Will y su compatriota, el teniente Henry Blythe, fueron transportados a bordo en sendas camillas y después de un baño, un breve descanso y algunos de los sustanciosos caldos y reconstituyentes tisanas de Sophie, los dos hombres pudieron reunir fuerzas para presenciar cómo se aproximaban a Gibraltar.
Elspeth estaba junto a su hermano, sujetándole la mano, mientras Darley estaba apoyado a la barandilla de babor a cierta distancia. Hasta que Will no recuperara fuerzas, Darley interpretaría el papel de amigo y anfitrión, en lugar del de amante de Elspeth. Él insistió en su ofrecimiento cuando estuvieron a bordo y ella aceptó sin pensárselo dos veces, dándole las gracias por su caballerosidad en una situación tan delicada.
– Apreciaré mucho tu caballerosidad hasta que Will no se encuentre mejor y pueda afrontar la cruda realidad.
– Con tu permiso, no seré totalmente desinteresado -le respondió Darley con una sonrisa-. Tengo pensado alquilar para nosotros una casa de campo. Por supuesto, tendrás tu propia habitación para guardar las apariencias, pero me gustaría verte de vez en cuando.
Ella sonrió.
– Por la noche, por ejemplo.
Darley sonrió de forma descarada:
– Eso sería sumamente gratificante.
– Te garantizo que para mí también.
– Estoy seguro.
– Qué hombre más arrogante -murmuró Elspeth.
– Digamos simplemente que ahora sé lo que te gusta.
– Sí -comentó con amabilidad-. Desde luego.
– ¿Así que hemos hecho un pacto?
– Sí, pero Will es lo primero.
– Lo entiendo.
Y así dejaron las cosas. El resto del corto viaje lo dedicaron a hablar de temas prosaicos, relacionados con el camarote del enfermo.
Cuando el Fair Undine atracó, Darley y Malcom se excusaron para ocuparse de los preparativos del alojamiento y de los caballos que habían cargado en el barco, fruto de su breve visita a Tánger. El agente de Darley había comprado seis hermosos sementales y una yegua, todo un golpe de suerte… las yeguas de primera categoría normalmente no estaban a la venta.
– Si es posible encontrar un apacentadero -dijo Darley mientras sus hombres caminaban a grandes pasos por la colina hacia la guarnición militar-, lo preferiría, sin duda. Los caballos han pasado demasiado tiempo encerrados en una caballeriza de alquiler en Tánger. Necesitan campo abierto.
– Veré lo que puedo hacer.
– Después de presentarme al comandante, le preguntaré si conoce una casa de campo en buen estado, lejos del pueblo.
– ¿Por qué no nos encontramos en el patio de armas dentro de una hora? -Malcolm arqueó las cejas con gesto interrogativo.
– Perfecto. Intercambiaremos impresiones. Estoy buscando un lugar aislado, personal y… -Darley sonrió- con buenas vistas.
– Ya veremos qué queda después del sitio.
– O qué se ha construido. Investiga por la Bahía de los catalanes. Allí estaremos bastante alejados del pueblo.
– Haré algunas preguntas sobre el terreno. ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse?
– Es decisión de la señora. No tengo planes.
Esa sorprendente declaración de un hombre famoso por la brevedad de sus aventuras amorosas bastó para dejar desconcertado al secretario de Darley. Recuperó rápidamente la voz y dijo, con el tono de voz más normal del que fue capaz.
– Entonces, estamos buscando una propiedad para alquiler durante un tiempo indefinido -confirmó el secretario por si había entendido mal los requerimientos de Darley.
– Sí. El clima es encantador. Es el lugar idóneo para que se recupere el hermano de Elspeth. Parece que ya lo está haciendo, ¿no te parece?
La respuesta a su pregunta fue un «sí» claro y rotundo.
– El hermano de su señoría ha experimentado una mejoría notable, considerando las pocas horas que han transcurrido desde que lo encontramos -respondió Malcolm, de nuevo más cómodo ahora que comprendía la situación.
– Will es joven. A los veinte años uno es casi indestructible.
