Él gruñe bajito y me abraza.
– No sé qué haría sin ti. -Se me quiebra la voz cuando intento contener el abrumador cúmulo de emociones que siento.
Él traga saliva con dificultad y me abraza más fuerte.
– No llores, por favor.
Sorbo por la nariz en un gesto muy poco femenino.
– Lo siento. Es que estoy feliz, triste y nerviosa al mismo tiempo. Es un poco agridulce.
– Tranquila -dice con una voz tan suave como una pluma. Me echa la cabeza hacia atrás y me da un beso tierno en los labios-, lo comprendo.
– Lo sé -susurro y él me recompensa de nuevo con su sonrisa tímida.
– Ojala estuviéramos en casa y las circunstancias fueran más felices. Pero tenemos que estar aquí. -Vuelve a encogerse de hombros como disculpándose-. Vamos, levántate. Después de desayunar iremos a ver a Ray.
Me visto con los vaqueros nuevos y una camiseta. Mi apetito vuelve brevemente durante el desayuno en la suite. Sé que Christian está encantado de verme comer los cereales con el yogur griego.
– Gracias por pedirme mi desayuno favorito.
– Es tu cumpleaños -dice Christian-. Y tienes que dejar de darme las gracias. -Pone los ojos en blanco un poco irritado pero con cariño, creo.
– Solo quiero que sepas que te estoy agradecida.
– Anastasia, esas son las cosas que yo hago. -Su expresión es seria. Claro, Christian siempre al mando y ejerciendo el control. ¿Cómo he podido olvidarlo? ¿Le querría de otra forma?
Sonrío.
– Claro.
Me mira confuso y después niega con la cabeza.
– ¿Nos vamos?
– Voy a lavarme los dientes.
Sonríe burlón.
– Vale.
¿Por qué sonríe así? Esa sonrisa me persigue mientras me dirijo al baño. Un recuerdo aparece sin avisar en mi mente. Usé su cepillo de dientes cuando pasé aquí la primera noche con él. Ahora soy yo la que sonríe burlona y cojo su cepillo en recuerdo de aquella vez. Me miro en el espejo mientras me lavo los dientes. Estoy pálida, demasiado. Pero siempre estoy pálida. La última vez que estuve aquí estaba soltera y ahora ya estoy casada, ¡a los veintidós! Me estoy haciendo vieja. Me enjuago la boca.
Levanto la muñeca y la agito un poco; los colgantes de la pulsera producen un alegre tintineo. ¿Cómo sabe mi Cincuenta cuál es siempre el regalo perfecto? Inspiro hondo intentando contener todas las emociones que todavía siento pululando por mi sistema y admiro de nuevo la pulsera. Estoy segura de que le ha costado una fortuna. Oh, bueno… Se lo puede permitir.
Cuando vamos de camino a los ascensores, Christian me coge la mano, me da un beso en los nudillos y acaricia con el pulgar el colgante de Charlie Tango de mi pulsera.
– ¿Te gusta?
– Más que eso. La adoro. Muchísimo. Como a ti.
Sonríe y vuelve a besarme los nudillos. Me siento algo mejor que ayer. Tal vez es porque ahora es por la mañana y el mundo parece un lugar que encierra un poco más de esperanza de la que se veía en medio de la noche. O tal vez es por el despertar tan dulce que me ha dedicado mi marido. O porque sé que Ray no está peor.
Cuando entramos en el ascensor vacío, miro a Christian. Él me mira también y vuelve a sonreír burlonamente.
– No -me susurra cuando se cierran las puertas.
– ¿Que no qué?
– No me mires así.
– «¡Que le den al papeleo!» -murmuro recordando y sonrío.
Él suelta una carcajada; es un sonido tan infantil y despreocupado… Me atrae hacia sus brazos y me echa atrás la cabeza.
– Algún día voy a alquilar este ascensor durante toda una tarde.
– ¿Solo una tarde? -pregunto levantando una ceja.
– Señora Grey, es usted insaciable.
– Cuando se trata de ti, sí.
– Me alegro mucho de oírlo -dice y me da un beso suave.
Y no sé si es porque estamos en este ascensor, porque no me ha tocado en más de veinticuatro horas o simplemente porque se trata de mi atractivo marido, pero el deseo se despierta y se estira perezosamente en mi vientre. Le paso los dedos por el pelo y hago el beso más profundo, apretándole contra la pared y pegando mi cuerpo caliente contra el suyo.
