Desde la sala llegaron los acordes de The Horse, y Hannah me cogió la mano.
– Vamos -dijo-. Te conviene bailar.
– No puedo. Mis tobillos.
– ¿Tus tobillos? Vamos.
– No puedo. -Me condujo hasta la puerta y la abrió, con lo que franqueó el paso a una animada ráfaga de notas de la sección de metales. Meneó un par de veces sus huesudas caderas de vaquera-. Escucha, Hannah, James se ha…, se ha metido en un pequeño lío esta noche. Necesito encontrar a Crabtree para que me ayude a solucionarlo.
– ¿Qué clase de lío? Déjame ir contigo.
– No, no te lo puedo explicar, pero no es nada grave. Escucha: Crabtree y yo nos encargaremos de echarle un cable a James, ¿vale? No tardaremos nada, lo traeremos aquí y entonces bailaré contigo. ¿De acuerdo? Te doy mi palabra.
– Le pegó un tiro al perro de la rectora, ¿no?
– ¿Qué? -dije, y cerré la puerta-. ¿A quién?
– Alguien se cargó a su perro anoche. Al chucho ciego. Al menos eso es lo que cree la policía. El perro ha desaparecido y han encontrado manchas de sangre en la alfombra. Y además he oído que el doctor Gaskell ha encontrado una bala incrustada en el suelo.
– ¡Dios mío! -exclamé-. ¡Es terrible!
– Según Crabtree, James sería muy capaz de hacer algo así.
– ¡Pero si ni siquiera conoce a James! -protesté.
– ¿Y quién lo conoce?
«Tú no, desde luego», pensé. Le apreté la mano y le dije:
– Volveré enseguida.
– ¿No puedo acompañarte?
– Es mejor que no.
– Practico el boxeo chino.
– Hannah…
– Bueno, vale -dijo. En Provo, su pueblo natal, Hannah tenía nueve hermanos mayores que ella, y estaba acostumbrada a que los chicos la dejaran de lado-. ¿Al menos puedo seguir leyendo Chicos prodigiosos hasta que vuelvas?
Todavía no me había hecho a la idea de que alguien había estado leyendo mi libro. Resultaba doloroso, pero estimulante.
– ¿Por qué no? -acepté-. De acuerdo.
Hannah deslizó un dedo entre mi barriga y la hebilla de mi cinturón, y me atrajo hacia si hasta que casi perdí el equilibrio.
– ¿Me lo puedo llevar a mi habitación para leerlo en la intimidad?
– No sé -dije, y retrocedí un paso. Se me ocurrió que siempre reculaba ante Hannah Green-. ¿Qué te ha parecido lo que has leído hasta ahora?
– Me encanta.
– ¿En serio? -La alabanza de Hannah, aunque escueta, me provocó un ímpetu inesperado y sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Me di cuenta de hasta qué punto la redacción de Chicos prodigiosos se había convertido en una aventura solitaria en la que me sentía prisionero, perdido y ciego. Le había enseñado a Emily alguno de los primeros capítulos, y su único comentario fue: «Resulta terriblemente masculino.» No me tomé el comentario muy en serio, pero desde entonces había sido el único lector del libro, el profeta, fundador y único morador de mi utopía particular, materializada en una pequeña ciudad de Pensilvania-. Bueno, en ese caso, de acuerdo.
Hannah acercó su cara a la mía, hasta casi tocarnos. Tenía los labios cortados y se los había untado con un protector que olía a vainilla.
– Y, además, creo que me estoy enamorando de ti -dijo.
«¡Oh, qué demonios!», pensé. «Quizá sería mejor que me quedase.» -¿Está por aquí Tripp? -preguntó Crabtree desde el pasillo. Su voz sonaba tan lastimera, que sentí un súbito acceso de culpabilidad al oírle-. ¿Dónde está? ¿Tripp?
Me sobresalté y me aparté de Hannah.
– No dejes que vea el manuscrito, ¿de acuerdo? -le pedí-. Escóndelo hasta que nos marchemos. -Le di un beso en la mejilla y salí al pasillo-. Hasta luego.
