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Suspiró y trató de ser sincera, pues era más que evidente que su carita de niña mona no conseguiría que Cooper bajara la guardia.

– Soy redactora de la revista West Coast y estoy aquí para escribir un artículo en profundidad sobre Stephen Whitney.

– ¿De la West Coast?

Si le hubiera dicho que trabajaba para la Military Times su expresión no habría sido de mayor asombro.

– Eso es -respondió secamente.

Por lo general, a los hombres les costaba creer que escribiera para una publicación de prestigio, pero, por algún motivo, la sorpresa que mostraba aquel individuo le causó gran irritación. Si no iba a quedarse pasmado ante la delicadeza de su feminidad, lo mínimo que podía hacer era asumir que debajo de la melena tenía un cerebro.

– ¿Tan difícil es de creer?

Un atisbo de sonrisa se asomó a la comisura de sus labios.

– Tranquila, tranquila. ¿Te sentirías mejor si me enseñaras tu acreditación?

Angel le dirigió una mirada gélida y alzó la cabeza.

– No la traigo.

Solo durante un instante, Cooper sonrió. Fue en ese mismo instante cuando Angel se dio cuenta de que lo conocía de algo, pero entonces el hombre meneó la cabeza y dirigió la mirada al océano.

Angel miró en la misma dirección. La terraza daba a una estrecha bahía que se abría al Pacífico y proporcionaba una vista panorámica de la costa salvaje. Si el día era claro, desde allí se podían ver los kilómetros de acantilados escarpados que se habían convertido en una postal de California casi tan famosa como la del puente Golden Gate. Pero incluso en aquel momento, con los colores del cielo y las vistas difuminadas por la niebla, la escena era maravillosa.

Angel pensó que aquel paisaje podría servir de inspiración a un artista, pero no de excusa para olvidar a una hija que lo necesitaba.

Cogió la pamela con fuerza.

– Quizá puedas presentarme a tu hermana. Puedo escribir basándome en su versión, o en la tuya, si lo prefieres. West Coast quiere explorar el mundo de Stephen Whitney y hacérselo llegar a nuestros lectores. Si conoces la revista…

– La conozco. -El hombre se volvió y se acercó a ella. Se acercó demasiado-. Y me da la impresión de que en lugar de estudiar a la gente, lo que hace es sacar a la luz los trapos sucios.

Angel consiguió responder a aquello con una amable sonrisa.

– La revista publica historias de todo tipo.

– Ah, ¿sí?

– Sí.

Hizo un rápido repaso mental de los últimos artículos que había escrito y añadió:

– Una vez escribí sobre un filántropo que prometió que instalaría guarderías en todos los centros educativos hasta llegar también a la universidad. -Por supuesto, Angel no mencionó que en su artículo escribió también que el viejo verde se olvidó de la propuesta y se fundió el dinero en la conejita que se convirtió en su quinta esposa-. Y el mes pasado escribí uno sobre el equipo femenino de lanzamiento de disco. -Un reportaje totalmente inocuo, y muy inspirado, como se decía a sí misma-. Estoy hablando de deportistas, no de cantantes, ya sabes.

– Ya sé de qué estás hablando.

Se acercó a ella y enredó un mechón de su melena entre los dedos.

– Todo aclarado, entonces.

No podía sentir sus caricias y se recordó que el pelo no tenía terminaciones nerviosas. Igual que las uñas, o… las pezuñas de los caballos. Quizá fuera esa la razón por la que sentía el corazón como un yegua desbocada que, al galope, intentaba zafarse del semental dominante.

Pero ¿qué es esto?, pensó. ¿Yeguas y sementales? Angel, haz el favor de controlarte.

Pero Cooper seguía agarrándola por el pelo, haciendo fuerza mientras ella intentaba separarse de él. No le hacía daño, pero aquella situación no le parecía de lo más prudente.

– ¿Hay algún problema con la idea? -preguntó sin más preámbulos-. ¿Por qué tendrías que oponerte a un artículo sobre tu cuñado?

