tratando de determinar mi siguiente paso. La señora Polter había desaparecido de su porche y no se veía a sus tres tormentos por ningún lado. Una mujer cansada, con dos niños pequeños a remolque, se acercaba por la acera. Otra mujer estaba entrando en el Excelsior Tap, tres puertas más abajo que el bar de Tessie. No había mucha animación en la calle para ser una tarde de junio.
Tessie tenía razón. Si Kruger quisiera correrse una juerga, no lo haría aquí. Volvería a su antiguo barrio y bebería en su taberna habitual. Tenía que haberle pedido su antigua dirección al señor Contreras antes de empezar a buscar. Podía llamar a mi vecino -había una cabina telefónica en la esquina-, pero no tenía estómago para aguantar más caseras ni más cervezas esa tarde.
Me subí al coche. Sólo eran las cuatro y cuarto. Puede que aún hubiese alguien en la oficina de Diamond Head. Si no iba ahora ya no podría echarles un vistazo hasta el lunes.
La planta resultó difícil de encontrar. La dirección, el 2.000 de la calle Treinta y uno, estaba bastante clara, pero no conseguía dar con ella. Subí por Damen, que cruza el canal a la altura de la calle Treinta y uno, y encontré una calle prometedora que serpenteaba entre los pilares de la autovía. Las malas hierbas crecían hasta la cintura, ocultando parcialmente colchones y neumáticos desechados. Rugiendo al pasar me adelantaban unos tráilers que cogían las curvas a ochenta. Me di cuenta demasiado tarde de que nos encauzaban hacia Stevenson.
Para entonces, la hora punta del tráfico convertía los tres kilómetros de Kedzie en un trayecto de veinte minutos. Cuando salí, no intenté volver a la autovía. Continué por la Treinta y nueve y regresé a Damen. Esta vez aparqué el Trans Am bajo el puente y caminé por la senda peatonal hasta la torre del abandonado puente levadizo.
Hacía años que nadie utilizaba la torre. Sus ventanas estaban selladas con tablas. Los cerrojos de la pequeña puerta de hierro estaban tan sumamente oxidados que no se hubiera podido abrir la puerta ni con la llave. Alguien había anunciado la presencia de los Insane Spanish Cobras en un muro. El otro estaba ocupado por una enorme esvástica.
El parapeto también estaba totalmente oxidado. Varias de las rejas se habían desprendido. No me arriesgué a asomarme por encima: un paso en falso e iría a parar de cabeza sobre las pilas de troncos amarradas abajo. Lo que hice fue tumbarme boca abajo en la senda y mirar desde allí.
Los patios gigantescos de Weyerhauser se extendían hacia el este, junto a algunos vertederos de chatarra. Justo debajo de mí, unos árboles escuchimizados crecían al borde del agua. Ocultaban la mayoría de los tejados cercanos, pero dos más allá, a la izquierda, pude vislumbrar una A y luego ND. No necesitaba a Sherlock Holmes para deducir que podían pertenecer a la palabra «Diamond».
Si tuviese un barco, podría ir derecha por el canal hasta esas puertas. La gracia estaba en acceder allí por tierra. Bajé del puente y seguí una estrecha acera que pasaba delante de una hilera de chalets construidos junto a la carretera. Las casas parecían mucho más antiguas que el puente, que se elevaba por encima de sus diminutas buhardillas, tapándoles la luz.
El callejón terminaba en una valla anticiclones que bordeaba el canal. Seguí la valla, tratando de evitar lo más grueso de la basura tirada junto a ella, pero tropecé varias veces con las latas ocultas entre las altas hierbas tipo sabana. Tras unos seis metros entre porquerías, llegué a una pista de cemento. Junto a ella había un muelle de carga. Aparcados en los muelles, los camiones parecían caballos amarrados en un establo gigantesco comiendo su pienso.
Torcí la vista para leer el rótulo que corría alrededor del tejado. Gammidge Wire. Seguí la pista de cemento rodeando el edificio, y llegué por fin a Diamond Head.
Había un solo camión aparcado en la nave abierta de la planta de motores. Temí que mi exploración de la Zona Sur me hubiese retrasado demasiado como para encontrar a alguien, pero me acerqué al camión para averiguarlo.
Un hombre en mono estaba bajo la plataforma de carga, con la espalda apoyada en el camión. Era un tipo enorme, que sobrepasaba mi metro setenta y dos en unos buenos veinte centímetros. El motor estaba encendido, haciendo vibrar la caja del camión y metiendo tal escándalo que me las vi negras para llamar su atención. Terminé por tocarle el brazo. Dio un salto, soltando un taco.
– ¿Quién eres, y qué diablos quieres? -no podía oírle con el estrépito del motor, pero articuló las palabras de forma perfectamente comprensible.
Tenía una enorme cara cuadrada con una cicatriz que le recorría la mandíbula izquierda. Se había roto la nariz más de una vez, a juzgar por el número de curvas que describía hasta terminar en el lado derecho de la cara. Di un paso atrás.
– ¿Hay alguien dentro con quien pueda hablar? -vociferé.
Acercó su cara a la mía.
– Te he preguntado quién eres, nena, y qué demonios buscas aquí.
Me escocían las corvas, pero le miré fríamente.
– Soy V. I. Warshawski. Quiero ver al jefe de taller. ¿Le vale eso?
Entornó los ojos y abultó el labio inferior, dispuesto a enfurecerse del todo. Antes de que se decidiera por algo realmente violento, me agaché detrás de él y me encaramé a la plataforma. Intentó seguirme, pero su corpulencia y sus botas de trabajo limitaban su agilidad.
Miré a mi alrededor buscando a alguien con quien hablar, pero la plataforma estaba vacía. Sólo una elevadora con un cajón de embalaje sugería que alguien podría estar cargando -o descargando- el camión.
No esperé a que mi amigo llegara hasta mí, sino que corrí por el borde del muelle hasta que encontré una puerta abierta que daba a un largo vestíbulo. Allí sí encontré un pequeño grupo de hombres, todos con camisa y corbata, enfrascados en una conversación. Los jefes. Justo lo que quería.
Levantaron la vista hacia mí, sorprendidos. Uno de ellos, un jovencito con el pelo castaño corto y gafas de concha, dio un paso adelante.
– ¿Se ha perdido?
– No exactamente -reparé en un largo manojo de hierba de las praderas pegado a la lengüeta de mi zapato derecho y me pregunté cuánta porquería más debía de llevar-. Estoy buscando a alguien que pueda saber algo de un antiguo empleado de Diamond Head. El jefe de taller o el director de la fábrica.
En ese preciso momento mi amigo el del camión entró violentamente.
– ¡Ah! Aquí estás -rugió en tono infinitamente amenazador-. Acaba de entrar por la parte de atrás para fisgonear aquí.
– ¿Ah sí? -el portavoz se volvió hacia mí-. ¿Quién es usted y qué quiere exactamente?