Rama estaba cerrando las escotillas y asegurándolas, como un barco que se prepara para resistir la tormenta. Esa era la impresión abrumadora experimentada por Norton, aunque no habría sabido darle una base lógica. Ya no se sentía completamente racional. Dos impulsos luchaban en su mente: la necesidad de escapar por una parte, y por otra el deseo de obedecer esos relámpagos que atravesaban el cielo ordenándole unirse a los —biots. en su marcha hacia el mar.
Otra sección de escalera. Otra pausa de diez minutos para permitir que los venenos de la fatiga se escurrieran de sus músculos. Luego en marcha otra vez. Otros dos kilómetros para subir, aunque mejor no pensar en eso…
La enloquecedora secuencia de silbidos descendentes cesó bruscamente. Al mismo tiempo las pelotitas de fuego que corrían a lo largo de los canales de los Valles Rectos se detuvieron; los seis soles lineales de Rama eran otra vez franjas de luz sin solución de continuidad.
Pero esa luz se desvanecía rápidamente, y a veces fluctuaba, como si tremendas descargas de energía escaparan de fuentes de origen casi agotadas. De tanto en tanto se sentían ligeros temblores subterráneos. Desde la nave informaron que Rama seguía oscilando con imperceptible lentitud, semejante a una aguja de compás que responde a un débil campo magnético. Tal Yez esto era tranquilizador; cuando Rama detuviera su oscilación, Norton comenzarla realmente a preocuparse.
Todos los «biots. habían desaparecido, informó Rousseau. En el interior de Rama el único movimiento que se advertía era el de los seres humanos, reptando con penosa lentitud sobre la cara curvada de la cúpula norte.
Desde tiempo atrás Norton se había sobrepuesto al vértigo experimentado en aquel primer ascenso, pero ahora un nuevo temor empezaba a posesionarse de su mente. Eran perfectamente vulnerables alli, en el curso de esa interminable ascensión desde la planicie al cubo. ¿Y si Rama, cuando hubiera completado su cambio de posición, comenzaba a acelerar?
Presumiblemente su empuje sería a lo largo de¡ eje. Si era en dirección norte, no habría problema; ellos se verían sostenidos con más firmeza contra el declive por el que ascendían. Pero si era en dirección sur podrían ser despedidos al espacio, para caer finalmente en la planicie, allá abajo.
Trató de tranquilizarse con el pensamiento de que cualquier posible aceleración seria muy débil. Los cálculos, del doctor Perera habían sido muy convincentes. Rama no pedía acelerar a más de un quincuagésimo de gravedad, o el Mar Cilíndrico subiría hasta la escarpa austral e inundaría todo el continente. Pero Perera se encontraba en un confortable estudio allá en la Tierra, no con kilómetros de metal suspendido sobre su cabeza y al parecer al punto de venírsele encima. Y tal vez, ¿por qué no? Rama estaba sujeta a periódicas inundaciones.
Pero no, eso era ridículo. Era absurdo imaginar que todos esos trillones de toneladas pudieran empezar a moverse con la suficiente aceleración como para lanzarlo por el aire. De todas maneras, durante el resto de¡ ascenso, Norton no se soltó del pasamanos, que al menos le daba una ilusión de seguridad.
Siglos después, la escalera llegó a su fin. Sólo quedaban unos cuantos centenares de metros de escala vertical, semihundida en la pared. No era necesario que escalaran esta sección por sus propios medios, ya que un solo hombre desde el cubo, tirando de un cable, podía fácilmente izar a otro gracias a la gravedad que iba disminuyendo rápidamente. Al pie de la escalera un hombre pesaba menos de cinco kilos; arriba, virtualmente nada.
De modo que Norton se relajó, cogiéndose de uno de los escalones de cuando en cuando para contrarrestar la débil fuerza Coriolis que trataba de arrancarlo de la escala. Casi olvidó el dolor de sus músculos agarrotados, mientras captaba su última visión de Rama.
