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– Ésa es la roca Tarpea… Ése es el Arco de Constantino, eso otro, lo que está al fondo…

– El Coliseo -respondemos al unísono Clod y yo- Es lo único sobre lo que no podemos equivocarnos.

En cualquier caso, Alis abre el bolso y extrae un Nokia N95, el último que ha salido al mercado, y me saca una fotografía.

– ¡Esto lo quiero recordar, Caro!

– ¡En ese caso, grábame mientras sigo con el bailecito!

Alis no se hace de rogar y empieza a grabarme con su teléfono, que es mejor que todas las cámaras del mundo juntas. Y mientras bailo delante de ella, comienzo a agitarme como una loca, muevo las manos, mejor que Eminem y 50 Cent., abro los dedos y rapeo que da gusto.

– «Y yo lo beso, y sí que lo besé en una noche de luna llena con un deseo ardiente de él y, sobre todo, de su culo.»

Alis y Clod se ríen como locas. Alis sigue grabándome mientras Clod baila siguiendo el ritmo y yo continúo con mi canción.

– «Y qué beso largo e irresistible, en la barca, con el salvavidas…»

Sin embargo, se interrumpen de repente y se quedan boquiabiertas como si sólo en ese momento se hubiesen dado cuenta de que, por fin, he dado el gran salto. Pero yo no me detengo.

– «Sí, lo he lamido por todas partos, Le he mordido los labios e incluso lo he chupado un poco.»

Sin embargo, de repente me percato de que su sorpresa se debe a otra cosa. En efecto…, el profe Leone está detrás de mí. De manera que yo también me quedo boquiabierta y me imagino en un instante todo lo que puede haber oído. Me sonríe.

– Ha sido un bonito verano, ¿verdad, Carolina? Te veo muy morena y, sobre todo, muy contenta.

– Sí, profe.

– Sólo que ahora empieza de nuevo el colegio y éste es el último año. Y el último año tenéis que esforzaros… Pero tú ya lo sabes, Carolina, ¿verdad que sí?, siempre te he dicho que todo tiene su momento…

– Claro, profe.

– Bien, pues, por ejemplo, ahora no podéis seguir aquí; tenéis que entrar en clase.

Alis vuelve a meter el móvil en su Prada último modelo. Clod se acomoda los pantalones y las tres nos dirigimos a nuestra fantástica aula, la III-B.

Aquí estoy, en mi nuevo pupitre junto a la ventana. El paisaje que puedo contemplar desde él no es, lo que se dice, gran cosa, ¡pero al menos entra luz! Alis y Clod están a mi lado. Por el momento. Porque en mi clase tenemos la manía de cambiar de sitio cada dos meses, echando a suertes los pupitres y las filas. Es una costumbre que los profes impusieron en primero para obligarnos a relacionarnos más. Y luego, cuando apenas empezábamos a conocernos, zas, te cambiaban otra vez de sitio. De todas formas, ahora las filas son de tres, menos mal; a veces incluso los bedeles se enteran de algo.

Último año de secundaria. Tengo un poco de miedo. ¿El examen? Bah. Lo que me asusta es, sobre todo, lo que viene después. Pero es fantástico pensar que el verano próximo seré libre, libre, ¡libre! ¡Sin deberes! Tres meses completos para hacer lo que me venga en gana. Dentro de un momento entrará el profe Leone. Nos preguntará si hemos leído los cinco libros que nos encargó antes de las vacaciones, si hemos hecho las redacciones, si hemos acabado el cuaderno de ejercicios. Y, además, como es habitual, fijará la fecha del examen que hace cada inicio de curso. Qué palo. Seguro que es mañana, de modo que esta noche también me tocará volver antes a casa para que mi madre no se cabree. Miro de nuevo por la ventana…, querría estar posada sobre ese árbol, ahí delante. Observar a los que pasan por debajo, el tráfico, este colegio, mofándome de los que ahora están sentados aquí, en el aula. La ventana. Como la canción de Negramaro: «Si te llevas el mundo contigo, llévame también a mí.»

Mientras esperábamos al profe traté por todos los medios de robarle el móvil a Alis, pero no hubo nada que hacer. Ella me juró que había borrado el vídeo.

– Te lo juro, Caro, ¿por qué no me crees?

– Si es así, dámelo que lo compruebe.

– Pero ¿por qué no me crees, eh? Entre nosotras tiene que haber confianza.

– Y yo la tengo, pero esta vez me gustaría además que me dieses el móvil para poder comprobarlo, ¿vale?

– Está bien, en ese caso, te diré lo que pasa, ¿eh? No puedo dártelo porque tengo unos mensajes que no quiero que leas, ¿de acuerdo?

– ¿Y eso? ¿No puedo leer tus mensajes? ¿Y por qué, perdona? ¿No acabas de decir que tenemos que tener confianza?… y, además, ¿de quién son?

En fin, que proseguimos con la discusión hasta la hora de tecnología, y yo estaba tan nerviosa que, por primera vez, serré y pegué todos esos trozos de madera directamente del dibujo, sin mirar siquiera, ¡y al final esa extraña muesca que debía ser un portaplumas lo fue de verdad! ¡Increíble, el primer bien que saco en mi vida! Únicamente tuve una experiencia similar en tecnología el año pasado, cuando me corté el dedo índice de la mano izquierda con una especie de escalpelo. El escalpelo es la herramienta que sirve para hacer grabados sobre una tabla de plástico verde. Sí que graba, sí… ¡pero también graba dedos! Resultado: llamaron a mi madre, que me llevó a urgencias. Tres puntos de sutura. Vi Saturno con todos sus anillos, después Marte, Júpiter e incluso Neptuno. ¡Otra vez los planetas! Y tras la panorámica astronómica, volví al colegio. Sí, justo así. Cualquier otra persona habría vuelto a casa, pero yo no, mi madre dijo que con eso bastaba. En cualquier caso, ¡perdí una hora de mates!

Bueno. Por lo demás, a propósito del vídeo en el que aparecía el profe Leone a mis espaldas, nada de nada, ni siquiera la posibilidad de volver a verlo, cuando menos para reímos un poco. Nada. Y esa historia de la grabación… una prueba de lo que has hecho… Quiero comprar una caja, una de ésas de cartón rígido con dibujos de flores. Grande, grandísima, para meter dentro las cosas que dejaré de usar a partir de este año. Porque me siento un poco más mayor. Son una infinidad. Por ejemplo, las Bratz, las Winx, los libros de Lupo Alberto, las camisetas de Pinko Pallino, que mi madre me compraba siempre sin importarle que yo me enfadase, los diarios secretos con su candadito que he llenado de adhesivos y de frasecitas de todo tipo, los libros de Geronimo Stilton, los DVD de dibujos animados, las fotografías de primaria, el calendario con la cara que tenía a los cinco años disfrazada para Carnaval, fea a más no poder, la caja con las cuentas para hacer pulseritas, el enorme lápiz de plástico de las Bratz, el estuche con los lápices de cera, las diademas para el pelo con llores de plástico. Todo lo que ahora me parece inútil. ¡A pesar de que tengo casi catorce años! Me siento diferente del momento en que esas cosas lo eran todo para mí.

Esa tarde. Alis y Clod están sentadas delante de mí. Se niegan a creerme.

– En ese caso, os voy a contar…

Es justo que sea yo la que invite, por otro lado, la mayor parte de las veces lo hace Alis, y es incluso natural, y las llevo a Cióccolati, un pequeño local que se encuentra en la via Dionigi, junto a la piazza Cavour, donde está el Adriano, que, entre otras cosas, no conocían y que, además, hace horario continuado.