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– Eso no está bien, señora -dice-. Qué ocurrencia, poner en peligro su vida.

– ¡Pero qué te pasa, Vicky! -grita una mujer en bata y zapatillas que se acerca presurosa-. ¿Qué haces tirada en la calle? ¿Es una broma? ¡Debería darte vergüenza!

La señora Mir no se digna contestar, pero de pronto se sobresalta y para la oreja, como si le fuera dado escuchar el chirrido de las ruedas del tranvía girando en la curva, y hasta lo viera echársele encima con su estruendo de hierros, porque abre los ojos y sus pupilas reflejan repentinamente un espanto. Entonces, volviendo la cabeza del otro lado y hacia lo alto, lanza ojeadas furtivas al balcón de su casa, en la primera fila de barandillas sobre la calle, y su mirada se vuelve escrutadora y maligna, como queriendo devolver un agravio a quienquiera que pudiera asomarse allí para verla en el trance de ser arrollada por el tranvía. Pero no hay nadie asomado al balcón, y ella vuelve a rendir la cabeza sobre el raíl cerrando los ojos. Alguien comenta que el hombre con el que está liada actualmente, era o había sido conductor de tranvías.

– Ideas de bombero, eso es lo que tiene -gruñe a su lado la peluquera Rufina, que dice conocerla bien-. ¿Estás mal de la cabeza, Vicky? ¿Qué quieres demostrar? ¡Haz el favor de levantarte! ¡Venga ya, mujer! -La coge por los sobacos, pero no consigue moverla-. ¡Mira lo que te digo: si lo que andas buscando es que te pille el tranvía, ya puedes esperar sentada, pero bien sentada, hija mía! -Y cerrando los ojos con expresión lastimera susurra al oído de la mujer que tiene al lado-: Es por ese mangante que se le metió en casa, me juego lo que quieras…

– Ya.

– Déjenla ahí, si es su deseo -propone otra anciana muy entristecida-. Qué más da. La vida es para los jóvenes.

– ¿Tu hija está en casa, Vicky? Que alguien vaya a avisarla…

– ¡No! -corta ella al instante-. No está en casa… Violeta se fue a la playa con su amiga Merche…

Un muchacho de unos quince años, en mangas de camisa y con un libro en la mano, se para y atisba como quien no quiere los pechos de la yacente que asoman por el escote de la bata, sin rastro de sujetador o cosa parecida, unos pechos de piel rojiza y áspera que le recuerdan la cara fea y pecosa de Violeta. Un podenco flaco y sucio se acerca y olisquea las borlas de las zapatillas de raso descolorido y las manos cruzadas que huelen a embrocación, y luego se pone a dar vueltas en torno al grupo, cuyos comentarios siguen cayendo sobre la señora Mir sin afectarla aparentemente lo más mínimo. Dos convecinas, las señoras Grau y Trías, intercambian sonrisas melifluas mientras hacen por levantarla del arroyo.

– ¿Qué te pasa, Victoria?-desliza la señora Grau en su oído-. ¿No quieres decírmelo? Has estado llorando… ¿Te ha pegado ese cojo del demonio?

– ¿Por qué miras tanto el balcón?-pregunta la señora Trías-. ¿Está él en tu casa, ahora? ¿Es que todavía le permites la entrada a un sujeto como este? ¿No decías que ibas a dejarle?

– Si es que no escarmientas, mujer.

– ¡Ay, Vicky. cuándo bajarás de las nubes!

– Al cabronazo de su marido le gustaría verla así, como está ahora -comenta en tono de guasa el dueño del colmado, parapetado detrás del corro de mujeres-. Así, esperando el tranvía panza arriba. ¡Seguro que le gustaría al mamón del alcalde, si es que le queda un poco de entendimiento!

– Cállese, hombre -le reprochan-, ¿no ve que la pobre ha sufrido algún disturbio cerebral?

