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– Ha estado muy bien -jadeó Terry a la vez que se deslizaba fuera de ella.

– Sí. -Paddy respiraba con fuerza como si también hubiera tocado el cielo.

El permanecía tumbado a su lado, recuperando el aliento, y ella intentaba no tocarlo y miraba al techo. Aquello no era nada; se sentía aliviada. Su virginidad había dejado de ser un regalo pesado y enorme. Ya no tenía que buscar a alguien a quien entregársela. Había desaparecido. Sean había desaparecido.

– ¿Terry? -le dio un codazo suave para sentirse acompañada-. Hey, Terry, ¿qué hora es?

Pero Terry se había dormido. Paddy se pasó un dedo por entre las piernas y lo miró. No había nada de sangre. Terry no tenía ni siquiera que saber lo que había ocurrido.

III

Dos barras de color naranja intenso y vibrante brillaban al fondo de la estancia oscura. La estufa eléctrica despedía pequeños ceros de ceniza por los lados en los que habían encendido cigarrillos con ella. Las cortinas no cerraban del todo y, hasta tumbada en la cama, Paddy podía ver los apartamentos de enfrente, a un hombre que se preparaba para salir la noche del sábado por la ciudad, y a una mujer que preparaba la cena para un hombre flaco.

Terry durmió veinte minutos como un muerto y, cuando se despertó, le contó muchos chismorreos sobre la gente del trabajo. Kevin Hatcher, el editor de imágenes borrachín, tenía sólo veintiocho años y, una vez, había recibido un premio internacional de fotografía por un reportaje fotográfico sobre las tribus nómadas del desierto de Gobi. Richards se había presentado a las elecciones como miembro del Partido Comunista. Tony Benn habló con él, y todo en un mismo programa. Paddy estaba asombrada. Luego tuvieron una larga y agradable discusión sobre el valor relativo de Tiswas y Swap Shop, matando el tiempo hasta la hora de volver a ser adultos. Él le acarició el hombro, mientras lo miraba con los ojos entrecerrados, y luego se apoyó para dejar que sus labios se apoyaran en su piel.

– Ahora estoy muy gorda -dijo ella a media voz, como si el peso fuera un trastorno que la afectara de manera pasajera.

– Eres preciosa. Muy femenina. -Le tocó el pecho, y ella se ruborizó.

– Hoy he tenido un buen susto -dijo rápidamente Paddy-, con aquel tipo.

– Mañana iremos a la policía, cuando la situación se haya calmado. A mediodía, ya habrán soltado a la mayoría de manifestantes y estarán más tranquilos. Tenemos un buen material con esto, ¿sabes? Al menos, nos da para un artículo.

Nunca se lo había dicho a nadie, pero ahora sus preocupaciones le salieron de la boca antes de que pudiera detenerlas.

– No creo que sea capaz de escribir. No sé por qué, pero no pienso con claridad cuando me siento a la mesa. Puedo ver las partes, pero no soy capaz de ensamblarlas.

– Es sólo oficio -dijo él-. Nadie sabe hacerlo de entrada. Tienes que ir aprendiendo.

– ¿De veras?

– Aprenderás, no te preocupes. -Acarició su suave vientre arriba y abajo, con una mano-. Es sólo cuestión de práctica.

Paddy notaba el pene de Terry presionándole la pierna y supo que estaba listo para volver a empezar.

– ¿Nos fumamos otro cigarrillo?

– Vale. -Terry tomó uno de sus Embassy Regal y saltó de la cama, cruzó desnudo y sin ninguna vergüenza la habitación hasta la estufa y se agachó a encenderlo con las barras infrarrojas-. Heather Allen fumaba lo mismo.

– Que Dios proteja a la pobre Heather. -Paddy se la imaginó tumbada en el suelo del furgón de los víveres entre las migas de pan-. ¿Qué hacía aquella noche, arriba en Townhead?

– Resulta que no estuvo para nada en Townhead. Cuando lo comprobaron, vieron que estuvo cenando con sus padres en casa de un tío. El testigo que dijo haberla visto debió de confundirla con otra chica. Pero es raro que supiera bien su nombre.

