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— Nuestra misión es espantar a los babuinos y aquí estamos, jugando a los policías — agregó el que intentaba razonar.

La tensión desapareció al momento. Habían olvidado a los babuinos, que de nuevo se paseaban por donde querían, comportándose como si estuvieran en la selva. Además, la población local parecía aburrida de esperar acciones decididas por parte del destacamento de autodefensa. Con seguridad habían llegado a la conclusión de que de allí no saldría nada bueno y que ellos mismos tenían que acomodarse a la situación. Y ya se veía a las mujeres, con aire diligente y labios apretados, con monederos en las manos, haciendo sus labores matutinas. Algunas llevaban en las manos escobas y palos de fregonas para espantar a los monos más descarados. Ya comenzaban a quitar las persianas del escaparate de la tienda, y el dueño del tenderete caminaba en torno a su quiosco semidestruido, se agachaba, se rascaba la espalda y, obviamente, calculaba algo mentalmente. Había cola en la parada del autobús, y ya se veía a lo lejos el primer transporte público, que tocó con fuerza el claxon, espantando a los babuinos que desconocían las reglas del tránsito e infringían las disposiciones del consistorio de la ciudad.

— Sí, señores míos — dijo una voz —. Parece que tendremos que habituarnos a todo esto. ¿Nos vamos a casa, jefe?

Fritz examinaba la calle con aire sombrío, mirando de reojo.

— Pues sí… — dijo, con voz sencillamente humana —. Vámonos todos a casa.

Giró sobre sí mismo, se metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia el camión. El destacamento lo siguió. Se encendieron cerillas y mecheros, alguien preguntaba, intranquilo, qué hacer con la llegada tarde al trabajo, si no sería bueno que les dieran una justificación por escrito… El que intentaba razonar también tenía algo que decir al respecto: ese día todos llegarían tarde al trabajo, no hacía falta justificación alguna. La multitud que rodeaba el carretón se dispersó. Sólo quedaron allí Andrei y el biólogo de gafas, que se había jurado a sí mismo no irse de allí sin averiguar quién tenía el celo en las ciénagas.

El barbudo, mientras desarmaba y guardaba de nuevo la ametralladora, explicó con condescendencia que quienes tenían el celo en las ciénagas eran los rojigátores, y los rojigátores, hermanos, eran algo así como cocodrilos. ¿Has visto a los cocodrilos? Pues igualitos, sólo que lanudos. Cubiertos de una lana roja y dura. Y cuando están en celo, hermanito, es mejor estar lo más lejos posible. En primer lugar, son más grandes que un buey, y en segundo, cuando están así no perciben nada, les da lo mismo una casa que un cobertizo, lo destrozan todo…

Los ojos del intelectual ardían de interés, escuchaba ansioso, arreglándose las gafas a cada momento con los dedos muy abiertos.

— ¿Vais a venir o no? — los llamó Fritz desde el camión —. ¡Andrei!

El intelectual miró hacia el camión, después miró su reloj, soltó un gemido lastimero y se puso a balbucear excusas y agradecimientos. Después, apretó y sacudió con todas sus fuerzas la mano del barbudo y se marchó corriendo. Pero Andrei decidió quedarse.

Ni él mismo sabía por qué se había quedado. Había sufrido algo así como un ataque de nostalgia. No se trataba de que añorara hablar en ruso, pues a su alrededor todos hablaban en ruso. Tampoco porque aquel barbudo le pareciera la encarnación de la patria, nada de eso. Pero había en él algo que no podía percibir en el cáustico Donald, en el alegre y ardiente, pero de todos modos algo ajeno Kensi, ni en Van, siempre bondadoso, siempre cortés, pero siempre asustado. Y mucho menos en Fritz, un hombre sobresaliente a su manera, pero enemigo mortal hasta el día anterior… Andrei no sospechaba cuánto añoraba aquel algo misterioso.

— ¿Qué, compatriota? — preguntó el barbudo mirándolo de reojo.

— De Leningrado — dijo Andrei, sintiéndose incómodo, y para ocultar aquella incomodidad, sacó el tabaco y convidó al barbudo.

