—Con qué premura se desvanece la hermosura mortal —se burló la reina—. Mírate, Alexander Lightwood. Te ofrezco una visión de ti mismo dentro de unos sesenta años. ¿Qué dirá entonces de tu hermosura tu amante mago?
Alec respiraba pesadamente. Isabelle se puso a su lado y lo cogió del brazo.
—Alec, no es nada, sólo un glamour. —Se volvió hacia la reina—. ¡Sacádselo! ¡Sacádlo!
—Si tú y los tuyos me habláis con el debido respeto, quizá lo reconsidere.
—Lo haremos —afirmó Clary rápidamente—. Os pedimos disculpas por cualquier grosería.
La reina resopló.
—Lo cierto es que añoro a tu Jace —dijo—. De todos vosotros, es el más guapo y el que tiene mejores modales.
—Nosotros también lo añoramos —repuso Clary en voz baja—. No pretendíamos ser groseros. Los humanos podemos resultar difíciles cuando sufrimos por un ser querido.
—Humm —soltó la reina, pero chasqueó los dedos y el glamour desapareció de Alec. Volvió a ser el de siempre, aunque pálido y perplejo. La reina le lanzó una mirada de superioridad, y luego volvió a mirar a Clary.
—Hay unos anillos —explicó la reina—. Pertenecieron a mi padre. Deseo que se me devuelvan esos objetos, porque los hicieron los seres mágicos y atesoran un gran poder. Nos permiten hablar a unos con otros, de pensamiento a pensamiento, como hacen vuestros Hermanos Silenciosos. Actualmente, sé de buena tinta que están expuestos en el Instituto.
—Recuerdo haber visto algo así —afirmó Izzy lentamente—. Dos anillos hechos por los seres mágicos, metidos en una vitrina en el segundo piso de la biblioteca.
—¿Queréis que robe algo del Instituto? —preguntó Clary, sorprendida. De todos los favores que se había imaginado que le podía pedir la reina, ése no había encabezado su lista.
—No es un robo —repuso la reina— devolver un objeto a sus auténticos propietarios.
—Y entonces, ¿encontraréis a Jace? —inquirió Clary—. Y no digáis «quizá». ¿Qué haréis exactamente?
—Te ayudaré a encontrarlo —respondió la reina—. Te doy mi palabra de que mi ayuda te será imprescindible. Te puedo decir, por ejemplo, por qué los hechizos de rastreo no han servido para nada. Te puedo decir en qué ciudad es más probable que se encuentre…
—Pero ¿la Clave os preguntó? —la interrumpió Simon—. ¿Cómo pudisteis mentirle?
—No hicieron las preguntas correctas.
—¿Y por qué mentirles? —inquirió Isabelle—. ¿Dónde queda vuestra alianza en todo esto?
—No tengo ninguna. Jonathan Morgenstern puede ser un poderoso aliado, si no lo convierto primero en mi enemigo. ¿Por qué ponerlo en peligro o granjearme su ira sin obtener ningún beneficio? Los seres mágicos somos un pueblo muy viejo. No tomamos decisiones precipitadas; primero esperamos a ver en qué dirección sopla el viento.
—¿Y esos anillos significan tanto para vos que, si os los entregamos, os arriesgaréis a su furia? —preguntó Alec.
La reina sólo sonrió; una sonrisa lenta, llena de promesas.
—Creo que ya es suficiente por hoy —dijo finalmente—. Volved con los anillos y seguiremos hablando.
Clary vaciló, y se volvió para mirar a Alec y luego a Isabelle.
—¿Estáis de acuerdo con esto? ¿Con robar en el Instituto?
—Si eso supone encontrar a Jace… —contestó Isabelle.
Alec asintió.
—Lo que haga falta.
Clary volvió a mirar a la reina, que la observaba con una mirada expectante.
—Entonces, creo que podemos cerrar el trato.
La reina se estiró y esbozó una sonrisa satisfecha.
—Id en buena hora, pequeños cazadores de sombras. Y una palabra de advertencia, aunque no habéis hecho nada para merecerla. Tal vez queráis reconsiderar la conveniencia de buscar a vuestro amigo. Porque con lo que es precioso y está perdido, a menudo sucede que al encontrarlo puede que no sea igual que como fue.