Una presión repentina afectó a un oído de Paddy. Sólo una de ellas estuvo en el barrio de Townhead aquella noche. Ella se había presentado como Heather Allen cuando habló con el hombre tímido del abrigo azul marino, y no había sido la primera vez. La primera vez que vio a Naismith se presentó también como Heather Allen, el día en que el artículo de agencia se publicó en el periódico. Así es como supo dónde trabajaba.

Había matado a la chica equivocada.

Capítulo 29

La vida en una sala de espera escocesa

I

Terry la dejó en la carretera principal e intentó besarla, pero ella salió del coche rápidamente. Ya sería lo bastante grave que la vieran salir del coche de un hombre como para arriesgarse a besarlo. Volvió a agacharse.

– ¿Nos vemos mañana, entonces?

Él le hizo una mueca ofendido.

– ¿Me echas un polvo pero no me besas? Eso es propio de una María Magdalena.

– Calla.

Paddy sonrió y cerró la puerta de golpe, y luego lo observó alejarse. Cuando el coche dobló la esquina del fondo, su sonrisa se disolvió. Se subió el cuello del abrigo y se encaminó hacia la estrella. Esa noche estaban todas las casas ocupadas; todos los salones estaban iluminados por los destellos blancos y azules de la televisión del sábado por la noche. Paddy sentía los pies fríos y húmedos dentro de las botas. Los dedos descalzos se le encorvaban sobre la suela de papel, rascaban contra la capa de arriba y acumulaban trocitos de la fibra entre ellos. Anduvo más allá de su casa, más allá de la casa de los Beattie y se metió por un callejón descuidado que salía del complejo y se metía por el campo contiguo. Subió a una pequeña colina silvestre que daba sobre un valle industrial, de unas dos millas de extensión y que llegaba hasta el East End. La colina se consideraba un lugar inhóspito y un poco peligroso, pero Paddy necesitaba estar sola.

El suelo estaba oscuro y húmedo. Anduvo por el sendero paralelo, menos desgastado, a un metro escaso del cenagoso camino principal, tratando de evitar el barro y los charcos. Siete metros más allá había dejado atrás los arbustos y los árboles y se encontró en la ladera desnuda. Rumores de autobuses, coches y una llorosa moto solitaria flotaban colina arriba. Rodeó el montículo hasta que perdió de vista la ciudad. En el cielo teñido de oscuridad, brillaban blancas estrellas.

Miró más allá del valle industrial. Allí abajo había una fábrica metalúrgica que durante toda su vida desprendió un olor sulfuroso de huevos podridos, de día y de noche, pero ahora tenía las luces apagadas y habían despedido a todos sus trabajadores. Otras fábricas más pequeñas del valle a su alrededor estaban cerrando; más abajo del río, los astilleros también se deshacían de sus trabajadores, y cada mañana traía noticias frescas de nuevos despidos. La ciudad orgullosa se moría. Paddy se encendió su quinto cigarrillo del día y parpadeó para disimular las lágrimas mientras pensaba en Sean y en Naismith y en lo que podía haberle ocurrido si hubiera conseguido atraparla.

Era la responsable de la muerte de Heather. Cuando le dio su nombre a Naismith, lo hizo porque le deseaba mal. Y qué otra cosa es un deseo, sino una vulgar plegaria a quien esté escuchando.

II

Eran las diez y media cuando Paddy metió la llave en el cerrojo. Mientras abría, lo primero que le llamó la atención fue que el televisor estaba apagado y el salón vacío. Una luz amenazadora iluminaba el recibidor desde la cocina. No había tenido tiempo de colgar el abrigo cuando oyó la voz de su padre que la llamaba, tratando de sonar sereno.

Al pasar por delante de la ventanita, vio la foto de lo que le estaba esperando. Su familia estaba reunida alrededor de la mesa de la cocina, la madre y el padre tenían una expresión dolida, los chicos y Mary Ann estaban apiñados en una pequeña hilera. Mary Ann se sonreía mientras miraba a la mesa, apretaba los labios primero por un lado, después por el otro, tratando de no explotar de la risa. Los chicos miraban a la mesa, muertos de vergüenza por aquel enfrentamiento. Paddy advirtió con tristeza que Sean no estaba y que el único lugar desocupado de la mesa estaba intacto, con un vaso limpio posado al lado, esperándola a ella.