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– Eso está mejor. Feliz cumpleaños, hija. -Se aparta a un lado y todos los demás hacen una cola para abrazarme y desearme feliz cumpleaños.

– Está mejorando, Ana. La doctora Sluder es una de las mejores del país. Feliz cumpleaños, ángel -me dice Grace y me abraza.

– Puedes llorar todo lo que quieras, Ana. Es tu fiesta. -José también me abraza.

– Feliz cumpleaños, niña querida. -Carrick me sonríe y me coge la cara.

– ¿Qué pasa, chica? Tu padre se va a recuperar. -Elliot me rodea con sus brazos-. Feliz cumpleaños.

– Ya basta. -Christian me coge la mano y me aparta del abrazo de Elliot-. Ya vale de toquetear a mi mujer. Toquetea a tu prometida.

Elliot le sonríe maliciosamente y le guiña un ojo a Kate.

Un camarero que no he visto antes nos ofrece a Christian y a mí unas copas con champán rosa.

Christian carraspea para aclararse la garganta.

– Este sería un día perfecto si Ray se hallara aquí con nosotros, pero no está lejos. Se está recuperando bien y estoy seguro de que querría que disfrutaras de tu día, Ana. Gracias a todos vosotros por venir a compartir el cumpleaños de mi preciosa mujer, el primero de los muchos que vendrán. Feliz cumpleaños, mi amor. -Christian levanta la copa en mi dirección entre un coro de «feliz cumpleaños» y tengo que esforzarme por mantener a raya las lágrimas.

Observo mientras oigo las animadas conversaciones que se están produciendo alrededor de la mesa de la cena. Es raro verme aquí, arropada por el núcleo de mi familia, sabiendo que el hombre que considero mi padre se encuentra con una máquina de ventilación asistida en el frío ambiente clínico de la UCI. No sé cómo lo han hecho, pero me alegro de que estén todos aquí. Contemplo el intercambio de insultos entre Elliot y Christian, el humor cálido y siempre a la que salta de José, el entusiasmo de Mia por la fiesta y por la comida mientras Ethan la mira con picardía. Creo que ella le gusta… pero es difícil decirlo. El señor Rodríguez está sentado disfrutando de las conversaciones. Tiene mejor aspecto. Ha descansado. José está muy pendiente de él, cortándole la comida y manteniéndole la copa llena. Que el único progenitor que le queda haya estado tan cerca de la muerte ha hecho que José aprecie más al señor Rodríguez, estoy convencida.

Miro a mi madre. Está en su elemento, encantadora, divertida y cariñosa. La quiero mucho. Tengo que acordarme de decírselo. La vida es tan preciosa… ahora me doy cuenta.

– ¿Estás bien? -me pregunta Kate con una voz suave muy poco propia de ella.

Asiento y le cojo la mano.

– Sí. Gracias por venir.

– ¿Crees que tu marido el millonario iba a evitar que yo estuviera aquí contigo en tu cumpleaños? ¡Hemos venido en el helicóptero! -Sonríe.

– ¿De verdad?

– Sí. Todos. Y pensar que Christian sabe pilotarlo… Es sexy.

– Sí, a mí también me lo parece.

Sonreímos.

– ¿Te quedas aquí esta noche? -le pregunto.

– Sí. Todos. ¿No sabías nada de esto?

Niego con la cabeza.

– Qué astuto, ¿eh?

Asiento.

– ¿Qué te ha regalado por tu cumpleaños?

– Esto -digo mostrándole la pulsera.

– ¡Oh, qué bonita!

– Sí.

– Londres, París… ¿Helado?

– No lo quieras saber.

– Me lo puedo imaginar.

Nos reímos y me sonrojo recordando la marca de helado: Ben &Jerry. Ahora será Ben &Jerry &Ana…

– Oh, y un Audi R8.

Kate escupe el vino, que le cae de una forma muy poco atractiva por la barbilla, lo que nos hacer reír más a las dos.

– Se ha superado el cabrón, ¿no? -ríe.