– No es eso. -Desvió la mirada y siguió jugueteando con su pelo, pensativa-. De hecho, podría estar bien, podría ser útil.

¿Útil? Angel pensó en aquella palabra durante un instante, pero después abandonó la idea.

– Pues estamos de acuerdo, entonces. ¿Le hablarás de mí a tu hermana?

– ¿De ti? -Cooper volvió a mirarla-. Ah, sí, que estás aquí -dijo como si Angel le provocara mal sabor de boca.

Era suficiente. Angel se agarró el mechón y tiró de él para que lo soltara. Una vez conseguido su objetivo, se alejó de Cooper.

Entonces, recordando que el encanto había sido siempre uno de sus mejores aliados, suavizó el tono de voz y volvió a esbozar una sonrisa.

– Bueno, seguro que has oído hablar de la libertad de prensa. No necesito tu permiso para escribir sobre Stephen Whitney.

Cooper arqueó las cejas.

– ¿Sabes algo sobre Big Sur?

Angel se encogió de hombros, prometiéndose a sí misma que lo iba a averiguar tan pronto como regresara a su habitación.

– Es una zona privada -dijo Cooper-. Reservada. Y su gente aún lo es más. Si les pedimos a nuestros vecinos que te echen, lo harán.

Angel contuvo un suspiro. Aunque no dudaba de su capacidad de sonsacar información incluso en situaciones adversas, lo cierto era que todo resultaba mucho más fácil cuando la gente se mostraba dispuesta a hablar.

– No entiendo por qué tanta cautela -gruñó en voz baja.

Pero Cooper la oyó, porque mientras le acariciaba la mejilla, preguntó:

– ¿No lo entiendes?

La pregunta se quedó colgando en el aire y Angel casi sin respiración. Oh, no, ¿sería posible que Cooper hubiera notado la atracción que ella había sentido por él en la iglesia? ¿El temblor que le había causado el contacto de su mano en la piel?

Sin embargo, antes de que pudiera encontrar las respuestas, él se volvió bruscamente.

– Los periodistas sois… unos impertinentes.

– Sí -admitió, respirando ya mejor-. Entrometidos, diría yo. Pero a la gente le gusta hablar sobre sí misma y a los que escribimos nos gusta escuchar.

– Y os gusta preguntar, quizá demasiado.

Angel aguzó la vista. Si no se equivocaba, Cooper hablaba por experiencia. Interesante, muy interesante. El señor gerente de hotel debía de haber tenido algún encontronazo con la prensa.

Cooper se dio la vuelta y la miró de nuevo.

– ¿Acaso a ti te gustaría que alguien se metiera en tu vida, en tu pasado?

Sin dudarlo ni un momento, Angel respondió:

– Mi vida es un libro abierto.

– ¿Ah, sí?

– Por supuesto. -Hizo un estudiado gesto de despreocupación con la mano-. Pregúntame todo lo que quieras.

– Bien. -Cooper se plantó delante de ella y cruzó los brazos-. ¿A qué escuela fuiste?

– Me gradué en el colegio Bay, en San Francisco. -No había necesidad de mencionar los otros siete a los que había asistido antes de que ella y su madre se escaparan a Europa-. Me licencié en periodismo y mientras estudiaba la carrera estuve haciendo prácticas en la West Coast durante dos años. Al final me contrataron y llevo allí desde entonces.

– ¿Tienes familia?

Desde siempre, ese tema lo había tratado muy por encima.

– Durante mucho tiempo fuimos mi madre y yo. -Cierto-. Entonces ella se casó de nuevo y se trasladó a París.

– ¿Te llevas bien con tu padrastro?

Angel se encogió de hombros.

– Por supuesto. -Al menos no abandonó a su madre como lo hizo Stephen Whitney. Ni le hizo daño, como aquel otro cabrón con el que estuvo un tiempo casada.

– ¿Te gusta tu trabajo?

– Me encanta.

Cada vez que Cooper se quedaba en silencio, Angel le dedicaba una de sus amables sonrisas.