No, si yo estoy muy tranquilo. Pero es que me da a mí que no me van a salir las palabras.
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Desde que sufrió la caída del caballo, el humor de Felipe iba empeorando por momentos. Su carácter agrio, sus bromas ácidas y su mirada huidiza incomodaban a Victoria. Ella le visitaba en casa de sus suegros, y durante su larga convalecencia pasó tardes enteras en la salita de estar evitando su mirada, clavando la aguja en el lino tensado de su bastidor, arriba y abajo, abajo y arriba, una y otra vez, y otra, y otra. Sus tres cuñadas mayores bordaban junto a ella. Y doña Jacinta atendía a su hijo, recostado en un diván, e intentaba poner orden en las numerosas discusiones que surgían entre las hermanas sin motivo aparente. Sólo las gemelas rompían la rutina de aquellas visitas cuando salían del internado en vacaciones. Pero a ellas no les gustaba permanecer en casa toda la tarde, siempre tenían alguna fiesta a la que asistir o una excursión que les aguardaba. Tomaban café, relataban los últimos suplicios que habían hecho padecer a las monjas y se marchaban. Victoria envidiaba la alegría de las dos jóvenes, sus risas, y el cariño que sentían una por la otra. Ella no había olvidado su relación con Aurora, sus deseos compartidos, las noches de charla interminable, los vestidos estrenados en los domingos de Ramos, las procesiones con las palmas rizadas que colgaban después de sus balcones. Las fiestas de la Aleluya en la pradera, cuando Victoria llevaba a su hermana pequeña de una mano y tiraba con la otra de un borreguito adornado con lazos de colores los domingos de Resurrección. Las novenas que rezaron juntas, las visitas a los sagrarios, y las velas que se les apagaban durante las procesiones de Semana Santa, cuando caminaban tras los pasos, ataviadas las dos con peineta y mantilla negra. O las tardes de toros y mantillas blancas. No la había olvidado. Los paseos a caballo con su padre, o las risas cuando él enrollaba el periódico y preguntaba ¡¿A quién hay que pegarle?! Sus primeros galanteos, cuando Aurora la tildaba de presumida en cuanto un muchacho se le acercaba. Los poemas recitados a dos voces que acabaron cuando ingresó en el convento. No la había olvidado, ni la había perdonado. La culpó por aquel abandono que nunca llegó a comprender. Y la culpaba de la postración de su padre, abatido ante la carga de que su hija murió porque había querido morir, aferrado desde entonces a la petaca de plata que Aurora le había regalado para combatir el frío durante las cacerías. Y también la culpaba por ello, por haber querido morir. María y Piedad le recordaban lo que había compartido con su hermana. Victoria las había visto abandonar sus diversiones infantiles. Ya no le pedían a Justa que les guardara los huesos de cordero para jugar a las tabas. Ni bebían el agua de lluvia retenida en las barandas de la plaza Mayor al salir de la iglesia, ni buscaban los charcos después de las tormentas. Las gemelas coqueteaban ya. Victoria las había observado en la última montería, reconoció en ellas el gesto de ocultar su repugnancia ante los anímales muertos, al felicitar a los jóvenes cazadores que exhibían sus trofeos y al ensalzar su puntería destacando la limpieza en el tiro. Su marido no quiso creerlo cuando ella se lo contó. Leandro dijo que eran demasiado jóvenes; pero pudo comprobar que era cierto en la siguiente cacería. Victoria la organizó en honor de su cuñado, en el momento en que ya pudo caminar. Felipe se mostró reacio a celebrar su recuperación en el mismo lugar donde se había truncado su prometedora carrera militar. Pero el cortijo continuaba siendo un punto de referencia para el Alto Estado Mayor y Felipe seguía perteneciendo al ejército, aunque hubiera pasado a la reserva a causa de su invalidez. Aceptó, y arrastró su cojera con una fingida dignidad, bromeando con sus superiores, forzando la risa para hacerlos reír, intentando evitar que sintieran lástima de él.
Después del primer día de caza, los invitados se reunieron a cenar en el comedor de los trofeos. Leandro se divertía comprobando que sus hermanas gemelas se miraban una a la otra cada vez que un joven se dirigía a ellas, y quiso compartir su descubrimiento con Felipe.
—¿Has visto a las mellis?
