Pensaré en algo, se dijo Theremon. ¿Frotar juntos dos palos y conseguir una chispa? ¿Golpear un trozo de metal contra una piedra y prender un trozo de tela?
Algunos muchachos al otro lado del lago cerca del lugar donde estaba acampado habían matado servicialmente el animal para él. Por supuesto, no habían sabido que le estaban haciendo un favor…, con toda seguridad habían planeado comérselo ellos, a menos que estuvieran tan fuera de sus cabales que simplemente cazaran por deporte. De todos modos, lo dudaba. Se habían mostrado muy enérgicos al respecto, con una dedicación que sólo el hambre podía inspirar.
El animal era un graben…, una de esas cosas feas de hocico largo y pelaje azulado con una cola sin pelo resbaladiza, que a veces podían verse asomar por entre los cubos de basura suburbanos después de que Onos se hubiera puesto. Bueno, la belleza no era una exigencia en estos momentos. Los muchachos habían conseguido de alguna forma sacarlo de su escondite diurno y habían acorralado al pobre y estúpido animal en un pequeño callejón sin salida.
Mientras Theremon observaba desde el otro lado del lago, asqueado y lleno de envidia al mismo tiempo, lo persiguieron incansablemente arriba y abajo mientras le arrojaban piedras. Para un torpe carroñero era notablemente ágil, y se escurría con rapidez de un lado para otro para eludir a sus atacantes. Pero finalmente un tiro afortunado acertó en su cabeza y lo mató al instante.
Supuso que lo devorarían sobre la marcha. Pero en aquel momento apareció a la vista encima de ellos una hirsuta y desgreñada figura que se mantuvo unos instantes inmóvil al borde del pequeño callejón, luego empezó a descender hacia el lago.
—¡Corred! ¡Es Garpik el Acuchillador! —aulló uno de los muchachos.
—¡Garpik! ¡Garpik!
Al instante los muchachos desaparecieron en todas direcciones, dejando atrás al muerto graben.
Theremon, aún observando, se deslizó entonces entre las sombras por su lado del lago. Él también conocía a aquel Garpik, aunque no por su nombre: era uno de los más temidos moradores del bosque, un hombre achaparrado con aspecto casi de mono que no llevaba nada encima excepto un cinturón con un verdadero surtido de cuchillos. Era un asesino sin motivo, un alegre psicópata, un puro depredador.
Garpik permaneció de pie en la boca del callejón durante un rato, canturreando para sí mismo, acariciando uno de sus cuchillos. No pareció darse cuenta de la presencia del animal muerto, o no le importó. Quizás esperaba que volvieran los muchachos. Pero evidentemente éstos no tenían intención de hacerlo, y al cabo de un rato Garpik, con un encogimiento de hombros, desapareció con su paso indolente en el bosque, con toda seguridad en busca de algo divertido que hacer con sus armas.
Theremon aguardó un momento interminable, para asegurarse de que Garpik no tenía intención de dar media vuelta y caer sobre él.
Luego —cuando ya no pudo seguir soportando la visión del graben muerto tendido allá en el suelo, donde cualquier otro ser humano o animal depredador podía caer de pronto sobre él y arrebatárselo— avanzó precipitadamente, rodeó el lago, cogió el animal y se lo llevó de vuelta a su escondite.
Pesaba casi tanto como un bebé. Le serviría para dos o tres comidas…, o más, si podía refrenar su hambre y si la carne no se estropeaba con demasiada rapidez.
La cabeza le daba vueltas por el hambre. No había comido nada excepto frutas durante más días de los que podía recordar. Su piel estaba tensa sobre sus músculos y huesos; la poca grasa de reserva que tenía había sido absorbida hacía mucho, y ahora estaba consumiendo sus propias fuerzas en la lucha por permanecer con vida. Pero esta tarde, al fin, podría disfrutar de un pequeño festín.
¡Graben asado! ¡Qué lujo!, pensó con amargura. Y entonces se rectificó: Agradece esas pequeñas bondades, Theremon.
