– Huele a invierno, a aire frío. -Me acurruqué un poco más cerca de él-. Tengo ganas de mimos.
– En tal caso, colgaré toda mi ropa fuera. -Esbozó una sonrisa mientras se ponía de costado para mirarme a la cara y bajaba su mano hasta mi trasero para atraer mis caderas aún más hacia él. No cabía duda: noté una erección en toda regla. Hay cosas con las que siempre puedes contar.
Me encanta tener relaciones sexuales con él, y quería un poco de sexo en ese mismo instante, por lo que saber que no podía, que el dolor de cabeza sería demasiado insufrible como para disfrutar, por mucho que lo intentara, a su manera me excitaba aún más. La fruta prohibida y todo eso. No podíamos hacer las paces como normalmente las hacíamos después de una pelea, lo cual volvió el desenlace aún más delicioso.
Me dejó medio desnuda en cuestión de segundos, con su mano entre mis piernas, y dos grandes dedos entrando y saliendo con delicadeza mientras el pulgar se hacía cargo de otro asunto.
– No hagas que me corra -gemí, rogando mientras arqueaba el cuerpo contra su mano-. Me dará dolor de cabeza-. Oh, Dios, estaba a punto. Parar ahora sería una frustración maravillosa y me pondría como loca.
– Creo que no -murmuró él besándome desde el cuello hacia abajo, provocando una llovizna de chispas bajo mis párpados cerrados-. Nada de sacudidas. Tú sólo relájate, deja que yo me ocupe. -Luego me mordió en un lado del cuello y, olvidad lo de que ya estaba a punto, estaba allí mismo, oleada tras oleada de orgasmo, estremeciendo todo mi cuerpo mientras él me agarraba e impedía que me moviera.
En cierto modo, los dos teníamos razón. Me dolía la cabeza, pero, ¿a quién le importaba?
– ¿Y tú qué? -murmuré mientras empezaba a quedarme dormida.
– Ya pensaré algún trabajito extra para ti, para que puedas compensarme.
¿Trabajito extra? ¿Cómo que «extra»? Ya hacíamos todo lo yo estaba dispuesta a hacer. Con cierta alarma, me obligué a abrir los ojos.
– ¿Qué quieres decir con «extra»?
Soltó una risita y no contestó. Me dormí preguntándome dónde podría conseguir una armadura.
Wyatt estaba convirtiéndose en todo un experto en reconciliaciones.
Capítulo 9
Me sentía mucho mejor al día siguiente, domingo. El dolor de cabeza había pasado de ser una presencia punzante a tan sólo una presencia, algo que casi conseguía no tener en cuenta.
Wyatt me llevó a casa de su madre para que pudiera inspeccionar la pérgola; como había dicho Jenni, necesitaba una capa de pintura, y también había que rascarla y lijarla antes de pintarla. Pero era del tamaño perfecto, y la forma, preciosa, con un gracioso arco que me recordaba a las cúpulas en forma de bulbo de los edificios de Moscú. Roberta estaba enamorada de la pérgola y quería dejarla instalada de forma permanente en su jardín. Las dos coincidimos en que lijarla y pintarla era un trabajo perfecto para Wyatt, teniendo en cuenta que él se encargaba de las flores.
Mientras Wyatt estudiaba la pérgola, pude distinguir, por una débil mirada recelosa en sus ojos, que empezaba a percatarse de que «las flores» significaba algo más que un par de jarrones y un ramo. Roberta apenas consiguió disimular su sonrisa, pero mientras no pidiera ayuda, ella iba a dejar que siguiera poniéndose nervioso, y se ocuparía de las flores sin que su hijo lo supiera.
Siempre podría darse el caso de que no pidiera ayuda; su vena agresiva y dominante innata podía impedirle admitir que no sabía cómo abordar esa tarea. Habíamos acordado no alargar la pantomima más de dos semanas, el tiempo suficiente para que él experimentara también un poco de estrés, sin permitir que de hecho hiciera algo que interfiriera en nuestros planes. Sí, estaba así de calculado. ¿Y qué?
De allí fuimos a comer a casa de mis padres, para satisfacer la necesidad de mamá de mimarme y para satisfacer mi necesidad de dejarme mimar. íbamos a hacer costillas de cerdo a la barbacoa -siempre es temporada de barbacoa en el Sur-, así que papá y Wyatt salieron al exterior de inmediato, con sus cervezas en la mano, para ocuparse de la brasa. Pensé que era encantador que congeniaran así de bien, dos tíos intentando mantenerse a flote en un mar de estrógeno.
