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Llegamos ante una puerta cerrada que había al otro extremo de la estancia. Junto a ella, había un gigante sentado con la barbilla entre las manos y expresión compungida. Llevaba en la cabeza un vendaje manchado de sangre y un torniquete en un brazo. Un apuesto joven de elegante túnica lo atosigaba a preguntas al tiempo que lo regañaba, sin darle tiempo a balbucear respuesta.

– Aún no entiendo cómo pudisteis abandonarlo de ese modo. En primer lugar, ¿cómo es que estabais con él tan pocos? ¡Por Hades! ¿En qué estaban pensando ésos cuando se lo llevaron a aquella taberna en lugar de traerlo a la villa?

Nuestro guía llamó suavemente a la puerta con el lateral del pie; alguien le había enseñado buenos modales. El joven y el herido alzaron la mirada y nos miraron a Eco y a mí con aire suspicaz.

El herido frunció el ceño:

¡Por Hades! ¿Quién…?

El joven nos contempló con cara aburrida.

– Debe de ser el tipo que ha mandado llamar mi tía Clodia.

La puerta se abrió. Un par de ojos femeninos nos acechó. Nuestro guía se aclaró la garganta y dijo:

– El que llaman Gordiano y su hijo, Eco.

La esclava asintió con la cabeza y abrió la puerta. Eco y yo entramos. Nuestro guía se quedó fuera cuando la esclava cerró la puerta.

La sala daba la impresión de ser un santuario. El suelo estaba cubierto por gruesas alfombras y las paredes por tapicerías que amortiguaban el tranquilo chisporrotear del único brasero que caldeaba la estancia y proyectaba sombras alargadas por los rincones. Apoyada en una pared había una mesa alargada, igual que un altar, con algunas mujeres congregadas delante dándonos la espalda. Iban vestidas de negro, con el cabello suelto cayéndoles por los hombros. No parecieron advertir nuestra llegada. La esclava se dirigió a una de ellas y le tocó suavemente el codo. Clodia se giró y nos miró desde el otro lado de la sala.

Hacía casi cuatro años que no la veía, desde el juicio de Marco Celio. Clodia había solicitado mis servicios para que la ayudara en la acusación; las cosas no habían discurrido como planeó y sus errores de cálculo habían acabado mal para ella. Desde entonces, había llevado una existencia mucho más tranquila y retirada, o eso he oído en las escasas ocasiones en que se menciona su nombre. Pero no la había olvidado. Una mujer como Clodia no se olvida nunca.

Se acercó lentamente, arrastrando tras ella el borde de su túnica negra. Su perfume llegó a nosotros un momento antes que ella, el aire empezó a oler a nardo y a azafrán. Siempre la había visto con el pelo echado hacia atrás y sujeto con horquillas. En aquel momento lo llevaba caído por el luto, enmarcando de un negro lustroso el impresionante ángulo de los pómulos y la orgullosa línea de la nariz. Tenía más de cuarenta años, pero seguía teniendo el cutis como los pétalos de rosa. Las suaves mejillas y la frente parecían resplandecer ante la vacilante luz del brasero. Sus ojos, sus famosos ojos verdes brillantes, estaban rojos por el llanto, pero su voz era firme.

– ¡Gordiano! Creí verte entre la multitud. ¿Es tu hijo?

– Mi hijo mayor, Eco.

Asintió, parpadeando para contener las lágrimas.

– Vamos, sentaos conmigo.

Nos condujo a un rincón y nos hizo señas para que nos sentáramos en un triclinio mientras ella se sentaba en otro. Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos. Parecía estar al borde de las lágrimas, pero al rato respiró profundamente y se sentó derecha con las manos recogidas en el regazo.

Un sombra eclipsó la luz del brasero. Alguien había atravesado la estancia para unirse a nosotros. Se sentó junto a Clodia y trató de cogerle las manos.

– Mi hija Metela -dijo Clodia, como si fuera necesaria tal aclaración. La joven era sin lugar a dudas hija de su madre. Quizás, con el tiempo, se volvería tan hermosa como ésta. La belleza de Clodia no era de las que se obtienen al nacer. Consistía en algo más de lo que los ojos pudieran percibir, en un misterio oculto tras la carne que se acrecienta con el paso del tiempo-. Creo recordar que tienes una hija de la misma edad -dijo Clodia sosegadamente.

