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– Vete. No hace falta que te preocupes por mí.

– Me gusta preocuparme por ti.

Mi BlackBerry vibra. Miro el número; no lo reconozco.

– ¿No vas a contestar? -me pregunta Ray.

– No. No sé quién es. Que deje el mensaje en el contestador. Te he traído algo para leer -le digo señalando una pila de revistas de deportes que hay en la mesilla.

– Gracias Annie.

– Estás cansado, ¿verdad?

Asiente.

– Me voy para que puedas dormir. -Le doy un beso en la frente-. Hasta luego, papi. -susurro.

– Hasta luego, cariño. Y gracias. -Ray me coge la mano y me aprieta con suavidad-. Me gusta que me llames «papi». Me trae recuerdos…

Oh, papi… Yo también le aprieto la mano.

Cuando salgo por la puerta principal en dirección al todoterreno donde me espera Sawyer, oigo que alguien me llama.

– ¡Señora Grey! ¡Señora Grey!

Me vuelvo y veo a la doctora Greene que viene corriendo hacia mí con su habitual apariencia inmaculada, aunque un poco agitada.

– Señora Grey, ¿cómo está? ¿Ha recibido mi mensaje? La he llamado antes.

– No. -Se me eriza el vello.

– Bueno, me preguntaba por qué ha cancelado ya cuatro citas.

¿Cuatro citas? Me quedo mirándola con la boca abierta. ¿Ya me he saltado cuatro citas? ¿Cómo?

– Tal vez sería mejor que habláramos de esto en mi despacho. Salía a comer… ¿Tiene tiempo ahora?

Asiento mansamente.

– Claro. Yo… -Me quedo sin palabras. ¿He perdido cuatro citas? Llego tarde para mi próxima inyección. Mierda.

Un poco aturdida, la sigo por el hospital hasta su despacho. ¿Cómo he podido perder cuatro citas? Recuerdo vagamente que hubo que cambiar una, Hannah me lo dijo, pero ¿cuatro? ¿Cómo he podido perder cuatro?

El despacho de la doctora Greene es espacioso, minimalista y está muy bien decorado.

– Me alegro de que me haya encontrado antes de que me fuera -murmuro, todavía un poco impresionada-. Mi padre ha tenido un accidente de coche y acabamos de traerle desde Portland.

– Oh, lo siento mucho. ¿Qué tal está?

– Está bien, gracias. Mejorando.

– Eso es bueno. Y explica por qué canceló la cita del viernes.

La doctora Greene desplaza el ratón sobre su escritorio y su ordenador vuelve a la vida.

– Sí… Ya han pasado más de trece semanas. Está muy cerca del límite. Será mejor que le haga una prueba antes de darle la siguiente inyección.

– ¿Una prueba? -susurro mientras toda la sangre abandona mi cabeza.

– Una prueba de embarazo.

Oh, no.

Rebusca en el cajón de su mesa.

– Creo que ya sabe qué hacer con esto. -Me da un recipiente pequeño-. El baño está justo al salir del despacho.

Me levanto como en un trance. Todo mi cuerpo funciona como si llevara puesto el piloto automático mientras salgo hacia el baño.

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda. Cómo he podido dejar que pase esto… ¿otra vez? De repente siento náuseas y suplico en silencio: no, por favor. No, por favor. Es demasiado pronto. Es demasiado pronto.

Cuando vuelvo a entrar en el despacho de la doctora Greene, ella me dedica una sonrisa tensa y me señala un asiento al otro lado de la mesa. Me siento y le paso la muestra sin decir nada. Ella introduce un palito blanco en la muestra y lo examina. Levanta las cejas cuando se pone azul.

– ¿Qué significa el azul? -La tensión me está atenazando la garganta.

Me mira con ojos serios.

– Bueno, señora Grey, eso significa que está embarazada.

¿Qué? No. No. No. Joder.

20

Me quedo mirando a la doctora Greene con la boca abierta mientras se hunde la tierra bajo mis pies. Un bebé. Un bebé. No quiero un bebé… Todavía no. Joder. Christian se va a poner furioso.

– Señora Grey, está muy pálida. ¿Quiere un vaso de agua?

– Por favor. -Apenas se oye mi voz. Mi mente va a mil por hora. ¿Embarazada? ¿Cuándo?

