—Me es completamente indiferente. Es joven... no tendrá más de treinta y uno o treinta y dos años... ambicioso... un buen orador... y tiene intención de abrirse camino en la vida.
—Todo esto ¿debo colocarlo en el lado del Debe... o en el del Haber?
—Pues... —la señorita Plenderleith reflexionó unos instantes—. En mi opinión es vulgar... sus ideas no son particularmente originales... y es bastante engreído.
—Esos son defectos graves, mademoiselle —dijo Poirot.
—¿Usted cree eso? —su tono era un tanto irónico—. Tal vez lo sean para usted.
Poirot no dejaba de observarla, y al verla desconcertada aprovechó la ventaja.
—Pero, para la señora Alien... no, ella ni siquiera los habría notado.
—Tiene muchísima razón. A Bárbara le parecía maravilloso.
Poirot dijo en tono amable:
—¿Quería usted a su amiga?
—Sí; la quería.
—Una cosa más, señorita Plenderleith —dijo Poirot—. ¿Usted y su amiga no se pelearon? ¿No hubo ningún disgusto entre ustedes?
—En absoluto.
—¿Ni siquiera por su noviazgo?
—No. Yo me alegré de que se sintiera feliz.
Hubo una pausa y al cabo Japp dijo:
—¿Tenía enemigos la señora Alien?
Esta vez Jane Plenderleith tardó mucho en contestar, y cuando al fin lo hizo con voz un tanto alterada.
—No sé exactamente lo que usted quiere decir..., ¿enemigos?
—Por ejemplo, cualquiera que se beneficiara con su muerte.
—Oh, no; sería ridículo. De todas formas, tenía una renta muy reducida.
—¿Y quién le hereda?
—¿Creerá que no lo sé? No me sorprendería que fuese yo. Es decir, si es que hizo testamento.
—¿Y no tenía enemigos en otro sentido? —Japp enfocó rápidamente otro aspecto de la cuestión—. Alguien que la odiara...
—No creo que le odiara nadie. Era una criatura muy amable, siempre deseosa de agradar. Tenía una naturaleza dulce y adorable.
Por primera vez su voz dura e indiferente se quebró. Poirot asintió comprensivamente.
Japp dijo:
—De modo que el resumen es éste... La señora Alien había estado de buen humor últimamente; no tenía dificultados económicas, estaba prometida para casarse, y ese noviazgo la hacía feliz. No existía nada que la impulsara al suicidio. ¿Es así?
Después de una corta pausa, Jane repuso:
—Sí.
Japp se levantó; se dispuso a salir de la estancia.
—Perdóneme, debo hablar con el inspector Jameson.
Hércules Poirot quedó conversando con Jane Plenderleith.
Capítulo III
Durante unos minutos reinó el silencio.
Jane Plenderleith lanzó una rápida mirada apreciativa al hombrecillo, pero después permaneció con la vista fija en un punto lejano, y sin pronunciar palabra. No obstante, su presencia la ponía nerviosa, y cuando al fin Poirot rompió el silencio, el mero sonido de su voz pareció proporcionarle cierto alivio. En tono indiferente le hizo una pregunta.
—¿Cuándo encendió usted el fuego mademoiselle?
—¿El fuego? —Su tono era vago y abstraído—. ¡Oh, esta mañana, en cuanto llegué!
—¿Antes o después de subir?
—Antes.
—Ya. Sí; naturalmente... Y, ¿estaba preparado... o tuvo que prepararlo usted?
—Estaba a punto. Sólo tuve que acercar una cerilla.
En su tono había un timbre de impaciencia. Por lo visto sospechaba su afán de hacerla hablar, y sin duda ésta era su intención, puesto que continuó:
—Pero en la habitación de su amiga he notado que el fuego es de gas...
Jane Plenderleith repuso mecánicamente:
—Éste es el único fuego de carbón que tenemos... los otros son todos de gas.
—Yo creo que hoy en día lo hace todo el mundo.
—Cierto. Resulta barato.
La conversación languideció. Jane Plenderleith golpeaba el suelo con el pie impaciente, hasta que al fin dijo con brusquedad:
—Ese hombre... el primer inspector Japp... ¿se le considera inteligente?