Eran casi las once de la noche cuando Alec llegó a la puerta del apartamento de Magnus en Greenpoint. Isabelle lo había convencido de ir a Taki’s a cenar con Clary y Simon y, aunque había protestado, se alegraba de haberlo hecho. Había necesitado unas horas para calmar sus emociones después de lo que había pasado en la corte de la reina Seelie. No quería que Magnus viera lo mucho que lo había alterado el glamour de la reina.
Ya no necesitaba llamar al interfono para que Magnus le abriera la puerta. Tenía llave. Algo de lo que se sentía extrañamente orgulloso. Abrió y, mientras se dirigía hacia arriba, pasó ante la puerta del vecino del primero. Aunque Alec no había visto nunca a los ocupantes del loft del primer piso, parecían estar en medio de un tempestuoso romance. Una vez encontró un montón de cosas de alguien tiradas por todo el rellano, con una nota colgada de la solapa de una chaqueta dirigida al «mentiroso que vive aquí». Ahora había un ramo de flores pegado a la puerta con una tarjeta que decía: «Lo siento». Así era Nueva York: uno acababa enterándose de la vida de los vecinos más de lo que le gustaría.
La puerta de Magnus estaba entreabierta, y por ella salía al pasillo una música suave. Era Chaikovski. Alec notó que se le relajaban los hombros cuando la puerta del apartamento se cerró tras él. Nunca podía estar seguro de qué aspecto iba a tener el lugar; en ese momento era minimalista, con sofás blancos, mesas rojas apilables y fotos en blanco y negro de París en las paredes. De todas formas, cada vez le resultaba más familiar, como estar en casa. Olía a lo que él asociaba con Magnus: tinta, colonia, té Lapsang Souchong, y el olor como de azúcar quemado de la magia. Cogió a Presidente Miau, que estaba durmiendo en el alféizar, y se dirigió al estudio.
Al oírle entrar, Magnus alzó la vista. El mago vestía lo que para él era un atuendo muy sobrio: vaqueros y una camiseta negra con ribetes en el cuello y los puños. Llevaba el cabello negro suelto, revuelto y enredado, como si se hubiera pasado nervioso las manos muchas veces por él, y sus ojos de gato tenían un aspecto cansado. Dejó la pluma cuando Alec apareció, y sonrió.
—Al jefe le gustas.
—Le gusta cualquiera que le rasque detrás de las orejas —repuso su novio, y abrazó al gato adormilado, de forma que su ronroneo pareció resonarle a Alec dentro del pecho.
Magnus se recostó en la silla, se desperezó y bostezó. La mesa estaba cubierta de papeles llenos de una escritura pequeña y apiñada, y dibujos; el mismo diseño una y otra vez, variaciones del dibujo que había salpicado en el suelo del tejado del que Jace había desaparecido.
—¿Qué tal con la reina Seelie?
—Como siempre.
—Una cabrona loca, ¿no?
—Más o menos. —Alec le hizo a Magnus un resumen de lo ocurrido en la corte de los seres mágicos. Se le daba bien eso: explicar las cosas resumidas, no gastar ni una palabra de más. Nunca había entendido ni a la gente que parloteaba incesantemente ni el gusto de Jace por los complicados juegos de palabras.
—Me preocupa Clary —dijo Magnus—. Me preocupa que intente hacer más de lo que puede.
Alec dejó a Presidente Miau sobre la mesa, donde en seguida se hizo un ovillo y volvió a dormirse.
—Quiere encontrar a Jace. ¿Puedes culparla?
La mirada de Magnus se suavizó. Enganchó la cintura de los vaqueros de Alec con un dedo, y lo atrajo hacia sí.
—¿Me estás diciendo que tú harías lo mismo si fuera yo?
Alec volvió el rostro, y miró el papel que el mago acababa de apartar.
—¿Estás otra vez con eso?
Un poco decepcionado, Magnus soltó a Alec.
—Tiene que haber una clave —contestó—. Para descifrarlos. Algún lenguaje que todavía no he mirado. Algo muy antiguo. Esto es vieja magia negra, muy oscura, y no se parece a nada que haya visto antes. —Miró de nuevo el papel con la cabeza inclinada hacia un lado—. ¿Me puedes pasar esa caja de rapé? La plateada que está en el borde de la mesa.