– Veo que le ha sorprendido.

Asiento sin palabras a la amable doctora, que me pasa un vaso de agua de un surtidor convenientemente situado allí al lado. Le doy un sorbo agradecida.

– Estoy en shock -le susurro.

– Podemos hacer una ecografía para saber de cuánto está. A juzgar por su reacción, sospecho que solo habrán pasado un par de semanas desde la concepción y que estará embarazada de cuatro o cinco semanas. Por lo que veo no ha tenido ningún síntoma.

Niego con la cabeza sin palabras. ¿Síntomas? Creo que no.

– Pensaba… Pensaba que era un tipo de anticonceptivo muy seguro.

La doctora Greene levanta una ceja.

– Normalmente lo es, cuando la paciente se acuerda de ponerse las inyecciones -dice un poco fría.

– Debo de haber perdido la noción del tiempo…

Christian se va a poner hecho una furia, lo sé.

– ¿Ha tenido pérdidas?

Frunzo el ceño.

– No.

– Es normal con la inyección. Vamos a hacer la ecografía, ¿vale? Tengo tiempo.

Asiento perpleja y la doctora Greene me señala una camilla de piel negra que hay detrás de un biombo.

– Quítese la falda y la ropa interior y tápese con la manta que hay en la camilla -me dice eficiente.

¿La ropa interior? Esperaba que me hiciera una ecografía por encima del vientre. ¿Por qué tengo que quitarme las bragas? Me encojo de hombros consternada, hago lo que me ha dicho y me tapo con la suave manta blanca.

– Bien. -La doctora Greene aparece en el otro extremo de la camilla tirando del ecógrafo para acercarlo. Se trata de un equipo de ordenadores de alta tecnología. Se sienta y coloca la pantalla de forma que las dos podamos verla y después mueve la bola que hay en el teclado. La pantalla cobra vida con un pitido-. Levante las piernas, doble las rodillas y después abra las piernas -me pide.

Frunzo el ceño, extrañada.

– Es una ecografía transvaginal. Si está embarazada de pocas semanas, deberíamos poder encontrar el bebé con esto -dice mostrándome un instrumento alargado y blanco.

Oh, tiene que estar de broma.

– Vale -susurro un poco avergonzada y hago lo que me pide. La doctora le pone un preservativo a la sonda y lo lubrica con un gel transparente.

– Señora Grey, relájese.

¿Relajarme? ¡Maldita sea, estoy embarazada! ¿Cómo espera que me relaje? Me ruborizo e intento pensar en un lugar relajante, que acaba de reubicarse cerca de la isla perdida de la Atlántida.

Lentamente la doctora va introduciendo la sonda.

Madre mía.

Todo lo que soy capaz de ver en la pantalla es una imagen borrosa, aunque de un color más bien sepia. Muy despacio, la doctora Greene mueve un poco el instrumento. Es muy desconcertante.

– Ahí está -murmura mientras pulsa un botón para congelar la imagen de la pantalla. Me señala una pequeña cosa en esa tormenta sepia.

Solo es una cosita. Una cosita en mi vientre. Diminuta. Uau. Olvido mi incomodidad y me quedo mirándola.

– Es demasiado pronto para ver el latido del corazón, pero sí, definitivamente está embarazada. De cuatro o cinco semanas, diría yo. -Frunce el ceño-. Parece que el efecto de la inyección se pasó pronto. Bueno, a veces ocurre…

Estoy demasiado asombrada para decir nada. El pequeño bip es un bebé. Un bebé de verdad. El bebé de Christian. Mi bebé. Madre mía. ¡Un bebé!

– ¿Quiere que le imprima la imagen para que se la pueda llevar?

Asiento, todavía incapaz de hablar, y la doctora Greene pulsa otro botón. Después retira con cuidado la sonda y me da una toallita de papel para limpiarme.

– Felicidades, señora Grey -me dice cuando me incorporo-. Tendremos que concertar otra cita, le sugiero que dentro de otras cuatro semanas. Así podremos asegurarnos del tiempo exacto que tiene el bebé y establecer la fecha en que saldrá de cuentas. Ya puede vestirse.

– Vale.

Me visto deprisa. Mi mente es un torbellino. Tengo un bip, un pequeño bip. Cuando salgo de detrás del biombo, la doctora Greene ya ha vuelto a su mesa.