Stryker enarcó una de sus cejas con interés.
– ¿En serio?
Ella asintió.
– Una Dimme podría acabar con la Destructora, ¿no es así?
Esa era la teoría.
– La necesitamos.
– No… -dijo Satara con una sonrisa maligna-, tú la necesitas. Pero hay un pequeño inconveniente.
– ¿Y cuál es?
– ¿Recuerdas cuando Dionisio casi abre el portal hacia Kalosis y Apollymi envió su Caronte para detenerlo?
Por supuesto que lo recordaba. Apollymi había estado lívida ese día.
– Fueron enviados para evitar que Acheron muriera, pero sí, lo recuerdo. ¿Qué pasa con eso?
– No todos los Carontes sucumbieron. Parece que un gran número sobrevivió y ahora protegen a nuestra Dimme.
Stryker se atragantó.
– ¿Los Caronte están custodiando a una Dimme? ¿Es que se acerca el fin del mundo y se me pasó leer el memorandum? ¿Cómo demonios ha ocurrido?
– No estoy segura. Pero si alguien… -lo miró inquisitivamente- me prestara algunos de sus Daimons Spathi, yo podría ser capaz de coger a la Dimme. Después podemos usarla para acabar con mi asunto sobre Xypher y tu problema con la Destructora. ¿Qué opinas?
Sonaba como una buena idea, pero también una bastante arriesgada. A pesar de que sus Sphati estaban muy bien entrenados y eran asesinos sobresalientes, también lo eran los Caronte. Lo último que quería era mermar su ejército. Sin embargo, si pudiera asesinar a Apollymi y reclamar sus poderes como propios, valdría la pena perder algunas docenas de soldados.
– Muy bien, hermana. Tendrás los soldados que quieras. Tan solo recuerda que si fallas, toda la culpa caerá sobre tu cabeza. Yo no sé nada de este plan.
– No te preocupes, Stryker. No tengo intención de fallar. Y para mañana, nuestros problemas estarán resueltos.
CAPÍTULO 15
Xypher se despertó con la sensación más extraña de su existencia. Una mujer acurrucada contra él. Se quedó en silencio, tendido de costado, tan solo sintiéndola contra su columna. El brazo izquierdo de ella estaba acomodado sobre su cintura, y el muslo acomodado entre los de él. La mejilla reposaba sobre su hombro y su aliento le hacía cosquillas en la piel.
Cerró los ojos, saboreando cada matiz de su cuerpo contra el suyo. ¿Era así como se sentía ser humano? ¿Acaso los hombres tomaban esto a la ligera?
¿Cómo podían? Tener a alguien que confiara lo suficiente en ti como para reposar inconsciente a tu lado mientras tú hacías lo mismo, y ambos despertaban ilesos…
Esto era el paraíso.
No, Simone lo era.
¿Por qué no había nacido humano? Hubiera nacido en esta época para poder así estar con ella. El hecho de que no fuera posible era aún más cruel que la tortura que había soportado en el Tártaro. Quería internarse en ella y quedarse allí para siempre.
Pero no estaba destinado a suceder y por mucho que soñara no cambiaría el hecho de que una vez que este aplazamiento terminara, él estaría de regreso en el infierno, donde los recuerdos de ella lo torturarían para siempre.
¿Cómo haría para soportarlo?
Con su corazón hecho trizas, se giró lentamente para no lastimarla. Ella se quejó en sueños, hasta que se movió y le pegó con el codo en la nariz.
– ¡Ouch!- Él se frotó el tabique de la nariz y pestañó para contener lágrimas involuntarias.
– Voy a hacerte pagar por eso, – le susurró contra la piel.
Retirando el cobertor miró su cuerpo desnudo. Sus curvas exuberantes y llenas, sus pezones ligeramente arrugados, sus labios encendidos e inflamados, y sus piernas ligeramente apartadas. Lo suficiente para que él pudiera ver que aún estaba húmeda. Era la perspectiva más incitante que él hubiera contemplado en su vida.
El ceño volvió al rostro de ella antes de que cogiera la sábana para cubrirse y se volviera para esconderse en ella.