Él gime dentro de mi boca y me coge la cabeza, acariciándome mientras nos besamos. Y nos besamos de verdad, con nuestras lenguas explorando el territorio tan familiar y a la vez tan nuevo de la boca del otro. La diosa que llevo dentro se derrite y saca a mi libido de su reclusión. Yo le acaricio esa cara que tanto quiero con las manos.
– Ana -jadea.
– Te quiero, Christian Grey. No lo olvides -le susurro mirándole a los ojos grises que se están oscureciendo.
El ascensor se para con suavidad y las puertas se abren.
– Vámonos a ver a tu padre antes de que decida alquilar este ascensor hoy mismo. -Me da otro beso rápido, me coge la mano y me lleva hasta el vestíbulo.
Cuando pasamos ante el conserje, Christian le hace una discreta señal al hombre amable de mediana edad que hay detrás del mostrador. Él asiente y coge su teléfono. Miro inquisitivamente a Christian y él me dedica esa sonrisa suya que me indica que guarda un secreto. Frunzo el ceño y durante un momento parece nervioso.
– ¿Dónde está Taylor? -le pregunto.
– Ahora lo verás.
Claro, seguro que ha ido a por el coche.
– ¿Y Sawyer?
– Haciendo recados.
¿Qué recados? Christian evita la puerta giratoria y sé que es porque no quiere soltarme la mano. Eso me alarma. Fuera nos encontramos con una mañana suave de finales de verano, pero se nota ya en la brisa el aroma del otoño cercano. Miro a mi alrededor buscando el Audi todoterreno y a Taylor. Pero no hay señal de ellos. Christian me aprieta la mano y yo me giro hacia él. Parece nervioso.
– ¿Qué pasa?
Él se encoge de hombros. El ronroneo del motor de un coche que se acerca me distrae. Es un sonido ronco… Me resulta familiar. Cuando me vuelvo para buscar la fuente del ruido, este cesa de repente. Taylor está bajando de un brillante coche deportivo blanco que ha aparcado delante de nosotros.
¡Oh, Dios mío! ¡Es un R8! Giro la cabeza bruscamente hacia Christian, que me mira expectante. «Puedes regalarme uno para mi cumpleaños. Uno blanco, creo.»
– ¡Feliz cumpleaños! -me dice y sé que está intentando evaluar mi reacción. Le miro con la boca abierta porque eso es todo lo que soy capaz de hacer ahora mismo. Me da la llave.
– Te has vuelvo completamente loco -le susurro.
¡Me ha comprado un Audi R8! Madre mía. Justo como yo le pedí… Una enorme sonrisa inunda mi cara y doy saltitos en el sitio donde estoy en un momento de entusiasmo absoluto y desenfrenado. La expresión de Christian es igual que la mía y voy bailando hacia los brazos que me tiende abiertos. Él me hace girar.
– ¡Tienes más dinero que sentido común! -chillo-. ¡Y eso me encanta! Gracias. -Deja de hacerme girar y me inclina de repente, sorprendiéndome tanto que tengo que agarrarme a sus brazos.
– Cualquier cosa para usted, señora Grey. -Me sonríe. Oh, Dios mío. Vaya expresión de afecto tan pública. Se inclina y me besa-. Vamos, tenemos que ir a ver a tu padre.
– Sí. ¿Puedo conducir yo?
Me sonríe.
– Claro. Es tuyo.
Me levanta y me suelta y yo voy correteando hasta la puerta del conductor.
Taylor me la abre sonriendo de oreja a oreja.
– Feliz cumpleaños, señora Grey.
– Gracias, Taylor. -Le dejo asombrado al darle un breve abrazo, que él me devuelve algo incómodo. Cuando subo al coche veo que se ha sonrojado. Cuando ya estoy sentada, cierra la puerta rápidamente.
– Conduzca con cuidado, señora Grey -me dice un poco brusco. Le sonrío porque no puedo contener mi entusiasmo.
– Lo haré -le prometo metiendo la llave en el contacto mientras Christian se acomoda a mi lado.
– Tómatelo con calma. Hoy no nos persigue nadie -me dice. Cuando giro la llave en el contacto, el motor cobra vida con el sonido del trueno. Miro por el espejo retrovisor interior y por los laterales y aprovechando uno de esos extraños momentos en los que hay un hueco en el tráfico, hago un cambio de sentido perfecto y salimos disparados en dirección al hospital OSHU.