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– Ahora van a cruzar nuestra pista – dijo el mongol, riendo -. ¡Qué bichos tan raros! A veces los antílopes recorren kilómetros y kilómetros para ganarnos la carrera y estorbarnos el paso, y cuando lo han conseguido se retiran tranquilamente.

Yo conocía ya esta estrategia de los antílopes y decidí sacar partido de ella. He aquí como organizamos la caza: dejamos a un mongol con el camello del equipaje que avanzase como nosotros lo veníamos haciendo. Los otros tres se desplegaron en forma de abanico hacia el rebaño, a la derecha de nuestra verdadera dirección. El rebaño se detuvo y miró sorprendido, porque hubiera querido pasar delante de los cuatro jinetes a la vez. Principió entre ellos la confusión. Había unas tres mil cabezas. Todo este ejercito empezó a correr de aquí para allá, sin formar un grupo determinado. Escuadrones enteros pasaron delante de nosotros y luego, reparando en otro jinete, daban media vuelta y repetían la maniobra. Un grupo de unos cincuenta se precipitó a mí. Cuando le tuve a cosa de cien metros di un grito y disparé. En seguida se detuvieron y retrocedieron despavoridos, empujándose y saltando unos sobre otros. Aquel pánico les costó caro, pues me dio tiempo a tirar cuatro veces y derribé dos estupendos ejemplares. Mi amigo tuvo más suerte aún, porque solo tiró una vez sobre el rebaño, que, como una tromba, pasó a su lado en filas paralelas, y con la misma bala mató dos animales.

Entre tanto, los musmones habían escalado la pendiente de la montaña, y en posición de combate, alineados como soldados, se volvieron para mirarnos. A pesar de la distancia, pude distinguir claramente sus cuerpos musculosos, sus cabezas majestuosas y sus poderosos cuernos. Recogimos nuestra presa, nos reunimos con el mongol que iba de vanguardia y continuamos el viaje. Con frecuencia encontrábamos carroñas de carnero con los cuellos desgarrados y la carne devorada por los costados.

– Es obra de los lobos – dijo el mongol -. Siempre andan por estos contornos en grandes manadas.

Hallamos más rebaños de antílopes que corrían sin prisa hasta poner una buena distancia entre ellos y nosotros; entonces, con saltos y botes prodigiosos, cruzaban el camino delante de nosotros como las gallinas en el campo. En seguida, después de correr unos doscientos metros a aquel paso, se detenían y volvían a pastar tranquilamente.

Una vez hice que in camello diese la vuelta, y todo el rebaño, aceptando inmediatamente el desafío, corrió paralelamente a mí a una distancia que les pareció segura, y entonces botó sobre el camino delante de mí como si pisasen piedras ardiendo, para volver a su primitiva tranquilidad y ponerse a pastar al mismo lado de la llanura en que le habíamos encontrado. Hice tres veces igual jugarreta al mismo rebaño, riendo de buena gana al verle repetir sus divertidos ejercicios.

Pasamos una mala noche en aquel valle. Acampamos a la orilla de un arroyo helado; el alto ribazo nos protegía del viento. Nuestra tienda estaba bastante agradable. Descansamos tranquilamente, pensando en la sabrosa cena que preparábamos, cuando de improviso un aullido y una risotada diabólica sonaron cerca de la tienda, mientras que del otro lado de la cañada respondieron unos chillidos prolongados y lúgubres.

– Son lobos – nos explicó el mongol, con indiferencia.

Empuñó el revólver y salió de la tienda. Permaneció fuera un buen rato; al fin oímos unos disparos y a poco después volvió.

– Los he asustado – dijo -. Se habían reunido en la orilla del Adair, alrededor de un camello muerto.

– ¿Han tocado a nuestros camellos? – pregunté.

– No. Encenderemos una hoguera detrás de la tienda y no nos molestarán más.