—Es muy eficiente, y está bien considerado. Trabaja de firme y a conciencia, y pocas cosas se le escapan.
—Me pregunto... —murmuró la joven.
Poirot la observaba. ¡Qué verdes eran sus ojos vistos a la luz de las llamas!
—¿La muerte de su amiga ha sido un gran golpe para usted? —le preguntó.
—Terrible —expresó con evidente sinceridad.
—¿No lo esperaba?
—Desde luego que no.
—Al principio debió parecerle que era imposible... que no podía ser cierto...
La simpatía de su tono pareció desarmar a Jane Plenderleith, que replicó con voz natural, sin la menor tirantez:
—Así es. Incluso aunque Bárbara se suicidara, no puedo imaginarla matándose de esa manera.
—Sin embargo, ella tenía una pistola.
La joven hizo un gesto de impaciencia.
—Sí; pero esa pistola era... ¡oh!, una amenaza. Había estado en lugares muy apartados. La conservaba por hábito... no con otra idea. Estoy convencida.
—¡Ah! ¿Por qué está tan segura?
—Por las cosas que decía...
—¿Por ejemplo?
Su tono seguía siendo amable, y Jane contestó sin recelo.
—Pues, una vez, estábamos discutiendo acerca del suicidio, y dijo que el medio más sencillo sería dejar abierta la llave del gas y acostarse. Yo le dije que a mí me parecería imposible... permanecer echada esperando, y que preferiría dispararme un tiro. Ella en cambio dijo que no, que no sería capaz de hacerlo. Tenía miedo de que no funcionara la pistola, y de todas maneras odiaba el estruendo.
—Ya —repuso Poirot-—. Como usted dice, es extraño... Porque, como usted acaba de decirme, hay un fuego de gas en su habitación.
Jane Plenderleith le miraba un tanto sorprendida.
—Sí; lo hay... No puedo comprender... no, no comprendo por qué no lo utilizó.
—Sí, resulta... extraño... poco natural —dijo Poirot meneando la cabeza.
—Todo esto es muy poco natural. Aún no puedo creer que se suicidara. Y supongo que tuvo que suicidarse.
—Bueno, cabe otra posibilidad.
—¿Qué quiere usted decir?
Poirot la miró a los ojos.
—Podría tratarse de... un crimen.
—¡Oh, no! —Jane Plenderleith echóse hacia atrás—. ¡Oh, no! ¡Qué cosa tan terrible!
—Horrible tal vez, pero, ¿le parece tan imposible?
—Pero la puerta estaba cerrada por dentro, igual que la ventana.
—La puerta estaba cerrada..., sí. Pero no hay nada que demuestre que fuese cerrada por dentro o por fuera. ¿No sabe? La llave ha desaparecido.
—Pero, entonces... si no está —hizo una pausa—. Entonces debieron cerrarla por fuera. De otro modo la hubiesen encontrado en la habitación.
—Ah, todavía es posible que aparezca. Recuerde que aún no ha sido registrado todo a conciencia. Tal vez la arrojase por la ventana y alguien pudo cogerla.
—¡Asesinada! —exclamó Jane Plenderleith, y considerando aquella posibilidad, su rostro moreno e inteligente se puso grave—. Creo... creo que tiene usted razón.
—Pero si se trata de un crimen, tiene que haber un motivo. ¿Y conoce usted alguno, mademoiselle?
La joven meneó la cabeza lentamente y no obstante, a pesar de su negativa, Hércules Poirot tuvo la impresión de que le ocultaba algo. En aquel momento se abrió la puerta y entró Japp.
Poirot se puso en pie.
—Le estaba sugiriendo a la señorita Plenderleith —exclamó— que la muerte de su amiga no fue un suicidio.
Japp, muy sorprendido, le dirigió una mirada de reproche.
—Es algo pronto para decir nada definitivo —observó—. Comprenda, nosotros siempre tenemos en cuenta todas las posibilidades, y por el momento eso es todo.
—Ya comprendo... —replicó Jane Plenderleith con calma.