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Entre las muchas cosas que intercambiamos apoyados entre la puerta cerrada y el pomo de la cisterna, no figuraron ni el teléfono ni mi situación de vida en pareja. Yo debía partir la semana siguiente a Sudamérica para una estancia que se alargaría tres meses. Ultimaba, desde casa, los preparativos del viaje.

A las once de la mañana sonó el interfono y un Eric cabizbajo me pidió que le abriera. Sorprendida por que no estuviera en el vuelo a París, pero sólo ligeramente contrariada, le abrí, desde el piso, el portal. Justo después de apretar el pulsador y antes de que yo colgara el auricular, oí como alguien se dirigía a él pidiéndole que no cerrara la puerta. Me pareció reconocer la voz de Fernando.

Parece ser que el término «coito» ya lleva implícito, en su etimología, el ir a algún sitio y en compañía. En latín, al coito se le daba el nombre de coitus, de donde deriva el término actual. Coitus se formaba del prefijo co (que implica unidad y conjunción) y de itus que sería el participio pasado del verbo iré (marchar, partir). Idos conjuntamente, podría ser una definición etimológica bastante ajustada del significado de «coito».

«Simultáneo» procede del término latino simul, que significa «juntamente», «a una». Probablemente, si para los romanos la simultaneidad de acciones y reflejos, en lugar de la compañía, hubiera sido una característica definitoria del sexo, hubieran llamado al coito algo así como simulitus («idos a una») y denominaríamos, por ejemplo, «simulateo» al hecho de copular teniendo que alcanzar el orgasmo de manera sincrónica. Discúlpenme los filólogos esta pura ficción etimológica.

Siempre tuve, desde que viví en aquel piso, dificultades para accionar los mecanismos eléctricos que abrían las ventanas. Quizá fue eso lo que me impidió el intentar salir por alguna de ellas, cuando desde la mirilla pude ver como Fernando y Eric salían juntos del ascensor y se dirigían hacia mi puerta. Quizá fue entonces cuando empecé a detestar, creo que a Einstein le pasaba algo similar aunque por motivos distintos, la simultaneidad y el sincronismo.

«Me voy a correr» es mi recurrente. Pero hay muchas otras: «me vengo», «ya llego», «me voy»… Todas ellas para anunciar lo mismo; la inminencia de la partida, el fin de las palabras y la omnipresencia del orgasmo.

Los humanos somos entidades parlanchinas. Pero, por mi experiencia, parece que las mujeres anticipamos verbalmente más este acontecimiento que los hombres, posiblemente, y no quiero ser mala, como anuncio de la representación que va a tener lugar. Mucha historia y mucha vida de cada una de nosotras se ha apoyado y se apoya en la gran «función»: la puesta en escena de la obra El orgasmo fingido para soprano y continuo, en la que hay que sacar a pista los caballos, la mujer barbuda, el tragasables, el vidente de la venda y hasta el mono titiritero.

También es posible que los humanos, frente a este traslado fugaz al mundo de nunca jamás, busquemos compañía. Aunque, exceptuando la muerte, no puede haber experiencia más solitaria, individual e incompartible que el orgasmo.

Es por eso por lo que la búsqueda de la simultaneidad de orgasmos me recuerda más a lo que algunos llaman una extravaganza que a un logro para el bagaje sexual de cada uno. Además, si sincronizar el orgasmo de uno mismo es sencillo y el de dos puede ser una tarea complicada, organizar la simultaneidad de tres, cuatro o de n+i participantes, debe de resultar verdaderamente milagroso.

Conviene aclarar también que la simultaneidad de dos experiencias personales no supone en ningún caso la suma de éstas. Si dos luces se encienden, vemos más, pero si un barco se hunde, hay más muertos y más dolientes pero no más muerte. Es por ello por lo que tiendo a ver en el tipo de proclamas como «el orgasmo simultáneo es lo más» una voluntad intencionada de seguir imponiendo una sexualidad basada exclusivamente en el binomio pareja, que está muy bien siempre que estemos ofreciendo una posibilidad a la voluntad de los participantes y no definiendo lo que es el sexo o creándole un marco de buenas costumbres.

