Alec sacó las piernas de la cama.
—¿Qué hora es?
Magnus le sacó el tazón de la mano antes de que derramara el café, y lo dejó en la mesilla.
—Vas bien. Tienes una hora. —Se inclinó y besó a Alec en la boca; el cazador de sombras recordó la primera vez que se habían besado, allí en el apartamento, y quiso abrazarlo y estrecharlo contra sí. Pero algo lo retuvo.
Se puso en pie y fue a la cómoda. Tenía un cajón para sus cosas. Un lugar para su cepillo de dientes en el baño. Una llave de la puerta. Una cantidad decente de propiedades para ocupar la vida de alguien, y aun así no podía sacarse el frío temor del estómago.
Magnus se había tumbado de espaldas sobre la cama, con un brazo tras la cabeza, y observaba a Alec.
—Ponte el fular —le dijo, señalando un fular azul de cachemira que pendía de un colgador—. Hace juego con tus ojos.
Alec miró el fular. De repente sintió un odio intenso, hacia el fular, hacia Magnus y sobre todo hacia sí mismo.
—No me lo digas —soltó—. El fular tiene cien años y te lo regaló la reina Victoria justo antes de morir, como recompensa por los servicios especiales que le habías prestado a la Corona, o algo así.
Magnus se sentó.
—¿Qué te pasa?
Alec lo miró molesto.
—¿Soy lo más nuevo de este apartamento?
—Creo que ese honor le corresponde a Presidente Miau. Sólo tiene dos años.
—He dicho lo más nuevo, no lo más joven —replicó Alec—. ¿Quién es W. S.? ¿Es Will?
Magnus meneó la cabeza como si tuviera agua en los oídos.
—¿Qué demonios…? ¿Estás hablando de la caja de rapé? W. S. es Woolsey Scott. Fue…
—Fue el fundador de los Praetor Lupus, lo sé. —Alec se puso los vaqueros y se subió la cremallera—. Ya lo has mencionado alguna vez, y además es un personaje histórico. Y su caja de rapé está en tu cajón de trastos. ¿Qué más tienes allí? ¿El cortaúñas de Jonathan Cazador de Sombras?
Los ojos de gato de Magnus lo miraban con frialdad.
—¿A qué viene todo esto, Alexander? Yo no te miento. Si quieres saber algo de mí, pregúntamelo.
—Tonterías —repuso Alec con sequedad, mientras se abotonaba la camisa—. Eres amable y divertido, y todas esas grandes cosas, pero lo que no eres es abierto, «garbancito». Puedes pasarte todo el día hablando de los problemas de la gente, pero no hablas de ti ni de tu historia y, cuando te pregunto, te retuerces como un gusano en un anzuelo.
—Quizá porque no puedes preguntarme sobre mi pasado sin que tengamos una discusión sobre cómo yo voy a vivir eternamente y tú no —replicó Magnus—. Tal vez porque la inmortalidad está convirtiéndose en la tercera persona de nuestra relación, Alec.
—Se supone que no debe haber ninguna tercera persona en nuestra relación.
—Justo.
Alec notó que se le formaba un nudo en la garganta. Había mil cosas que quería decir, pero nunca había sido hábil con las palabras, como Jace o Magnus. En vez de eso, cogió el fular azul del colgador y se lo echó al cuello con un gesto desafiante.
—No me esperes levantado —dijo—. Quizá salga de patrulla esta noche.
Mientras salía del apartamento dando un portazo, oyó gritar a Magnus.
—¡Y el fular, para que lo sepas, es de Gap! ¡Lo compré el año pasado!
Alec puso los ojos en blanco y bajó corriendo la escalera hasta el vestíbulo. La única bombilla que solía iluminarlo estaba apagada, y el espacio se hallaba tan en penumbra que no vio la silueta encapuchada que iba hacia él entre las sombras. Cuando por fin la vio, se sorprendió tanto que tiró las llaves, que tintinearon sobre el suelo.
La silueta flotó hacia él. Alec no podía distinguir nada de ella, ni la edad, ni el género, ni siquiera la especie. La voz que salió de la capucha era grave y rota.
—Tengo un mensaje para ti, Alec Lightwood —decía—. De Camille Belcourt.
—¿Quieres que patrullemos juntos esta noche? —preguntó Jordan, un tanto secamente.