Pero Felipe no le prestaba atención. Se mantenía con la mirada fija hacía la puerta que daba al patio y cada vez que se abría, la retiraba, temeroso de ver entrar a Catalina o a Isidora. Pero no llegaron a entrar, fueron Justa y Joaquina las que sirvieron las mesas. Aun así, se tranquilizó tan sólo cuando llegó la hora del café y los hombres se retiraron al salón de la chimenea a fumar un cigarro. Y despertó al amanecer del día siguiente con la misma inquietud, convencido de que sería inevitable encontrar a las dos mujeres sirviendo el desayuno a los cazadores. Se dirigió al comedor decidido a mirarlas de frente, pero no tuvo que someterse a esa prueba, temida durante todo el año que duró su postración. De nuevo eran Justa y Joaquina las que servían las mesas. Su hermano Leandro desayunaba sentado junto a él.
—La pura sangre no vendrá. Sí es eso lo que estás esperando.
—¿Esperando, yo? No digas estupideces.
—No disimules, te conozco, y no has dejado de mirar hacía la puerta desde que has entrado, lo mismo que ayer durante la cena. No mires más, no va a aparecer por aquí.
—Eres un imbécil, Leandro.
Cortó en seco la conversación, dejó en el plato la tostada con manteca colorada que iba a llevarse a la boca y se levantó. Su orgullo superó a su curiosidad y no preguntó por qué Isidora no aparecería, pero la interrogante le acompañó durante toda la jornada. Quizá la habían despedido. ¿También a Catalina? No tendría que esperar mucho para saber el motivo de la ausencia de las dos mujeres.
Cuando su hermano y él regresaban esa tarde del campo, y se dirigían al pabellón de caza a dejar ajo los soportales las piezas cobradas, vieron correr a Justa preguntando por Modesto a todos los peones que regresaban con ellos. Victoria, apoyada en uno de los arcos, la seguía con la mirada. Con las manos cruzadas sobre su regazo se protegía del frío con un largo capote de paño inglés, pero sus labios temblaban. Leandro le preguntó qué le pasaba a Justa, y si ella se encontraba bien.
—Perfectamente, ¿por qué?
—No sé, te veo rara.
—Qué tonterías se te ocurren. Anda, date prisa, que ya tienes preparado el baño y la cena se servirá pronto.
Y como si lo contara de pasada, sin dejar de mirar a Justa, Victoria añadió que Isidora acababa de dar a luz un niño, y que por eso justa buscaba a Modesto, para darle la buena noticia. Y comentó que el parto había sido muy corto, pero muy inoportuno, que precisamente cuando más se la necesitaba, Catalina había faltado dos días porque estaba atendiendo a Isidora.
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Dijo que regresaba para morir, y es como si se hubiera muerto, ¿verdad usted? Lo mismo no era él. Lo mismo la sombra que me dijo adiós en el camino era la misma muerte, que ya lo había vestido, y era un alma perdida la que habló conmigo.
Lo digo porque si él supiera que la lenguaraz de la Juana lo vio subir al cortijo, y que fue al único al que vio subir, y que es mi nieto el que está donde está, el hijo de la Isidora daría señales de vida para que este asunto viera la luz.
Eso mismo me ha dicho el abogado que le han puesto a mi Paco. ¿Don ]osé María dice usted que se llama?
Es simpático, sí. Pero nada más entrar le he tenido que llamar la atención.
Porque, ¿sabe lo que me ha dicho?
Siéntese ahí, abuelo. Eso me ha dicho. Abuelo. Y a mí me puede llamar señor Antonio; don Antonio; Antonio, a secas; o Antoñito, si le da la real gana. Pero abuelo sólo me lo llama mi nieto.
No me enfado, pero hay que tener un respeto, leche.
Pues le estaba diciendo que don José María me dijo lo mismo cuando escuchó lo que yo le conté. Pero el hijo de la Isidora no ha sido, señor comisario, delo por cierto y no busque por ahí.
Estoy más que seguro, que un hombre que mata a unos cuantos no busca la casa de otro para lavarse la sangre. Él venía a morirse, no a buscar la muerte de nadie. Por eso digo yo que fue la muerte propia la que se llevó de aquí. De este modo y de estas maneras se lo he dicho yo a don José María cuando me ha preguntado sobre el particular.