Estaba ahora tan brillante como la Tierra en noche de luna llena. El panorama en general surgía bien claro, pero ya no podía distinguir los detalles menores. El Polo Sur aparecía parcialmente oscurecido por una niebla fosforescente; sólo el pico de Gran Cuerno sobresalía: apenas un punto negro, visto desde esa distancia.
El continente al otro lado del mar, tan cuidadosamente trazado pero aún desconocido, era el mismo azaroso zurcido de parches que siempre habían visto. Estaba muy escorzado y demasiado lleno de complejos detalles, para compensar un examen visual, y Norton apenas pudo escudriñarlo brevemente.
Paseó la mirada alrededor de la franja circular del mar, y notó, por primera vez, que las aguas aparecían revueltas a distancias regulares, como si las olas se rompieran contra arrecifes colocados a intervalos geométricamente precisos. Las maniobras de Rama iban teniendo algún efecto, aunque no muy pronunciado. El estaba seguro de que la sargento Barnes se habría lanzado a navegar de muy buena gana en esas condiciones, si él hubiese pedido que cruzara el mar en su perdida Resolution.
Nueva York, Londres, París, Moscú, Roma… Se despidió de todas las ciudades del Hemisfério Norte, y confió en que los ramanes le perdonaran todo el daño causado. Tal vez ellos comprendieran que lo había hecho en provecho de la ciencia.
Después, por fin, se encontró en el cubo, y unas manos ansiosas le agarraron y le condujeron apresuradamente a través de los pasajes y aberturas. Le temblaban tan incontrolablemente las piernas y los brazos tras el prolongado esfuerzo que no habría podido valerse por si mismo, y se alegró de que le manejaran como a un inválido semiparalizado.
El cielo de Rama fue contrayéndose sobre su cabeza mientras descendía al cráter central del cubo. Cuando la compuerta interior de la última cámara de descompresión se cerró, dejando atrás para siempre la visión de ese mundo, pensó: ¡Qué extraño que caiga la noche sobre Rama, ahora que está más cerca del Sol!
44. Impulso espacial
Norton decidió que cien kilómetros brindaban un margen de seguridad adecuado. Rama era ahora un enorme rectángulo negro que eclipsaba al Sol. El había aprovechado la oportunidad para llevar al Endeavour completamente a la sombra, de manera que pudiera liberar de su carga a los sistemas de enfriamiento y realizar algunas muy necesarias y retrasadas tareas de mantenimiento. El protector cono de sombra brindado por Rama podía desaparecer en cualquier momento, y él se proponía aprovecharlo cuanto pudiera.
Rama seguía girando lentamente. Había oscilado casi quince grados, y era imposible dejar de reconocer la inminencia de un gran cambio de órbita. En la sede de los Planetas Unidos, la escitación alcanzaba ya un grado de histeria, pero sólo un débil eco llegaba al Endeavour. Su tripulación estaba física y emocionalmente exhausta; con excepción de una guardia mínima, todos sus hombres durmieron doce horas seguidas después del despegue de la base del Polo Norte. Por prescripción médica, Norton utilizó un electrosedante. Aun así, soñó que estaba trepando por una interminable escalera.
Al segundo día de regreso a la nave, todo habla vuelto casi a la normalidad, y la exploración de Rama parecía parte de otra vida.
Norton comenzó a ocuparse de su trabajo acumulado de escritorio, y a hacer proyectos para el futuro; pero se negó a los requerimientos de los periodistas que en alguna forma lograron introducirse en los circuitos de radio de Exploración del Espacio. y hasta de la propia Vigilancia Espacial, y querían hacerle un reportaje. No hubo mensajes por parte de Mercurio, y la Asamblea General de los Planetas Unidos había levantado la sesión, aunque estaban dispuestos a reunirse nuevamente en cualquier momento.
Norton dormía tranquilo por primera vez, treinta horas después de abandonar Rama, cuando fue bruscamente devuelto a la conciencia de la realidad por una mano que le sacudía. Todavía adormilado, lanzó una maldición, abrió los párpados pesados de sueño para ver a Karl Mercer a su lado, y luego, corno correspondía a un buen comandante, despertó instantáneamente y del todo.