Maia lo miró sorprendida. El chico estaba apoyado en la barra de la cocina, con el codo sobre la superficie. Había una despreocupación en su postura que era demasiado estudiada para ser sincera. Ése era el problema de conocer a alguien tan bien, pensó Maia. Era difícil fingir ante ellos, o pretender no darse cuenta de cuándo estaban fingiendo, incluso aunque eso fuera lo más fácil.
—¿Patrullar juntos? —repitió ella.
Simon estaba en su habitación, cambiándose de ropa; ella le había dicho que lo acompañaría hasta el metro, y en ese momento deseó no haberlo hecho. Sabía que debería haberse puesto en contacto con Jordan después de la última vez que lo había visto, cuando, gran error, lo había besado. Pero Jace había desaparecido después, y el mundo parecía haber saltado en pedazos, lo que le había dado a Maia la excusa que necesitaba para evitar todo aquel asunto.
Claro que no pensar en el ex novio que le había roto el corazón y la había convertido en mujer loba era mucho más fácil cuando no lo tenía delante, vestido con una camisa verde que se le ajustaba al musculoso cuerpo en los mejores sitios y le realzaba el color avellana de los ojos.
—Pensaba que habían cancelado las patrullas para buscar a Jace —contestó ella, sin mirarlo.
—Bueno, no es que las hayan cancelado, sino que las han reducido. Pero soy un Praetor, no formo parte de la Clave. Puedo buscar a Jace en mi propio tiempo.
—Bien.
Él jugueteaba con algo sobre la barra, colocándolo y recolocándolo, pero su atención seguía sobre ella.
—¿Quieres…? Ya sabes… Antes querías ir a la Universidad de Stanford. ¿Aún quieres?
Maia sintió que el corazón le daba un brinco.
—No he pensado en la universidad desde… —Carraspeó—. Desde que Cambié.
Él se sonrojó.
—Estabas… Quiero decir, siempre habías querido ir a California. Ibas a estudiar historia, y yo me iba a trasladar allí para surfear. ¿Recuerdas?
Maia se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero. Pensó que debería estar enfadada, pero no era así. Durante mucho tiempo había culpado a Jordan por haber tenido que dejar de soñar con un futuro humano, con la universidad y una casa, e incluso, quizá, algún día, una familia. Pero había otros lobos en la manada de la comisaría de policía que aún perseguían sus sueños, su arte. Bat, por ejemplo. Detener su vida de golpe había sido sólo decisión de la propia Maia.
—Lo recuerdo —contestó ella.
Jordan se sonrojó aún más.
—Sobre esta noche. Nadie ha buscado en el Patio Naval de Brooklyn, y he pensado…, pero no resulta muy divertido si lo hago solo. Claro que si no quieres…
—No —dijo ella, y oyó su propia voz como si fuera la de otra persona—. Quiero decir… claro. Iré contigo.
—¿De verdad? —Los ojos de color avellana se le iluminaron, y Maia se maldijo por dentro. No debía darle esperanzas, sobre todo no sabiendo muy bien qué sentía ella. Le resultaba muy difícil creer que a él le importara tanto ella.
El medallón de Praetor Lupus destelló en el cuello de Jordan cuando éste se inclinó hacia delante, y Maia captó el conocido olor a jabón, y bajo eso, el lobo. Lo miró justo cuando la puerta del cuarto de Simon se abrió, y éste salió poniéndose una sudadera con capucha. Se quedó parado en el umbral, mirando alternativamente a Jordan y a Maia, y alzando lentamente las cejas.
—¿Sabes? puedo llegar al metro yo solito —le dijo a Maia, con una leve sonrisa en la comisura de los labios—. Si quieres quedarte aquí…
—No. —Al instante la chica sacó las manos de los bolsillos, donde las había cerrado en unos nerviosos puños—. No, voy contigo. Jordan, te… te veré luego.
—Esta noche —repuso éste a su espalda, pero ella no se volvió a mirarlo; ya corría tras Simon.
Simon fue subiendo lentamente la suave pendiente de la colina, acompañado de los gritos de los jugadores de frisbee en el Sheep Meadow, a su espalda, como una música distante. Era un claro día de noviembre, fresco y ventoso, con el sol que iluminaba las pocas hojas que quedaban en los árboles, dándoles brillantes tonos escarlata, dorado y ámbar.