Cuando llega el momento del postre me traen una suntuosa tarta de chocolate con veintidós velas plateadas y un coro desafinado que me dedica el «Cumpleaños feliz». Grace observa a Christian, que canta con los demás amigos y familia, y sus ojos brillan de amor. Su mirada se cruza con la mía y me lanza un beso.

– Pide un deseo -me susurra Christian. Y con un solo soplido apago todas las velas, deseando con todas mis fuerzas que mi padre se ponga bien: papá ponte bien, por favor, ponte bien. Te quiero mucho.

A medianoche, el señor Rodríguez y José se van.

– Muchas gracias por venir. -Le doy un fuerte abrazo a José.

– No me lo habría perdido por nada del mundo. Me alegro de que Ray esté mejorando.

– Sí. Tú, el señor Rodríguez y Ray tenéis que venir a Aspen a pescar con Christian.

– ¿Sí? Suena bien. -José sonríe antes de ir en busca del abrigo de su padre y yo me agacho para despedirme del señor Rodríguez.

– ¿Sabes, Ana? Hubo un tiempo en que creí que… bueno, que tú y José… -Deja la frase sin terminar y me observa con su mirada oscura intensa pero llena de cariño.

Oh, no…

– Le tengo mucho cariño a su hijo, señor Rodríguez, pero es como un hermano para mí.

– Habrías sido una nuera estupenda. O más bien lo eres: para los Grey. -Sonríe nostálgico y yo me sonrojo.

– Espero que se conforme con ser un amigo.

– Claro. Tu marido es un buen hombre. Has elegido bien, Ana.

– Eso creo -le susurro-. Le quiero mucho. -Le doy un abrazo al señor Rodríguez.

– Trátale bien, Ana.

– Lo haré -le prometo.

Christian cierra la puerta de nuestra suite.

– Al fin solos -dice apoyándose contra la puerta mientras me observa.

Doy un paso hacia él y deslizo los dedos por las solapas de su chaqueta.

– Gracias por un cumpleaños maravilloso. Eres el marido más detallista, considerado y generoso que existe.

– Ha sido un placer para mí.

– Sí… Un placer para ti… Vamos a ver si encontramos algo que te dé placer… -le susurro. Cierro los dedos en sus solapas y tiro de él para acercar sus labios a los míos.

Tras un desayuno con la familia y amigos, abro los regalos, y después me despido cariñosamente de todos los Grey y los Kavanagh que van a volver a Seattle en el Charlie Tango. Mi madre, Christian y yo vamos al hospital con Taylor al volante, ya que los tres no cabemos en el R8. Bob no ha querido acompañarnos, y yo me alegro secretamente. Sería muy raro, y seguro que a Ray no le gustaría que Bob le viera en esas condiciones.

Ray tiene el mismo aspecto, solo que con más barba. Mi madre se queda impresionada al verle y las dos lloramos un poco más.

– Oh, Ray.

Le aprieta la mano y le acaricia la cara y a mí me conmueve ver el amor que siente todavía por su ex marido. Me alegro de llevar pañuelos en el bolso. Nos sentamos a su lado y le cojo la mano a mi madre mientras ella coge la de Ray.

– Ana, hubo un tiempo en que este hombre era el centro de mi mundo. El sol salía y se ponía con él. Siempre le querré. Te cuidó siempre tan bien…

– Mamá… -Las palabras se me quedan atravesadas y ella me acaricia la cara y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

– Ya sabes que siempre querré a Ray. Pero nos distanciamos. -Suspira-. Y simplemente no podía vivir con él. -Se mira los dedos y me pregunto si estará pensando en Steve, el marido número tres, del que no hablamos.

– Sé que quieres a Ray -le susurro, secándome los ojos-. Hoy le van a sacar del coma.

– Es una buena noticia. Seguro que estará bien. Es un cabezota. Creo que tú aprendiste de él.

Sonrío.

– ¿Has estado hablando con Christian?

– ¿Opina que eres una cabezota?

– Eso creo.

– Le diré que es un rasgo de familia. Se os ve muy bien juntos, Ana. Muy felices.

– Lo somos, creo. O lo estamos consiguiendo. Le quiero. Él es el centro de mi mundo. El sol sale y se pone con él para mí también.

– Y es obvio que él te adora, cariño.