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"En absoluto," graznó ella.

"Bien," dijo James, con una sonrisa. "Simplemente es que no sabía a quien más recurrir. " Le echó un vistazo. Sus mejillas estaban deliciosamente sonrosadas.

No hablaron mientras sus pies los llevaban a través del arco de piedra que conducía a la rosaleda. James la llevó hacia la derecha, por delante las famosas Rosas Escocesas de Danbury House, que florecían en un brillante despliegue de rosa y amarillo. Él se inclinó a oler una, deteniéndose un momento mientras planeaba como proceder a partir de aquí.

Había pensado en ella toda la noche y parte de la mañana. Ella era inteligente, y definitivamente tramaba algo. Había pasado demasiado tiempo desentrañando complots secretos para saber cuando una persona actuaba sospechosamente. Y todos sus instintos le decían que la señorita Hotchkiss se había comportado de un modo poco usual en ella misma el día anterior. [3]

Al principio le resultó raro que pudiera ser la chantajista. Después de todo, no podía tener mucho más de veinte años. Ciertamente no era mayor que Melissa, que tenía casi treinta y dos. Así que no podía tener conocimiento de primera mano de la aventura de Lady Danbury.

Pero había vivido toda su vida en la región; se lo había dicho ella misma. Quizás sus padres se lo habían contado. Los secretos podían permanecer ocultos en un pequeño pueblo durante años.

Sin mencionar que la señorita Hotchkiss tenía libre acceso a Danbury House. Si Tía Agatha hubiera dejado cualquier prueba incriminatoria a la vista, nadie tenía mayores probabilidades de encontrarse con ello que su dama de compañía.

No importaba qué camino tomara, todos conducían a la señorita Elizabeth Hotchkiss.

Pero si quería averiguar sus secretos, tenía que conseguir que confiara en él. O por lo menos, hacer que bajara la guardia lo bastante como para dejar escapar alguna ocasional confidencia por entre aquellos deliciosos labios rosados suyos. Le pareció que el mejor modo de conseguir esto era pedir su ayuda. Esta clase de mujeres eran correctas y corteses más allá del deber. No había modo de que se negara si él le pedía ayuda para conocer e informarse de la vecindad. Incluso si ella era la chantajista – y por lo tanto de corazón egoísta- ella tenía que mantener las apariencias. La señorita Elizabeth Hotchkiss, acompañante de la Condesa de Danbury, no podía permitirse ser considerada como algo menos que una dama cortés y amable.

"Quizás se ha dado cuenta de que soy nuevo en la zona," comenzó él.

Ella asintió despacio, con ojos cautelosos.

"Y usted me dijo ayer que ha vivido en este pueblo toda su vida,"

"Sí… "

Él le sonrió cálidamente. "Me encuentro en la necesidad de una especie de guía. Alguien que me muestre las vistas. O, por lo menos, que me hable sobre ellas. "

Elizabeth parpadeó. "¿ Quiere ver las vistas? ¿Qué vistas? "

Maldición. Ahí lo había pillado. No es que el pueblo rebosara cultura e historia. "Quizás ‘las vistas’ no ha sido la mejor elección de palabras," improvisó él. "Pero cada pueblo tiene sus propias y pequeñas peculiaridades, y si quiero ser eficaz como el administrador de la propiedad más grande del distrito, debo conocer tales cosas. "

"Eso es cierto," dijo ella, asintiendo pensativamente. "Desde luego, no se con certeza lo que usted tendría que saber, puesto que nunca he administrado una propiedad. Y uno pensaría que usted tampoco, puesto que después de todo, nunca ha administrado una antes. "

Él giró la cabeza bruscamente para mirarla. "Yo nunca he dicho eso. "

Ella dejó de andar. "¿No lo hizo? Ayer dijo que usted era de Londres. "

"Dije que no había administrado fincas en Londres. No que no lo hubiera hecho así antes de eso. "

"Ya veo. " Giró el rostro hacia él y lo miró con fijeza. "¿Y dónde ha administrado propiedades, si no ha sido en Londres? "

Lo estaba poniendo a prueba, la condenada chiquilla. Por qué, no estaba seguro, pero definitivamente lo estaba poniendo a prueba. Pero no iba a dejar que lo hiciera tropezar. James Sidwell se había introducido en un personaje más veces de las que podía contar, y no había tenido nunca ni un desliz. "Buckinghamshire", dijo. "Es donde crecí. "