– Diana -dije-. De diecisiete años.

Clodia asintió. Metela se puso a llorar de repente. Su madre la abrazó un instante y luego la soltó y le ordenó que fuera a reunirse con las demás.

– Adoraba a su tío -dijo Clodia.

– ¿Qué ocurrió?

Hablaba con voz tensa e inexpresiva, como si cualquier muestra de emoción le hiciera imposible hablar.

– No estamos seguros. Estaba en el sur, en la villa que posee pasado Bovilas. Algo sucedió en la carretera. Dicen que fue Milón o los hombres de Milón. Una pelea. Murieron otros, además de Publio. -Se le quebró la voz; hizo una pausa para sosegarse-. Alguien que pasaba por casualidad encontró su cuerpo en la carretera (¡ni siquiera había alguien custodiándolo!). Unos forasteros lo trajeron de vuelta a la ciudad. Su cuerpo llegó inmediatamente después de la puesta de sol. Desde entonces han ido llegando algunos de los guardaespaldas. Los que sobrevivieron. Aún tratamos de encontrarle sentido a lo que ha ocurrido.

– He visto que en la otra sala interrogaban a un hombre vendado.

– Un guardaespaldas. El hombre llevaba años con Publio. ¿Cómo ha podido permitir que pasara?

– ¿Y el joven que le interrogaba?

– Mi sobrino, imagino. El hijo mayor de nuestro hermano Apio. Venía en la litera conmigo y con Metela. Quena a Publio como a un segundo padre. -Sacudió la cabeza-. El propio hijo de Publio estaba con él en Bovilas. No sabemos qué ha sido del niño. ¡Ni siquiera sabemos dónde está! -No pudo soportarlo más y se echó a llorar. Eco desvió la mirada. Era algo duro de observar.

El llanto remitió.

– Clodia -dije con calma-, ¿por qué me has hecho venir?

La pregunta pareció desconcertarla. Arrugó la frente y se enjugó las lágrimas.

– No estoy segura. Te vi entre la multitud y… -Se encogió de hombros-. En realidad, no lo sé. Pero habrá que hacer algo. Tú sabes de eso, ¿no? Interrogatorios. Investigaciones. Cómo hacerlo. Publio sabía cómo ocuparse de esos asuntos, claro. Pero ahora Publio…

Respiró profundamente y exhaló el aire lentamente. Se le habían secado las lágrimas.

– No sé por qué te he mandado llamar, de verdad. ¿Para ver una vieja cara conocida? Nos despedimos como amigos la última vez, ¿no es cierto? -Me tocó el brazo y logró esbozar una débil sonrisa. El esfuerzo produjo únicamente una pequeña fracción del encanto que era capaz de desplegar. La debilidad del intento lo hizo aún más conmovedor-. ¿Quién sabe lo que sucederá ahora? El mundo se ha vuelto del revés. Pero habrá que hacer algo para que todo vuelva a su sitio. Los hijos de Publio son demasiado jóvenes para encargarse de ello. Recaerá sobre el resto de la familia. Puede que te necesitemos. Puede que haya que recurrir a eso, ¿comprendes? -Suspiró cansada-. No hay nada que hacer ahora mismo, salvo buscar el consuelo que podamos. Metela me necesita. -Se puso en pie y miró con desolación hacia el grupo de mujeres que había al otro lado de la habitación.

La entrevista parecía haber llegado a su fin. Hice un gesto a Eco. Nos levantamos juntos del triclinio.

La esclava fue a indicarnos la salida. Clodia se alejó de nosotros pero en seguida se giró.

– Esperad. Deberíais verlo. Quiero que veáis lo que le hicieron.

Nos condujo al otro lado de la estancia, hacia la mesa que hacía de altar, en donde se encontraba Metela junto a otras dos mujeres y una niña. Al acercarnos, la más vieja se giró y nos fulminó con la mirada. Tenía la cara macilenta y demacrada y el pelo casi gris del todo. Sin horquillas, le llegaba hasta la cintura. No había lágrimas en sus ojos, sólo ira y resentimiento.