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¿No has visto lo nervioso que te pusiste? ¿No te has dado cuenta de que me has hecho fracasar con el camarero por ponerte tan nervioso?

Pansy le dijo que esperaba que en lo sucesivo no se pusiera nervioso como suelen ponerse los españoles en Londres y en general en el extranjero. Ella podía haber conseguido la jarrita si él no se hubiera puesto histérico por tan poca cosa. Sus amigas americanas volvían siempre de Europa cargadas con esta clase de souvenir. Su madre tenía la casa llena de tonterías por el estilo que hacen tanta ilusión cuando pasan los años. Jarritas. Vasitos. Saleritos. Ceniceritos. Cuando Mom le pedía a un camarero que le vendiera un platito con el nombre de un hotel europeo famoso el camarero se lo regalaba. Pero se lo regalaba porque su marido Joe el padre de Pansy deslizaba un billete de diez dólares en la mano abierta del camarero y nunca habían tenido un problema como el que ellos acababan de tener al principio de su luna de miel. Naturalmente Joe era muy distinto de Juan. Era fantástico. Único. Sabía lo que quería. Y sabía cómo conseguirlo. A lo mejor Juan podría parecerse un poco a Joe dentro de unos años. En América todos los extranjeros cambian con el tiempo. Unos más pronto que otros. Hasta que todos acaban pareciéndose a los americanos. Sólo entonces le decía Pansy los extranjeros tienen lo mejor de ellos mismos y lo mejor de los americanos. Algunos parecen casi perfectos. ¡Ojalá llegues tú a esa perfección algún día!

Si hubiera sido como Joe la jarrita del té no se habría convertido en un problema. Juan nunca habría hecho un drama de la jarrita del té que ahora ella detestaba profundamente. Eso era lo único que había conseguido Juan. Eso únicamente. Que ella detestara la jarrita de té del Claridges cuando lo que esperaba es que Juan le hubiera ayudado a conseguir la jarrita de té.

Pero ¿qué otra cosa podía esperar de un hombre que tenía la costumbre de llevarse las cosas sin permiso y sin pagarlas? Porque eso era lo que distinguía a Juan. Cuando algo le gustaba se lo llevaba. Así. Por las buenas. No pedía. No las compraba. Se las llevaba. Como si fuera un ladrón. En realidad robaba. Y ¿qué adelantaba haciendo eso? Eso era una temeridad. Una locura. Una idiotez como ir sin billete en el metro. Esas idioteces se hacen cuando eres muy joven y por tanto muy irresponsable. Pero Juan ya no era joven. Y no tenía por qué seguir siendo irresponsable. En Inglaterra robas una jarrita en el Claridges y te expulsan del país. Hacen muy bien. Es lo que hay que hacer. Pero ella no quería que les expulsaran del país por una jarrita del té. Ella pretendía convencer al camarero para que le vendiera la jarrita del té. Si en lugar de ir con él al Claridges a tomar el té completo esa tarde hubiera ido con su padre las cosas habrían salido de una manera completamente distinta. Seguro.

Iremos a ver a Joe. Ya verás. Le contaremos lo que ha pasado y verás lo que dice. Tonto. Tonto. Te dirá que eres muy tonto. Te dará un bofetoncito. Te dirá que eres bobo. Porque es verdad. Eres tonto y bobo. Se actúa de otra manera. Tendrías que haber visto actuar a mi padre. Joe es fantástico. Es único. Con un solo billete de diez dólares lo habría resuelto.

Y si no con una propina como la que él había dejado sin ningún motivo en el Claridges Pansy habría comprado una jarrita preciosa en Oxford Street. O quizá habría vuelto al día siguiente ella sola al Claridges y habría buscado al camarero. Esa vez ella sola lo habría convencido. Hasta que no lo hubiera conseguido no habría dejado de insistir.

Lo que pasa es que tú no insistes. No sabes insistir. O no te tomas la molestia de insistir. Te cansas demasiado pronto. No eres constante. Ya me he dado cuenta. Pero ya aprenderás. Te conviene aprender. Si no aprendes las cosas irán de mal en peor. Te has acostumbrado a conseguir algunas cosas con muy malas artes. Nunca consigues nada limpiamente. Haces trampas. Engañas. Robas. Por una insignificancia te pones fuera de la ley. Tú solo te marginas. Prefieres quitarle a alguien una cosa en lugar de luchar por esa cosa. ¿No te das cuenta Juan? Eso es grave. ¿Dónde aprendiste eso? ¿Quién te enseñó eso? ¿Algún antepasado moro? ¿Es que no entiendes que todo tiene un precio? Desde muy pequeña Joe me decía que en la vida todo tiene un precio y que sólo es cuestión de pagar ese precio. Pero no te equivoques. Has de pagarlo. Y Joe también se lo decía a mis hermanos. Si pagas un poquito más que el precio correcto de una cosa no hay ninguna cosa que se escape. Pero has de pagar ese precio. Ese poquito más. Yo le habría pagado diez libras por la jarrita del té. Y tú podías haberle dado otras cinco libras al camarero. Y nos habríamos llevado la jarrita. Al fin y al cabo son las cuatro cosas que luego quedan de los viajes. Eso y algunas fotos. Pero ¿te das cuenta? Ni siquiera nos hemos hecho una foto tomando el té. Ni una foto. ¡Qué lástima!

