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—Pero no le muestran a nadie la información que afirman tener. La evidencia, las pruebas.

—El Libro de las Revelaciones es lo que ofrecemos al mundo.

Vueltas y vueltas y vueltas. Aquello no conducía a ninguna parte. Theremon empezó a sentirse inquieto. Evidentemente, todo aquello no era más que un gran bluff. Todo una cínica farsa, probablemente pensada para sorber rollizas contribuciones de los crédulos como Bottiker y Vivin y otros tipos ricos desesperados por comprar el billete que le permitiera escapar de la amenaza de condenación. Pese a la evidente apariencia de sinceridad e inteligencia de Folimun, tenía que ser o bien un cómplice voluntario en esta gigantesca empresa de fraudulenta fantasía o simplemente uno de los muchos incautos de Mondior.

—De acuerdo —dijo el periodista—. Supongamos por ahora que habrá alguna especie de catástrofe mundial el año próximo, de la que su grupo posee un conocimiento detallado por anticipado. ¿Qué es exactamente lo que quieren que hagamos el resto de nosotros? ¿Acudir en masa a sus capillas y suplicar a los dioses que tengan piedad de nosotros?

—Ya es demasiado tarde para eso.

—Entonces, ¿no hay ninguna esperanza? En ese caso, ¿por qué se molestan en advertirnos?

Folimun sonrió de nuevo, sin ironía esta vez.

—Por dos razones. Una, sí, queremos que la gente acuda a nuestras capillas, no tanto para que puedan intentar influenciar a los dioses como para que puedan escuchar nuestras enseñanzas en lo que se refiere a asuntos de moralidad y decencia cotidiana. Creemos que tenemos un mensaje de valor para el mundo en estos aspectos. Pero segundo, y más urgente: deseamos convencer a la gente de la realidad de lo que se aproxima, a fin de que puedan tomar medidas para protegerse contra ello. Lo peor de la catástrofe puede ser evitado. Se pueden dar pasos para impedir la completa destrucción de nuestra civilización. Las Llamas son inevitables, sí, puesto que la naturaleza humana es como es: los dioses han hablado, el tiempo de su venganza está ya en camino, pero dentro de la locura y el horror generales habrá algunos que sobrevivan. Le aseguro que nosotros los Apóstoles sobreviviremos, definitivamente. Estaremos aquí, como hemos estado antes, para conducir a la Humanidad al nuevo ciclo de renacimiento. Y ofreceremos nuestra mano, con amor, con caridad, a todo aquel que quiera aceptarla. A quien se una a nosotros en protegerse del caos que se avecina. ¿Le suena esto a locura, Theremon? ¿Le suena como si fuéramos unos chiflados peligrosos?

—Si tan sólo pudiera aceptar su planteamiento básico…

—¿Que las Llamas llegarán el año próximo? Lo hará. Lo hará. Lo que falta por ver es si lo aceptará usted con la suficiente antelación como para convertirse en uno de los supervivientes, uno de los guardianes de nuestra herencia, o descubrirá tan sólo en el momento de la destrucción, en el momento de su propia agonía, que hemos estado diciendo la verdad desde un principio.

—Me pregunto cuál de las dos cosas será —dijo Theremon.

—Permítame confiar en que esté usted de nuestro lado el día que se cierre este Año de Gracia —dijo Folimun. Se levantó bruscamente y ofreció a Theremon su mano—. Ahora debo irme. Su Serenidad el Sumo Apóstol me espera dentro de pocos minutos. Pero tendremos más conversaciones, de eso estoy seguro. En término de unos días, o quizá menos…, intentaré estar disponible para usted. Espero nuestra próxima conversación. Por extraño que pueda sonar, tengo la sensación de que usted y yo estamos destinados a trabajar muy unidos. Tenemos mucho en común, ¿sabe?

—¿De veras?