"He oído que aquello es muy hermoso," dijo ella cortésmente. "¿Por qué se marchó? "

"Los motivos habituales. "

"¿Cuáles son? "

"¿Por qué siente tanta curiosidad? "

Ella se encogió de hombros. "Soy muy curiosa. Pregunte a cualquiera. "

Él hizo una pausa y arrancó una rosa. "Son hermosas, ¿verdad? "

"Señor Siddons," dijo ella, con un suspiro exagerado, "me temo que hay algo que no sabe sobre mí. "

James tensó el cuerpo, a la espera de su próxima confesión.

"Tengo tres hermanos más jóvenes. "

Él parpadeó. ¿Qué demonios tenía eso que ver?

"De ahí," prosiguió ella, sonriéndole de tal modo que parecía que tan sólo mantenía una trivial conversación para pasar el tiempo, "que sea bastante competente en reconocer cuando una persona trata de evadir una pregunta. De hecho, mis hermanos me calificarían de alarmantemente competente. "

"Estoy seguro de ello," refunfuñó él.

"Sin embargo," prosiguió imperturbable, "usted no es uno de mis hermanos, y evidentemente no tiene obligación de compartir su pasado conmigo. Todos tenemos derecho a nuestra privacidad. "

" Er, sí," dijo él, preguntándose si tal vez ella no seria nada más que lo que aparentaba- una bonita y joven señorita rural.

Ella le sonrió de nuevo. "¿Tiene algún hermano, señor Siddons? "

"¿Yo? No, ninguno. ¿Por qué? "

"Como le dije, soy infinitamente curiosa. La familia de una persona puede revelar mucho sobre su carácter. "

"¿Y qué revela su familia sobre su carácter, señorita Hotchkiss? "

"Que soy leal, supongo. Y que haría cualquier cosa por mi hermano y mis hermanas. "

¿Incluso chantaje? Él se inclinó hacia ella, apenas un centímetro, pero suficiente para hacer que su labio inferior temblara. James sintió una primitiva satisfacción ante esto.

Ella se quedo mirándolo, obviamente demasiado inexperta para saber cómo manejar a un depredador macho. Tenía unos ojos enormes, y del más puro y profundo azul que James hubiera visto jamás.

Su corazón comenzó a latir más rápido.

"¿Señor Siddons? "

Se le encendió el cuerpo.

"¿Señor Siddons? "

Iba a tener que besarla. Sencillamente. Era la idea más estúpida y poco aconsejable que había tenido en años, pero parecía que no había nada que pudiera hacer para detenerse a si mismo. Se acercó, acortando la distancia entre ambos, saboreando por anticipado el momento que sus labios conseguirían posarse sobre los de ella, y-

"¡Eep! "

¿Qué demonios?

Ella lanzó algo parecido a un nervioso gorjeo y se alejó, con un revoloteo de brazos.

Y entonces resbaló -¿con qué?, James no lo sabía, ya que la tierra estaba seca como el desierto, pero ella agitó los brazos como una loca para impedir caerse al suelo, y en el proceso lo golpeó en la barbilla. Con fuerza.

"¡Ow! " aulló él.

"Oh, lo siento! " dijo ella rápidamente. "A ver, déjeme verlo. "

Le pisó el pie.

"¡Ouch! "

"Lo siento, lo siento. " Parecía terriblemente preocupada, y normalmente él habría soportado esto con menos aspavientos, pero, ¡caray!, realmente le dolía el pie.

"Estaré bien, señorita Hotchkiss," dijo. "Todo lo que necesito es que se baje de encima de mi dedo del pie, y – "

"¡Oh, lo siento! " dijo ella, lo que parecía por centésima vez. Retrocedió un paso.

James hizo una mueca cuando flexionó los dedos del pie.

"Lo siento," dijo ella.

Él se estremeció. "No lo diga otra vez. "

"Pero – "

"Insisto. "

"Al menos déjeme ver su pie. " Ella se inclinó.

"Por favor no lo haga. " Había pocas situaciones en las cuales James consideraba que era apropiado suplicar, pero esta era una de ellas. [4]

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[3] Gracias Beth.

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[4] Gracias a Vivi, Athelas y Gata.