Antes de que Eric se volviera para preguntarle a Fernando lo que quería, yo ya había abierto la puerta.

Le di un beso a Eric y a Fernando le estreché la mano prometiéndole que yo entregaría la documentación personalmente al director de la agencia porque todavía no estaba preparada. Su cara parecía dos signos de interrogación con un círculo en medio.

– Perdonad, no os he presentado, Eric, mi novio, Fernando, el correo de la agencia.

Volví a fingir, pero Fernando fingió peor que yo.

El sexo es un mal animal de carga. Mientras más obligaciones, sugerencias, objetivos y consejos se le imponen, más se encabrita. En el sexo, como en las prácticas meditativas, la mirada tiene que estar dirigida hacia lo que se es y no hacia el cómo se debe ser, porque eso sólo se aprende siendo. La búsqueda del orgasmo simultáneo, cuando, más allá de una curiosidad o una casualidad, deviene un imperativo del manual de los amantes perfectos, es uno más de esos fardos que la grupa del sexo suele sacudirse en cuanto que se lo cargan encima.

Mi viaje era inaplazable. Yo, al contrario que Eric, no podía perder ningún avión. Tuve que alojarme en casa de una amiga hasta mi partida, sabiendo que a la vuelta debería, antes de deshacer las maletas, buscar un nuevo piso donde vivir.

Supe que Eric y Fernando se hicieron amigos, aunque no volví a ver a ninguno de los dos. No sé lo que se contarían, aunque posiblemente pasarían las horas hablando del interés de uno por sincronizar el orgasmo y del otro por no sincronizar el reloj.

Existe el punto G

(…) A veces la cabeza es de león, el cuerpo de cabra y la cola es de serpiente; a veces tenemos en cambio un solo cuerpo, de león o de cabra, y tres cabezas, de león, cabra y serpiente; a veces, finalmente, tiene las tres cabezas de los animales pegadas a partes distintas de un solo cuerpo, generalmente de león (…)

La Quimera

Diccionario ilustrado de los monstruos Massimo Izzi

Mi madre solía recortar los puntos que daban con el paquete de detergente de lavadoras. Dos por paquete. Cuando se habían conseguido treinta, había que meterlos en un sobre, franquearlo y enviarlo a la dirección del fabricante. Al cabo de un mes, recibíamos en casa, a portes debidos, un tazón para el café con leche decorado con calcomanías de animales. Todavía los conserva en la alacena.

La vagina cada vez tiene más puntos. Desde que se descubrió oficialmente que era insensible, con tan pocas terminaciones nerviosas que es posible hacer un raspado del cuello del útero sin apenas anestesia, empezaron a aparecer por todas partes de su geografía. Les pusieron iniciales: «F», «A», «K», «G»…, que siempre son más serias y científicas que las descripciones.

Que nadie se inquiete, que si se acaban las letras, podemos hacer como con las matrículas y poner números, y que nadie se altere tampoco por lo limitado en tamaño de la vagina; en doce elásticos centímetros caben muchas cosas, y si son puntos, más todavía.

El inconveniente de los superlativos es que no se pueden matizar. No podemos decir, por ejemplo, «muy buenísimo» o «extraordinariamente máximo». Sin embargo, estos puntos, en sus anuncios, prometen conseguir magnificar un superlativo: el orgasmo. De paso, prometen también redimirnos, a todas las que seguimos estimulándonos el clítoris, de nuestra ignorancia y de nuestra mediocre capacidad de goce.

Mientras, algunas chiquillas siguen preguntando si el preservativo hay que ingerirlo plegado o desplegado, si se pueden quedar embarazadas con una felación o si la pildora se introduce en la vagina, y algunos, no tan chiquillos, se devanan los sesos pensando si un pene de doce centímetros es normal o si tres veces a la semana es poco.