– Venga, levántese, haga un esfuerzo -dice el hombre que acudió el primero-. ¿No se da cuenta de dónde está?-señalando con el dedo el raíl sobre el que reposa la cabeza y mirándola con severidad. Parece decidido a imponer la lógica, proponer lo sensato y necesario, decirle por ejemplo, oiga, esta vía no vale para lo que usted se propone, señora, por aquí no pasa ningún tranvía desde hace años, pero sólo añade-: No tiente a la suerte, señora. No lo haga, créame.

– ¡Atención, que viene! -exclama el tendero dejando escapar una risita.

– Sáquenla de ahí, a qué esperan ustedes -dice alguien.

– Estás labrando tu propia desgracia, Vicky -le susurra la señora Grau-. Te aviso. A quién se le ocurre una cosa tan vergonzosa y tan horrible.

Cabecea compungida la anciana con mantilla y la reprende:

– Pero mujer, ¿que no sabe usted que el suicidio es pecado mortal, aunque sea en una vía como esta?

– ¡Vaya un espectáculo, señora Mir! -exclama con sorna una voz masculina-. ¿No le da vergüenza?

– ¡Cuidado, ahora sí que viene el tranvía! -se pitorrea un gracioso asomado a una ventana. El aviso es recibido con risas y algún aplauso, pero no pocos de los presentes que están pisando las vías truncas se sobresaltan.

– Levántese, por favor, sea razonable -suplica una mujer, y añade en tono persuasivo-: ¿Quiere que le diga una cosa? No pasará ningún tranvía hasta dentro de una hora por lo menos.

– ¿Está usted segura?-dice otra mujer a su lado-. ¿Y si han cambiado el horario?

– A mí no me consta.

– ¿Por qué iban a cambiar nada esos mangantes? -tercia un señor malhumorado-. ¿Desde cuándo el Ayuntamiento se preocupa de las necesidades del ciudadano de a pie?

– Diga usted que sí. Este barrio siempre estuvo dejado de la mano de Dios.

Ahora el muchacho está lo bastante cerca y podría jurar que lo ha oído. Un tanto perplejo, con el manoseado libro bajo el brazo y la camisa blanca oliendo suavemente a tomillo, por un instante cree oír incluso el tintineo metálico del tranvía al girar en la esquina, así que, obedeciendo a un impulso repentino, asegurándose el libro en el sobaco y la mata de tomillo liada con un cordel y colgada al hombro, se acerca un poco más al grupo y para la oreja en un estado casi hipnótico: ¿dicen tales cosas para seguirle la corriente a la pobre pirada, simulando, para conseguir que se levante, que el peligro que corre es real e inminente si persiste en su temeraria actitud, o es que también ellos perciben ya de algún modo ese peligro? Porque viene observando desde hace un rato que algunas personas del grupo que rodean a la insidiosa suicida y fingen sentirse muy angustiadas y horrorizadas, afanándose en la engañifa de apartarla de las vías cuanto antes para salvarla de una muerte estúpida, no pueden reprimir ellas mismas cierto recelo, algunas miradas de soslayo a la esquina, hasta tal punto que, de pronto, toda esta simulación y esta tramoya, lo más convencional y risible de una bienintencionada puesta en escena, lo que hasta ahora había sido espectral y absurdo, parece que se estuviera revelando precisamente como lo más cierto, natural y convincente: que las vías muertas empezaran a comportarse como si estuvieran vivas y en activo, que el tranvía que nunca había de llegar estuviera a punto de asomar en la esquina y arrollarles a todos, y que esto se manifestara así de terrible e inevitable no solamente para la señora Mir, sino para muchos de los congregados en torno a ella. Algunos, rindiéndose ante su terca negativa a levantarse de las vías, han preferido abandonar la calzada y subirse a la acera y desde allí, apretujados, arrimándose unos a otros, insisten todavía en el burdo simulacro, sin poder evitar furtivas miradas a la esquina de vez en cuando.

Adelante, pobre loca, pon el cuello bajo la rueda, haz que lo vean, demuéstrales que puede ocurrir, se oye musitar para sí mismo en un impulso repentino: acaso sea esta la primera vez que este chico intuye, siquiera de una forma imprecisa y fugaz, que lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más posibilidades de pervivencia frente al olvido.