5
Mientras escribo esta queja contra la mentirosa parábola del Evangelio, oigo la voz del maestro Cristaldo que me habla desde alguna parte, fuera del mundo.
«…No se pierde la infancia. Se la lleva siempre adentro. ¿Cómo quieres regresar a un lugar de donde nunca has salido?»
«¿He salido yo acaso de la placenta que me contenía?»
«Hay lugares que subsisten solos y llevan su lugar consigo. Viajan dentro de ti…»
Tembló un poco la voz. La interrumpieron la tos y catarro que no le han abandonado aún.
Luego dijo: «Salvo que ese lugar se haya llevado su lugar a otro lugar… Pero entonces tú eres el que está perdido y ya nadie te encontrará jamás…»
En todos los libros que he escrito está copiada esta frase del maestro Cristaldo. Imprecación premonitoria. Como si todos hubiésemos nacido fuera de lugar y en tiempo ajeno.
Decimocuarta parte
1
El tren se había alejado mucho. Seguí la lucecita roja de la señal. Lo alcancé un poco después de la estación de Borja.
Me había olvidado por completo de que yo estaba huyendo.
Me sentía activo, desconocido, libre.
No hay día que valga si no es el venidero, decía el maestro Cristaldo. Y también: Quien sabe esperar vive hasta después de la víspera.
Hay ocasiones en que uno es hierro de forja. Moldea en lo caliente una espiral inversa a lo que está formado. Entonces viene el engaño aparatoso de la simetría.
2
Subí de nuevo al tren. Todo estaba oscuro, abarrotado de olores roñosos, de ronquidos de fiera.
Ocupé mi asiento creyendo que todos estaban dormidos.
La mujer me acechaba. Lo vi en el girar del fuego de su cigarro. Volteó el pucho a su alrededor simulando cierto temor. Me tomó la mano y me obligó a inclinarme hacia ella.
– Usted me preguntó ayer sobre esos tres señores que viajaban en el tren -dijo en voz baja, sibilinamente.
No oí la frase y tuve que hacérsela repetir.
– Esos señores son altos capos de la policía. Bajaron en la estación de Villarrica. Tienen allá un gran trabajo. Le voy a contar un secreto del que me enteré por casualidad…
Puso la mano como pantalla sobre su boca. Hizo una pausa calculando los efectos.
– Va a haber un muerto en Manorá -dijo con acento agorero.
– ¿Quién va a ser ese muerto? -pregunté con naturalidad, casi con indiferencia.
– Un maestrito anciano que se hace todavía el gallito subversivo. Este secreto me puede costar caro. Pero me pareció que a usted le gustaría salvar la vida de su antiguo maestro. No entiendo por qué esos prójimos de edad tan ida se meten en estos asuntos… Encontraron unos papeles viejos en la cárcel y el plano de un túnel para la evasión de los prófugos…
3
¿Qué pretendía la soplona con la revelación de un «secreto» tan burdo, que no se sostenía en sí mismo?
El maestro Gaspar Cristaldo había muerto hacía varios años.
Se ahogó en la laguna Piky como él mismo lo había pronosticado en su conversación con su madre muerta.
El maestro pereció en su intento de salvar a unos chicos de la escuela, arrastrados hasta allí por los raudales.
Otra inundación, como la que lo trajo en vida cuarenta años atrás, lo llevó muerto.
La creciente se llevó con él a nuestro karaí Gaspar Gavilán.
Prefirieron partir juntos a ese lugar de ninguna parte, de donde habían venido.
4
Recuerdo muy bien aquella helada mañana del 13 de junio, en la que el pueblo quedó huérfano de su dos diminutos patriarcas, encarnados uno en otro.
Todos los niños de la escuela fuimos a cantar el himno ante el cuerpo del maestro Cristaldo, sumergido en las cenagosas aguas de la laguna.
Pequeño, oscuro, deforme, cubierta la cara de costras de hielo, se nos antojó la cara de un feto con cara de anciano que nos miraba debajo del agua, como envuelto en trozos de espejo.
Recuerdo muy bien su entierro en la noche de los fuegos flotantes, el llanto y la aflicción de toda la gente del pueblo, que acudió en procesión, desde las más lejanas compañías, a darle su último adiós.
Fue un falso entierro. El maestro no tenía ataúd. Su canoa había desaparecido. Sólo se pudo enterrar la caja vacía que Pachico Franco ofrendó a su memoria. La tuvimos que llenar de naranjas y frutos del país.
El cuerpo de nuestro karaí Gaspar fue rescatado en la alcantarilla del desagüe. Ya estaba muy reducido por la edad y por los diez días de haber estado hundido en la ciénaga, saturada por los ácidos de la fábrica.
Le enterraron en la caja de una criatura, como años antes se había hecho con Macano Francia, que había sido la memoria del pueblo.
Karaí Gaspar no era sino la imagen del olvido colectivo.
Decimoquinta parte
1
¿Qué quiso decir la soplona cuando me reveló el secreto, que «podía costarle caro», alertándome sobre el supuesto complot que se tramaba contra el ya extinto maestro Cristaldo?
Silveria Zarza, la antigua pantalonera, en la actualidad soplona de la policía, hacía de lo oblicuo la clave de su profesión.
Por cálculo propio o por indicaciones de la Técnica, el aviso de la mujer trataba de inducirme a descender en Manorá, donde los mellizos Goiburú, mis enemigos de infancia, aguardaban para liquidarme.
La trama se iba cerrando con el drapeado de un tejido fantasmal. La mujer sabía que el maestro ya no existía. No ignoraba que la simple mención de su nombre era un poderoso acicate en clave para que yo descendiera en Manorá.
2
Durante mi larga y abstraída caminata por la trocha, al costado del tren, la imperceptible mutación de los astros había puesto en orden las cosas de este bajo mundo.
Les había dado un nuevo sentido del cual yo estaba ausente, como si ya no formara parte de lo que iba sucediendo un grano de arena rodando sobre la inmensa masa de la materia en movimiento.
3
Estaba por llegar el tren a la estación de Iturbe-Manorá. A lo lejos parpadeaba el farol de señales acercándose. La presencia del pueblo invisible aceleró mis latidos.
En noches de luna se hubieran visto las casas, el campanario desmochado de la iglesia. Ahora el pueblo estaba enterrado en la oscuridad.
El fuego de la caldera no alumbraba sino el interior de la máquina y la cabeza rubia del maquinista que iba comiendo naranjas.
4
Con los ojos cerrados fui contando las casas que se escalonaban junto a la vía férrea. Iba nombrando en un susurro a los vecinos mas conocidos. No sólo los nombraba. Los veía a todos y a cada uno, como a la luz del día, en el recuerdo que, en los chicos, dura toda la vida.
Contemplaba las fachadas, las puertas, la gente sentada en las aceras. Iba señalándola con la mano Iba saludando a cada uno con el pensamiento.
Saqué la cabeza por la ventanilla. Sentí los ojos húmedos como la vez en que me alejé del pueblo en este mismo tren.
La brisa me escarchó los párpados.
No iba a poder divisar en la oscuridad la gran curva de las vías que rodean la laguna de Piky.