Después de cenar nos acostamos; pero yo estuve despierto bastante tiempo, escuchando el crepitar de la leña al arder, la respiración profunda de los camellos y los aullidos lejanos de los lobos; por último, a pesar de todos aquellos ruidos, me dormí. No sé cuánto duraba mi sueño; pero de repente me despertó un golpe violento en el costado. Estaba echado en el borde mismo de la tienda, y alguien me había empujado brutalmente sin el menor reparo. Pensé que seria uno de los camellos mordisqueando el fieltro de la tienda. Cogí mi mauser y golpeé un bulto con la culata. Un grito agudo me contestó, seguido de un ruido de pasos rápidos, corriendo sobre los guijarros. Por la mañana descubrí huellas de lobos que se habían acercado a nuestra tienda, del lado contrario de la hoguera, y seguí el rastro hasta el sitio en que habían empezado a escarbar junto a la tienda; evidentemente, uno de los merodeadores tuvo que batirse en retirada, después de recibir en la cabeza el culatazo de mi revólver.

Los lobos y las águilas son los servidores de Jagisstai, según nos manifestó, muy convencido, el guía mongol. Sin embargo, esto no impide a los mongoles darles caza. Ha asistido una vez, en el campamento del príncipe Baysei, a una cacería de lobos. Los jinetes mongoles, montados en sus mejores caballos, recorren la llanura, alcanzando a la carrera a los lobos, matándolos con fuertes palos de bambú llamados Tucur. Un veterinario ruso enseñó a los mongoles a envenenar a los lobos con estricnina; pero este método no tuvo aceptación, porque es peligroso para los perros, fieles amigos y aliados de los nómadas. Estos, por otra parte, no tocan a las águilas ni a los halcones, y hasta les dan de comer. Cuando los mongoles matan una res, suelen tirar al aire trozos de carne, que los halcones y las águilas cogen al vuelo, exactamente como nosotros echamos a un perro terrones de azúcar. Las águilas y los halcones atacan y expulsan a las urracas y cuervos, que son muy dañinos para las bestias y los hombres, pues acuden ferozmente a dar picotazos en la menor herida abierta en el lomo de los animales, haciendo llagas incurables, sobre las que se encarnizan con voracidad.

CAPITULO V

EL ANTRO DE LA MUERTE

Nuestros camellos caminaban hacia el Norte lentamente, pero con paso regular. Hacíamos cuarenta o cincuenta kilómetros al día. Pronto llegamos a un pequeño monasterio situado a la izquierda del camino. Era un vasto edificio cuadrado, cerrado por una alta y apretada empalizada. Unos huevos en la mitad de cada lado conducían a las cuatro entradas del templo. En el centro del patio interior se hallaba el templo, con sus columnas laqueadas rojas y sus tejados chinos dominando las casas bajas de las lomas. Al otro lado del camino se levantaba lo que parecía ser una fortaleza china, y era en realidad un bazar o dugun. Los chinos los construyen siempre en forma de fortaleza, con dobles murallas, a algunos pies de distancia unas de otras, y dentro de todas ponen sus casas y tiendas. Suelen sostener una guarnición de veinte o treinta hombres armados, dispuestos para cualquier eventualidad. En caso de necesidad, estos duguns pueden servir de fortines y resistir largos sitios. Entre el dugun y el monasterio, y más próximo al camino, distinguí un rancho de nómadas. Sus caballos y ganados no estaban con ellos. Los mongoles, residiendo allí hacia tiempo, habían dejado a sus animales en la montaña. Sobre varias yurtas ondeaban oriflamas de colores, señal de enfermedad. Cerca de algunas yurtas unas altas estacas hincadas en el suelo y sosteniendo en la puna superior un gorro mongol, indicaban que el habitante de la yurta había muerto. Las jaurías de perros, errando por la llanura, señalaban la presencia de cadáveres en las cercanías, en las simas de los barrancos o en la orilla del río. Al aproximarnos al campamento oímos a lo largo un redoblar de tambores, un canto melancólico, acompañado por una flauta, y gritos de dolor. Nuestro mongol se adelantó para informarse y volvió diciendo que varias familias mongolas habían llegado al monasterio pidiendo auxilio al Hutuktu Jahantsi, famoso por sus milagros.