—En asuntos de fe, no. En asuntos del deseo de sobrevivir, y de ayudar a otros a sobrevivir…, sí, creo que sí, muy definitivamente. Sospecho que llegará un momento en el que usted y yo nos busquemos el uno al otro y unamos nuestras fuerzas contra la Oscuridad que se acerca. De hecho, estoy seguro de ello.

Seguro, pensó Theremon. Será mejor que me haga confeccionar de inmediato mi hábito negro.

Pero no tenía ningún sentido ofender a Folimun con algún tipo de rudeza. Este culto de los Apóstoles estaba creciendo, al parecer, día tras día. Había un gran artículo aquí; y Folimun era probablemente el hombre de quien iba a depender para conseguirlo.

Theremon se metió el ejemplar del Libro de las Revelaciones en el maletín y se puso en pie.

—Le llamaré dentro de unas semanas —dijo—, Después de que haya tenido la oportunidad de examinar esto con cierto detalle. Entonces habrá otras cosas que desearé preguntarle. ¿Y con qué anticipación necesita que le llame para una entrevista con Mondior 71?

Folimun no era tan fácil de engatusar.

—Como ya le he explicado, el trabajo de Su Serenidad desde ahora hasta el Tiempo de la Llama es tan crítico que no se hallará disponible para cosas como entrevistas personales. Lo siento realmente. No hay ninguna forma en la que pueda alterar esto. —Folimun adelantó la mano—. Ha sido un placer.

—Para mí también —dijo Theremon.

Folimun se echó a reír.

—¿De veras lo ha sido? ¿Perder media hora hablando con un loco? ¿Un chiflado? ¿Un fanático? ¿Un cultista?

—No recuerdo haber usado esas palabras.

—No me sorprendería que me dijeran que las había pensado, sin embargo. —El Apóstol ofreció a Theremon otra de sus curiosamente desarmantes sonrisas—. Tendría razón a medías. Soy un fanático. Y un cultista, supongo. Pero no un loco. Ni un chiflado. Aunque me gustaría serlo. Y a usted también.

Despidió a Theremon con un gesto de la mano. El monje que le había conducido hasta allí aguardaba fuera de la puerta para llevarlo de vuelta a la antesala-ascensor.

Una extraña media hora, pensó el periodista. Y no muy fructífera, en realidad. De alguna forma sabía menos aún sobre los Apóstoles que antes de haber entrado allí.

Que fueran unos chiflados y unos fanáticos de las supersticiones resultaba aún claro para Theremon. Evidentemente no tenían ni un asomo de nada que se pareciera a una auténtica prueba de que se preparaba algún gigantesco cataclismo en el planeta tan pronto. Sin embargo, si eran auto-engañados estúpidos o claros fraudes buscando llenarse los bolsillos era algo que no podía decidir con claridad.

Era todo más bien confuso. Había un elemento de fanatismo, de puritanismo, en su movimiento que no acababa de gustarle. Y sin embargo, y sin embargo: aquel Folimun, aquel portavoz suyo, había parecido una persona inesperadamente atractiva. Era inteligente, inteligible…, incluso, a su propia manera, racional. El hecho de que pareciera tener una especie de sentido del humor había sido una sorpresa, y un punto a su favor. Theremon nunca había oído a un maníaco que fuera capaz de burlarse ni siquiera ligeramente de sí mismo…, ni a un fanático tampoco. A menos que aquello formara parte de la actuación de Folimun como relaciones públicas: a menos que Folimun hubiera estado proyectando deliberadamente el tipo de personalidad que alguien como Theremon hallaría probablemente atractiva.

Ve con cuidado, se dijo a sí mismo. Folimun quiere utilizarte.

Pero eso era lógico. Su posición en el periódico era influyente. Todo el mundo deseaba utilizarle.

Bueno, pensó, veremos quién utiliza a quién.

Sus pasos resonaron secamente mientras caminaba a buen ritmo a través del inmenso vestíbulo de entrada del cuartel general de los Apóstoles y salía a la brillante tarde de tres soles.