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– ¿No?

– No.

– ¿Entonces supongo que da igual que le diga que tenemos su cabeza en un frigorífico en Londres?

Una mujer de mediana edad, vestida con un traje a cuadros y sentada en la mesa vecina, reaccionó con visible molestia.

McVey tenía los ojos fijos en Osborn. Su comentario era algo grosero pero intencionado y quería suscitar en Osborn la misma reacción que en la mujer. Pero Osborn ni siquiera pestañeó.

– Doctor, usted ya me mintió en una ocasión. Y ahora quiere que le ayude. Tiene que convencerme, darme una razón para confiar en usted.

El camarero le trajo el café a Osborn, se lo dejó en la mesa y se alejó. McVey lo observó y vio que se detenía unas mesas más allá, donde un hombre de pelo negro con chaqueta de cuero esperaba sentado. El hombre llevaba allí unos diez minutos y no había pedido nada. Llevaba un pequeño pendiente de diamante en una oreja y sostenía un cigarrillo en la mano izquierda. El camarero ya se había detenido una vez pero él no le había hecho caso. Ahora, el hombre miró en dirección a McVey y luego le dijo algo al camarero. Éste asintió con un gesto de cabeza y se alejó.

McVey volvió a mirar a Osborn.

– ¿Qué le pasa, doctor? ¿No se siente cómodo aquí? ¿Quiere que vayamos a otro sitio?

Osborn no sabía qué hacer ni qué pensar. McVey le estaba haciendo el mismo tipo de preguntas que la primera vez. Era evidente que buscaba una pista de algo y lo creía implicado, pero Osborn no tenía la menor sospecha de qué se trataba. Eso lo hacía todo más difícil, porque cada una de sus respuestas parecían eludir sistemáticamente la verdad cuando, de hecho, él pretendía decir nada más que la verdad.

– McVey, créame cuando le digo que no tengo ni idea de qué está hablando. Si lo supiera, tal vez podría ayudarle, pero no sé nada.

McVey se rascó la oreja y miró a otro lado. Luego volvió a Osborn.

– Tal vez deberíamos enfocarlo de otra manera. ¿Por qué le metió a Albert Merriman toda aquella sucinilcolina? ¿Se dice así?

Osborn no se inmutó y ni siquiera se le aceleró el pulso. Sabía que McVey era demasiado inteligente como para no haber descubierto la droga y ya estaba preparado para la pregunta.

– ¿Lo sabe la policía de París?

– Por favor, conteste la pregunta.

– Albert Merriman… mató a mi padre.

– ¿A su padre? -La respuesta cogió a McVey por sorpresa. Debería haber considerado esa posibilidad pero no se le había ocurrido. A Merriman lo perseguían por una historia de venganza.

– Sí.

– ¿Y usted contrató al hombre alto para matarlo?

– No, él apareció de improviso.

– ¿Hace cuánto tiempo mató Merriman a su padre?

– Cuando yo tenía diez años.

– ¿Diez?

– Fue en Boston, en plena calle. Yo estaba con él. Vi cómo sucedía. No he olvidado su cara, y no había vuelto a verlo hasta hace una semana, en París.

McVey entendió. Las piezas habían encajado en un instante.

– No le dijo nada a la policía de París porque aún no había saldado su cuenta con él. Contrató a Packard para que lo buscara. Después buscó un lugar para matarlo y encontró el camino junto al río. Le daría una o dos dosis de la droga, lo lanzaría al agua. Él no podría respirar ni mover los músculos, se iría flotando y se ahogaría. La corriente en ese tramo es muy fuerte y la droga se disuelve rápidamente en el organismo. El tipo estaría tan hinchado que nadie pensaría en buscar los puntos del jeringazo. Ésa era su idea.

– En cierto sentido.

– ¿En qué sentido?

– Ante todo quería saber por qué había hecho aquello.

– ¿Y lo descubrió? -De pronto, McVey desvió la mirada. El hombre de la chaqueta de cuero ya no estaba en la mesa. Estaba sentado más cerca, a dos mesas y justo a la izquierda de Osborn. Aún tenía un cigarrillo en la mano izquierda pero no se le veía la derecha, que mantenía bajo la mesa.

Osborn quiso volverse para ver hacia dónde miraba McVey cuando éste se levantó y se situó entre Osborn y el hombre de la mesa.