Qué lástima no haber abandonado a Pansy en el salón del Claridges.

Cariño ahora vuelvo.

Te encerrabas en el lavabo y te mirabas un segundo en el espejo para darte ánimos. Luego caminabas derecho y sin volverte hacia el vestíbulo. Cogías un paraguas y ya no volvías. Ella se quedaba en el salón del hotel Claridges peleando por la jarrita. Y él salía disimuladamente a la calle y abría el paraguas. Su paraguas o cualquier otro paraguas que encontrara a mano en el paragüero. También era estupendo apropiarse de un paraguas ajeno con la empuñadura de raíz.

Sin embargo Juan jamás habría sido capaz de llevarse un chaleco salvavidas de un avión. Lo había imaginado pero inmediatamente había rechazado la idea. Hasta ese extremo no llegaba. Y estaba seguro de que nunca llegaría.

Una vez sorprendió a un pasajero metiendo en su bolsa de viaje el chaleco salvavidas al terminar el vuelo de Nueva York. Aquel individuo ya no era un niño aunque pusiera cara de ingenuo. Cara de imbécil. Ponía esa cara para que nadie sospechara de él. No es tan fácil llevarse un chaleco salvavidas de color amarillo a las 6.45 de la mañana de un avión que acaba de aterrizar. Aunque la mayoría de los pasajeros llegan muertos de sueño siempre hay alguno espabilado. Por supuesto más espabilado que las azafatas. Las azafatas llegan ciegas. Están ausentes dentro de sus uniformes arrugados. Piensan en sus novios. En sus maridos. En sus niños. En sus perros. En lo que van a hacer esa tarde después de dormir la siesta. ¿Irán al cine? ¿De compras? ¿Al ginecólogo? Piensan en cualquier cosa menos en lo que está sucediendo a su alrededor. Ellas dieron por terminado el servicio. Se ponen tiesas en el pasillo. Dicen adiós.

Adiós. Gracias. Buenos días. Gracias. Adiós. Buenos días.

Con una manita enguantada se suben un poco las faldas. Y también las bragas. Las bragas y las faldas tienden a bajar a medida que ellas ascienden a las alturas. Son vasos comunicantes. A nueve mil metros de altitud el elástico de las bragas pierde fuerza. Las bragas caen poco a poco hasta desplomarse. En ocasiones las azafatas tropiezan con sus propias bragas que se enredan en sus pies. Han de estar muy atentas. Porque a esa altitud todo va perdiendo fuerza. Los elásticos de las bragas de las azafatas y las mismas azafatas arriba y abajo tirando del carro con media lengua fuera. Sólo tienen ganas de beber y de orinar. Se pasan el viaje entero bebiendo enormes vasos de agua y orinando enormes cantidades de orina. Les han dicho que de lo contrario la piel se agrieta. Las arrugas aparecen mucho antes de hora. Envejecen a la carrera. La carrera de las azafatas es una carrera meteórica hacia la vejez.

Beban todo lo que puedan aunque no tengan sed. Y orinen todo lo que beban aunque no tengan ganas de orinar. Un litro cada hora. Y naturalmente ellas hacen caso. Luego eso les obliga a sentarse más veces de las deseadas en los retretes de clase turista donde todo está encharcado y sucio poco después del despegue. Los aseos de los aviones españoles son como los aseos de las tascas y bares españoles. Un pantano de orines y de papeles mojados. Nadie mea donde se supone que hay que mear en los aviones españoles. Los pasajeros mean por los lados. Mean contra la pared. Mean por cualquier rincón menos por donde se supone que hay que mear. Las azafatas procuran usar con la mayor naturalidad del mundo los aseos de la primera clase cuando los pasajeros de primera clase se quedan abotargados de vino y de licores de gran marca que fueron ingiriendo gracias a la machacona insistencia de las azafatas interesadas en ponerles cuanto antes fuera de juego. Una vez caen fritos ellas se apropian de los lavabos de la primera clase que suelen estar más limpios. No porque los pasajeros de primera clase sean más limpios que los restantes pasajeros sino porque siendo menos generalmente ensucian menos.