— Vaya, vaya… — dijo el hombre, sacando un cigarrillo del paquete —. Así que eres un compatriota. Yo, hermanito, soy de Vologdá. ¿Has oído hablar de Cherepóviets? Pues de ahí mismo soy, de Cherepóviets.

— ¡Por supuesto! — replicó Andrei con alegría —. Ahora mismo acaban de inaugurar un enorme combinado metalúrgico, una planta gigantesca.

— ¡No me digas! — dijo el barbudo, con notable indiferencia —. Así que hasta allí han llegado. Está bien. ¿Y a qué te dedicas aquí? ¿Cómo te llamas? — Andrei se presentó. El barbudo siguió —: Como ves, soy campesino. Granjero, como dicen aquí. Me llamo Yuri Konstantinovich Davidov. ¿Quieres beber algo?

— Es demasiado temprano — dijo, dubitativo.

— Sí, puede ser — aceptó Yuri Konstantinovich —. Todavía tengo que ir al mercado. Yo llegué anoche y me fui directamente a los talleres, allí me habían prometido una ametralladora hace tiempo. Dimos unas vueltas, la probamos y les entregué un jamón, una garrafa de aguardiente, y cuando me di cuenta, habían desconectado el sol…

Mientras contaba aquello, Davidov había terminado de empaquetar toda su carga, había tomado las riendas, se había montado de lado en el carretón y los caballos habían echado a andar. Andrei caminaba a su lado.

— Sí — continuó Yuri Konstantinovich —. Habían desconectado el sol. Uno me dijo: «Vamos a un lugar que conozco». Fuimos allí, bebimos y comimos. Ya sabes que es difícil conseguir vodka en la ciudad, pero yo traigo aguardiente casero. Ellos ponían la música y yo la bebida. Por supuesto, había chicas… — Los recuerdos hicieron a Davidov sacudir la barba. Continuó, bajando la voz —: Hermanito, en las ciénagas hay muy pocas hembras. Hay una viuda, ¿entiendes? y vamos a verla… su marido se ahogó el año antepasado… Y ya sabes qué pasa: vas a verla, qué otra cosa puedes hacer, pero después tienes que arreglarle la cosechadora, o ayudarla a recoger la cosecha, o vaya usted a saber qué… ¡Menudo fastidio! — Espantó con el látigo a un babuino que seguía el carretón —. En general, hermanito, vivimos allí como si estuviéramos en combate. No es posible sobrevivir sin armas. ¿Y el rubio ese, quién era? ¿Un alemán?

— Sí, un alemán — respondió Andrei —. Antiguo suboficial, fue hecho prisionero en Konigsberg, y de allí vino para acá…

— Ya me parecía que tenía una jeta repugnante — explicó Davidov —. Esas malditas lombrices me hicieron retroceder hasta el mismo Moscú, terminé en el hospital de campaña, me volaron medio trasero. Pero después me desquité. Era tanquista, ¿entiendes? La última vez, ardí en las afueras de Praga… — Se retorció la barba —. ¡Mira qué casualidad! ¡Y nos hemos encontrado aquí!

— No es mala persona, es un tipo eficiente — dijo Andrei —. Y valiente. De vez en cuando monta un numerito, pero trabaja bien, con energías. En mi opinión, es una persona excelente para el Experimento. Un organizador.

Davidov se quedó callado un rato, chasqueando la lengua a los caballos.

— La semana pasada vino a las ciénagas uno de esos sujetos — comenzó a contar, tras la pausa —. Nos reunimos en casa de Kowalski, un granjero polaco que vive a diez kilómetros de mi granja; tiene una buena casa, amplia… Nos reunimos allí. Y el tío comienza a marearnos: que si entendemos bien las tareas del Experimento. Venía del ayuntamiento, del departamento agrícola. Y nos íbamos dando cuenta, claro, de que todo aquello llevaba a que si lo entendíamos bien, sería adecuado subir los impuestos… ¿Y tú, estás casado? — preguntó de repente.

— No.

— Te lo preguntaba porque hoy tendré que pasar la noche en alguna parte. Tengo un asuntito aquí mañana por la mañana.

— ¡Ni una palabra más! — respondió Andrei —. Mi piso está a su disposición. Venga, pase la noche allí, tengo mucho espacio, eso me alegra…

— Y a mí también me alegra — dijo Davidov, sonriendo —. Somos compatriotas.