– Levántese y salga delante de mí. Por esa puerta. No pregunte por qué. Haga lo que le digo.

Osborn se levantó. Entonces vio a la persona que McVey estaba mirando.

– McVey, ¡es él! ¡Es el hombre alto!

McVey se volvió de golpe. Bernhard Oven se había incorporado y levantaba la CZ checa con silenciador. Alguien gritó.

De pronto el aire fue sacudido por dos detonaciones una detrás de la otra y casi inmediatamente se oyó una explosión de cristales rotos.

Bernhard Oven no entendió por qué el americano le había dado tan fuerte en el pecho. O por qué lo había golpeado dos veces. Y entonces se dio cuenta de que estaba tendido de espaldas sobre la acera pero con las piernas dentro de la terraza, balanceándose sobre el marco de la ventana con que se había estrellado. Había vidrios por todas partes. Luego oyó que la gente gritaba pero no supo por qué. Intrigado miró hacia arriba y vio al mismo americano que lo observaba. En la mano tenía un revolver Smith & Wesson de acero azulado y el cañón le apuntaba al corazón. Sacudió levemente la cabeza. Luego todo se nubló. Osborn se inclinó y le tocó la arteria carótida. A su alrededor había un pánico ensordecedor, la gente gritaba y chillaba horrorizada. Más allá, otros miraban. Unos querían alejarse del tumulto, mientras otros intentaban acercarse y mirar. Osborn miró a McVey.

– Está muerto.

– ¿Está seguro que es el hombre alto?

– Sí.

Inmediatamente, McVey pensó en dos cosas. La primera fue que en algún lugar en las cercanías había un Ford Sierra con neumáticos Pirelli y un espejo roto. La segunda la dijo en voz alta.

– Este hombre no mide un metro noventa.

Se agachó y levantó el pantalón más arriba del calcetín.

– Prostética -dijo Osborn.

– Ese truco no lo conocía.

– ¿Cree usted que lo hacía a propósito?

– ¿Amputarse las piernas para modificar su estatura? -McVey sacó un pañuelo del bolsillo, se inclinó y envolvió la CZ 22 que Oven aún sostenía en la mano. Le arrancó el arma y la observó. Tenía la empuñadura forrada en cinta, los números de serie limados y un silenciador ajustado al cañón. Era el arma de un asesino profesional.

McVey miró a Osborn.

– Sí -afirmó-. Creo que sí. Creo que se hizo cortar las piernas a propósito.

Capítulo 69

McVey se apartó del cadáver de Oven y miró a Osborn.

– Cúbrale el rostro -dijo. Y luego sacó la chapa de policía y la enseñó con un gesto rápido a su alrededor a la gente que observaba en corro a sólo unos metros, espantada y fascinada a la vez. Pidió que alguien llamara a la policía si es que no lo habían hecho todavía.

Osborn cogió un mantel blanco de una mesa y le cubrió el rostro a Oven mientras McVey se acercaba a registrarlo buscando papeles. Al no encontrar nada, se llevó la mano a un bolsillo de la chaqueta, sacó su libreta de notas y rasgó la tapa de cartón duro. Le cogió la mano a Oven y le hundió el pulgar en la camisa empapada en sangre. Luego apretó el pulgar contra el cartón. La huella dactilar era bastante clara.

– Vamonos de aquí -le dijo a Osborn.

Se abrieron paso rápidamente entre los curiosos, cruzaron el comedor, entraron en la cocina y salieron a un callejón por una puerta trasera. Al salir oyeron las primeras sirenas.

– Por aquí -señaló McVey sin saber hacia dónde se dirigían. Desde su primera reacción, McVey había dado por sentado que el objetivo de Oven era matar a Osborn. Pero ahora, al salir al bulevar Montparnasse en dirección a Raspail, pensó que el blanco podía haber sido él mismo. El hombre alto había matado a Merriman sólo unas horas después de descubrirse que estaba vivo y en París. Luego, en rápida sucesión, había hallado a la amiga de Merriman, a su mujer y a su familia y los había liquidado sin misericordia. Eso había sucedido en Marsella, a unos setecientos kilómetros al sur. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, el asesino había regresado directamente a por Osborn en el apartamento de Vera Monneray en París.