Xypher se rió. Ella era realmente gruñona por la mañana. Toda esa palabrería de comenzar el día con un propósito. Más bien lo comenzaba con un puchero. Divertido, se inclinó para mordisquear la parte inferior de su pecho.
A Simone la despertaron los pequeños lametones que causaron que su estómago se contrajera y su cuerpo se derritiera. Abriendo los ojos, vio a Xypher observándola con tanta intensidad que le quitó el aliento.
– ¿Qué estás haciendo?
– Te estoy lamiendo, -le dijo, antes de introducir un pezón profundamente en su boca,-no hay manera de que este tan cerca de ti sin tocarte. Además, estás en deuda conmigo, por mi reciente contusión.
Ella se frotó los ojos.
– ¿Reciente contusión?
– Mi nariz. Me golpeaste mientras dormías.
– No lo hice.
– Estás en lo cierto. En realidad, me golpeaste la nariz con el codo.
Ella le apartó el pelo de los ojos y le tocó la nariz, que le había golpeado accidentalmente.
– Oh, por dios. Creo que tendré que besarte la herida y compensarte.
Su mirada fue malvada y cálida mientras se trepaba sobre su cuerpo.
– Tengo otra herida que precisa de tus besos.
Ella miró entre sus cuerpos para ver su erección.
– Mmm, parece una herida bastante grande, ¿no crees?
Xypher la besó, su corazón desbocado por la forma en que ella lo provocaba con malicia. Él realmente adoraba lo novedoso de la acción.
La gente le temía. Él los enfurecía.
Nadie jamás había reído o jugado con él.
Y en ese momento fue donde llegó a la conclusión más impactante de todas.
La amaba.
Muy profundamente, en un lugar que nunca antes había mirado, él sentía ese amor arder. Le quemaba y le dolía, y haría cualquier cosa en el universo y tal vez más, para mantenerla a salvo. Ese conocimiento lo ensalzó.
Y lo aterrorizó en lo más profundo de su alma.
¡No! La negación lo recorrió como un bramido. No quería amar a nadie. El amor era para los tontos descerebrados.
Echando un vistazo a su brazo leyó las palabras que había grabado ahí…
Es un arma usada para manipular y arruinar a quien sea lo suficientemente estúpido para albergarla. No seas estúpido.
El amor destruye.
Le había entregado su amor a Satara y ella se lo había arrojado en la cara y lo había atacado por su estupidez. Pero Satara jamás lo había tratado de esta manera. No había habido risas. Ni besos cariñosos. Nada de sonrojos matutinos y caricias que lo enternecieran hasta lo más profundo de su corazón.
Y a pesar del horror de su reciente descubrimiento sobre Simone, estaba el conocimiento de que en realidad, él nunca había amado a Satara. Había tenido tantos deseos de conocer el amor que había retorcido el concepto para adecuarlo a una relación en la que no tenía cabida.
Esta vez el amor lo había sorprendido y lo había aporreado en la cabeza de la forma más inesperada. Esas emociones lo tomaron por sorpresa, no fueron conjuradas por alguna carencia que él tuviera.
Cuando conoció a Simone, y la empujó dentro de su coche, ella no era más que un títere.
Ahora, ella era su mundo.
Y no había nada que no fuera capaz de hacer por ella. ¿Cómo demonios había pasado eso? Sí, no había forma de negarlo. El insignificante impostor, que no había sido querido por nadie, le había entregado su corazón a una humana misafy…
Simone gimió al sentir un cambio en el toque de Xypher. Era tierno y dulce. Casi reticente.
Y al mismo tiempo era dominante. Sus manos vagaban por su cuerpo, dándole placer y haciéndola suspirar.
Levantando su mano, le besó los nudillos cubiertos de cicatrices. Luego tomó la punta de su dedo índice en su boca para succionarlo suavemente.
Xypher rodó con ella, colocándola sobre él. Sonriendo, Simone montó a horjacadas sobre su cintura y lo miró con una expresión de ternura.
Él nunca había visto nada tan hermoso o acogedor.