Darley le sacaba diez años a Will Wolsey, una década de mala vida que a más de un hombre le hubiera llevado a la tumba.
– Su salud no tiene nada que envidiar, mi señor -observó Malcolm-. Le veo igual de indestructible.
– Lo admito, Malcolm, me siento renovado. El aburrimiento y el tedio me han abandonado -sonrió Darley-. Debe de ser el aire del mar.
– Sin duda, señor -contestó con discreción Malcolm. No pretendía hacerle ver que en los viajes por mar anteriores, Darley nunca había sufrido una transformación tan espectacular o entusiasta-. Entonces, hasta dentro de una hora -le dijo, amable. Al fin llegaron a las puertas de la guarnición militar-. Le deseo buena suerte con el general Eliot.
– Es amigo de mi padre, un tipo afable -contestó Darley con feliz complacencia, una complacencia mucho más evidente desde que habían partido de Tánger-. Espero que sea de ayuda.
El general Eliot estaba tan contento de ver al hijo de su viejo amigo que abrió el brandy que llevaba treinta años en reserva y la mayor parte de la visita consistió en numerosos brindis en honor a los amigos en común. Cuando terminaron las cortesías, Darley le explicó los motivos que le habían llevado a escoger Gibraltar como residencia en un futuro inmediato.
– Tuvo suerte de encontrarlos vivos -dijo el general-. La marina es un servicio brutal. Cree que sus hombres son de usar y tirar. Infringen castigos físicos, por ejemplo, por cualquier nadería. -Hizo una mueca-. No lo entiendo. No puedes confiar en un hombre al que primero has azotado.
– No puedo estar más de acuerdo. Debo reconocer que la suerte jugó un papel principal en el hallazgo del hermano de Lady Grafton. Como jugador de apuestas, no hubiera ofrecido un penique por nuestro éxito. Pero los muchachos parecen encontrarse mejor. Estoy muy animado.
– Pronto estarán rebosantes de salud, se lo aseguro. Nuestro clima es saludable… sol y brisa marina, los excelentes productos alimentarios que encontrará en la población española de San Roque, pasada la frontera. Espero que los enfermos estén completamente restablecidos dentro de unas dos semanas. Ahora, por lo que se refiere al alojamiento, le sugiero que hable con el señor Barlow. Mi ayudante le dará instrucciones. El señor Barlow es la clase de hombre que sabe todo lo que acontece en esta plaza fuerte y en el territorio circundante. Es un nativo, si la palabra es apropiada, dada la mezcolanza de personas que viven aquí.
– Por lo que parece, es alguien que es útil conocer.
– Mucho. Si necesita cualquier cosa… Barlow es su hombre.
– Gracias por el consejo… y por el excelente brandy. Tengo a gente esperando, así que me despido de usted. -Darley se levantó-. Me gustaría invitarle a cenar cuando nos hayamos instalado -añadió con una reverencia-. Le transmitiré sus saludos afectuosos a mi padre.
– En lo que a esto respecta, si tiene correo que desee enviar a Inglaterra, lo pondremos en nuestra valija diplomática. Sale con bastante regularidad, puesto que varios barcos paran aquí para abastecerse de provisiones. Espero que podamos cenar juntos en un futuro.
El anciano hombre llamó a voces a su ayudante.
Cuando el ayudante llegó corriendo, el general le dio órdenes respecto a las necesidades de Darley y, en poco tiempo, el marqués ya se encontraba fuera, bajo el deslumbrante sol.
Malcolm le estaba esperando cuando Darley salió de la plaza de armas y los hombres contrastaron la información que habían obtenido. A Malcolm le habían dicho que preguntara al mismo Mr. Barlow, por lo visto un hombre muy conocido.
Lo encontraron en un edificio de nueva construcción, con oficinas en la planta baja y habitaciones en los pisos superiores. Su escritorio estaba dispuesto de tal manera que tenía una vista panorámica del puerto. Era un hombre pequeño, enjuto y fuerte, de mediana edad y de una ascendencia indeterminada: a pesar de su apellido inglés, su ligero acento andaluz era común en la zona.