Papá es listo y se lo toma todo con mucha filosofía, pero hay que tener en cuenta que lleva años de experiencia a cuestas con mamá y la abuela; digamos que la abuela vale por dos como yo. Además, papá ha criado a tres hijas. Wyatt, por su parte, está acostumbrado a andar inmerso en cosas de tíos: primero el fútbol americano y luego hacer respetar la ley. Y un dato todavía peor, no olvidemos que es una personalidad alfa y que le cuesta entender el concepto «no». Conseguirme a mí daba prueba de todas las facetas dominantes y agresivas de su personalidad; conservarme daba prueba de su inteligencia, porque había visto enseguida que papá era un experto en la guerra entre sexos. De acuerdo, no es una guerra en realidad, más bien somos especies diferentes. Papá entiende el idioma. Wyatt estaba aprendiendo.
Mamá y yo preparamos todo lo necesario para iniciar la parrillada mientras seguíamos con los planes bélicos -esto… planes de boda- y, cuando los hombres echaron finalmente las chuletas, tuvimos unos pocos minutos para descansar. Mamá había encontrado en internet un vestido que le gustaba y ya lo había pedido; me lo enseñó en el ordenador. Yo no iba a llevar ninguna dama de honor, iba a ser una boda más reducida e informal que todo eso, o sea, que no tenía que ocuparme de escoger vestidos para el séquito ni nada por el estilo, gracias al cielo. Navegamos otro rato buscando un vestido como el que yo tenía en mente, y una vez más me quedé con las ganas, lo cual era una verdadera lata. No es que yo quisiera un vestido de novia exagerado, lleno de encajes, flores y bordado de nácar, para nada. Tuve todo eso la primera vez que me casé, y no quería pasar por esa experiencia de nuevo.
– ¡Ya sé! -dijo de repente mamá, y la inspiración iluminó su rostro-. Sally puede hacerte el vestido, y así estarás segura de que te quedará perfecto. Tú prepara un boceto del diseño y mañana vamos a buscar la tela.
– Primero llama a Sally -sugerí yo- para asegurarnos de que ella puede.
Sally tenía sus propios problemas en estos momentos, como era lógico: Jazz estaba hecho una furia después del intento de atropello, y ella estaba hecha una furia después de cómo él había echado a perder su dormitorio, reformándolo sin ella saberlo. Vivían separados tras treinta y cinco años de casados, y los dos estaban destrozados. De todos modos, me ilusionaba la posibilidad de que pudiera hacerme el vestido, porque era la solución perfecta. Sally era un hacha con la máquina de coser; había hecho los vestidos para el baile del colegio de Tammy y habían quedado preciosos.
Mamá llamó a Sally en aquel mismo instante, y ella dijo que por supuesto podía hacerlo; entonces mamá me pasó el teléfono y yo le describí el vestido que quería, y ella, bendita fuera, dijo que resultaría muy sencillo de hacer. Era un diseño sencillo, nada de frufrú ni cosas por el estilo. Tal y como yo me lo imaginaba, la magia residiría en el vuelo del tejido y la manera de ajustarse, y Wyatt sólo podría pensar en quedarse a solas conmigo para quitármelo.
Sentí tal alivio que apenas pude contenerlo. Aún tenía que encontrar la tela perfecta, pero eso era mucho más fácil que encontrar el vestido confeccionado perfecto. Si estuviera preparada para conformarme con algo que me quedara bien y ya está, no estaría tan preocupada, pero no soy la mejor del mundo a la hora de «conformarse». A veces tengo que hacerlo, pero no me gusta.
Durante la comida les contamos a papá y a Wyatt que Sally nos estaba salvando el día.
– Además, necesita algo para dejar de pensar en Jazz -dijo mi madre.
Wyatt encontró mi mirada, y pude ver su expresión. Está al corriente de la opinión de mamá y la mía en todo este asunto -sencillamente que Jazz se merecía que le pillaran con el coche por lo que había hecho- porque se la he explicado; la cuestión es que su instinto de poli se subleva. Que Sally intentara embestir a Jazz en su opinión es un intento de asesinato, pese a que éste se apartó de un salto sin sufrir daño alguno; y piensa que él debería haber denunciado el incidente a la policía y presentado cargos contra ella. A veces me parece que su sentido del bien y del mal está un poco trastocado por esas clases de derecho penal que le dieron en la universidad.