– Ten cuidado -dijo, y se apartó un mechón de pelo que se le había pegado a la crema protectora en la comisura de los labios.
– Lo haré -le aseguré.
Ya que se estaba enamorando de mí, podía empezar a hacerle promesas que no pensaba cumplir.
Encontré a Crabtree en el recibidor. Estaba solo, contemplando a los que en la sala trataban de bailar al ritmo de The Horse. Tenía una mano metida en el bolsillo y con la otra asía una botella de agua con gas. Parecía que durante mi ausencia hubiese estado tratando de borrar su reputación de Crabtree el Espíritu Burlón, de artista del desmadre, manteniéndose pegado a la pared, solo en medio de su propia fiesta, con aspecto sobrio, aislado y aburrido. Llevaba uno de sus trajes cruzados de tono metálico, de un azul muy pálido, casi imperceptible, como el del resplandor que emite un televisor en blanco y negro. Sus ojos carecían de brillo tras los cristales de sus gafas redondas, y tenía las mejillas hinchadas y enrojecidas. Al verlo allí, mirando a los que bailaban, me recordó al James Leer de la noche anterior, un chico sin amigos, corroído por la envidia, merodeando por el jardín de los Gaskell, con la mirada fija en una ventana iluminada.
Cuando Crabtree me vio, su rostro recuperó su habitual gesto sosegado, me saludó con un gesto de la cabeza y se volvió de nuevo hacia la sala.
– Helo aquí -dijo, como si mi abrupta aparición le hubiese dejado totalmente indiferente, como si unos segundos antes no hubiese estado recorriendo la casa como un alma en pena, gritando mi nombre-. ¿Dónde estabas?
– Fui a Kinship.
– Eso he oído.
– ¿Qué tal estás?
– Agonizante -dijo, y puso los ojos en blanco-. Lo del festival literario es, sin ninguna duda, el asunto más soporífero en el que me has metido en tu vida, Tripp.
– Lo siento -me disculpé.
– Mira a esta gente -dijo, meneando la cabeza.
– Son escritores. Por regla general, los poetas suelen ser bailarines medianamente buenos. Pero este año vamos cortos de poetas.
– Éstos son narradores.
– La mayoría de ellos. -Me encogí de hombros varias veces-. Nos encanta hacer este gesto de Snoopy con los hombros.
– Y, además, todos son heteros en esta movida. ¿No hay ninguna locaza en Pittsburgh?
– Claro que sí -le dije-. Voy a llamarlas.
– Y, encima, esta mañana te largas con mi botiquín.
– ¿Las pastillas? ¿Estaban en el coche?
– Ajá. Al menos, eso espero. Creo que están en tu maletero. Se te debieron caer anoche mientras revolvías en mis maletas.
– Lo siento -me disculpé-. En serio. Escucha, colega, salgamos.
Se cruzó de brazos y puso cara de ofendido.
– No quiero marcharme.
– No vamos a marcharnos.
Me miró fijamente, apartó la vista y dijo:
– Ya vas colocado.
– Lo sé.
– Tienes una pinta horrible, Tripp.
– Lo sé, lo sé, Crabtree. Vamos, te necesito, tío. Necesito que me acompañes.
– ¿Que te acompañe adónde?
– Colega -le dije, y, sin proponérmelo, imité los gestos de Hannah conmigo. Deslicé un dedo por detrás de la hebilla de su cinturón, le di un tirón brusco para atraerlo hacia mí y hacia la puerta. Crabtree se clavó sobre sus talones y no dio ni un paso-. ¿No vas a acompañarme si te lo pido? ¿Tengo que decirte adónde vamos?
– No, no tienes por qué hacerlo. -Sacó mi mano de su cinturón, me volvió la palma hacia arriba, la miró y me la devolvió, como si rechazase un regalo. Estaba tan aburrido, que hasta había olvidado que pretendía parecer malhumorado-. Esta mañana no me has dicho adónde ibas.