Veamos: lo primero de todo, encender un fuego…
Antes que nada, el combustible. Detrás de su refugio había una pared plana de roca con una profunda grieta lateral en ella, donde crecían hierbas. Muchas de ellas estaban ya muertas y marchitas, y se habían secado desde la última lluvia. Theremon recorrió con rapidez la pared de roca y arrancó amarillentos tallos y hojas, reuniendo una pequeña brazada de material como paja que prendería con facilidad.
Ahora algunas ramas secas. Eran más difíciles de encontrar, pero rebuscó en el suelo del bosque, en busca de matorrales muertos o al menos matorrales con ramas muertas. Era ya muy entrada la tarde cuando hubo reunido lo suficiente de aquel tipo de leña: Dovim había desaparecido ya del cielo, y Trey y Patru, que estaban bajos en el horizonte cuando los muchachos cazaban el graben, se había situado ahora en el centro del mundo, como un par de brillantes ojos que observaran las cosas lamentables que ocurrían en Kalgash desde su altura.
Theremon dispuso cuidadosamente su leña sobre las plantas muertas, construyendo una fogata como la que imaginaba que haría un auténtico hombre de los bosques, las ramas más grandes en la parte exterior, luego las más delgadas entrecruzadas en el centro. No sin alguna dificultad; ensartó el graben en un espetón que improvisó con un palo afilado y razonablemente recto, y lo colocó a una cierta distancia encima del montón de madera.
Hasta ahora, todo bien. Tan sólo quedaba por hacer una cosa.
Encender el fuego.
Había mantenido su mente lejos de aquel problema mientras reunía su combustible, con la esperanza de que de alguna forma se resolviera por sí mismo sin tener que pensar en él. Pero ahora debía hacerle frente. Necesitaba una chispa. El truco de los libros juveniles de frotar dos palos juntos, estaba seguro Theremon, no era más que un mito. Había leído que algunas tribus primitivas habían encendido en su tiempo sus fuegos haciendo girar un palo contra una tabla con un pequeño agujero en ella, pero sospechaba que el proceso no era tan simple como eso, que probablemente se necesitaría una hora de paciente girar para conseguir que ocurriera algo. Y en cualquier caso era muy probable que uno tuviera que ser iniciado en el arte por el viejo de la tribu cuando era un muchacho, o algo así, o de otro modo no funcionaría.
Dos piedras, sin embargo…, ¿era posible conseguir una chispa golpeando una contra la otra?
Dudaba de eso también. Pero podía intentarlo, pensó. No tenía ninguna otra idea. Había una ancha piedra plana cerca, y después de buscar un poco encontró otra más pequeña, triangular, que encajaba convenientemente en la palma de su mano. Se arrodilló al lado de su pequeño fuego y empezó a golpear metódicamente la plana con la puntiaguda.
No ocurrió nada en particular.
Una sensación de impotencia empezó a crecer en él. Aquí estoy, pensó, un hombre adulto que sabe leer y escribir, que sabe conducir un coche, que sabe incluso manejar un ordenador, más o menos. Puedo elaborar en un par de horas una columna periodística que todo el mundo en Ciudad de Saro deseará leer, y puedo hacerlo en cualquier momento, cada día, durante veinte años. Pero no sé encender un fuego al aire libre en medio del bosque.
Por otra parte, pensó, no me comeré esta carne cruda a menos que deba hacerlo absolutamente. No lo haré. No. No. ¡No!
Golpeó furioso las piedras una contra otra, y de nuevo, y de nuevo, y de nuevo.
¡Soltad una chispa, maldita sea! ¡Encended eso! ¡Arded! ¡Asad ese ridículo animal patético para mí!
Y de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo.
—¿Qué hace usted, señor? —preguntó de pronto una voz poco amistosa desde un punto justo detrás de su hombro derecho.
Theremon alzó la vista, sorprendido, desanimado. La primera regla de supervivencia en este bosque era que nunca debías permitir concentrarte tanto en alguna cosa que no te dieras cuenta de que alguien se te aproximaba.