Al final de la tarde, sin embargo, había perdido toda la energía que sentía a las ocho y media de la mañana. En ocho horas, sólo interrumpidas por sándwiches de salchicha ahumada y llamadas no contestadas por Winston, había revisado cada página de cada documento que había acumulado en los diez días que llevaba ocupándose del caso. Y el detalle revelador -si es que existía- permanecía oculto. Los sentimientos de paranoia y soledad se arrastraban de nuevo sobre él. En un momento determinado se dio cuenta de que estaba soñando despierto. No sabía cuál sería el mejor lugar para huir: las montañas de Canadá o las playas de México.
A las cuatro en punto volvió a llamar al Star Center y le dijeron por quinta vez que Winston no estaba. En esta ocasión, sin embargo, la secretaria añadió que probablemente no iba a volver en todo el día. En anteriores llamadas, la secretaria se había resistido a revelar dónde estaba Winston o a darle el número de su busca. Para eso hubiera tenido que hablar con el capitán y McCaleb renunció, consciente del lío en el que metería a Winston si trascendía que no sólo simpatizaba con un sospechoso, sino que lo estaba ayudando.
Después de colgar, llamó a su teléfono del barco y reprodujo dos mensajes que había recibido en la última hora. El primero era de Buddy Lockridge y el segundo era un número equivocado, una mujer que decía que no estaba segura de tener el número correcto, pero que estaba buscando a alguien llamado Luther Hatch; Luther Hatch: el sospechoso en el caso en el que había conocido a Jaye Winston. Una vez realizada la conexión, reconoció la voz de ella en el mensaje. Le estaba pidiendo que la llamara.
Mientras marcaba el número que Winston le había dejado, lo recordó: era uno de los números de las oficinas del FBI en Westwood, donde trabajaba. Contestaron de inmediato.
– Winston.
– Soy McCaleb.
Silencio.
– Hola -dijo ella por fin-. Me preguntaba si habrías recibido el mensaje.
– ¿Qué pasa? ¿No puedes hablar?
– No mucho.
– Vale, entonces hablaré yo. ¿Saben que me estás ayudando?
– No, claro.
– Pero estás ahí porque el FBI se ha hecho cargo de la investigación, ¿no?
– Ajá.
– Bueno, ¿has tenido ocasión de mirar esos nombres?
– Me he pasado todo el día con eso.
– ¿Has conseguido algo? ¿Hay alguno que pinte bien?
– No, no hay nada.
McCaleb cerró los ojos y maldijo en silencio. ¿Dónde se había equivocado? ¿Cómo podía ser eso un callejón sin salida? Estaba confundido y su cabeza repasaba las posibilidades. Se preguntaba si Winston había tenido el tiempo necesario para estudiar la lista a fondo.
– ¿Hay algún sitio o momento en el que pueda hablar contigo de esto? Tengo que hacerte algunas preguntas.
– Dentro de un ratito podré. ¿Por qué no me das un número de teléfono y te llamo?
McCaleb se mantuvo en silencio mientras lo pensaba. Pero no tardó mucho. Como Winston le había dicho la noche anterior, se estaba jugando el cuello por él. Pensaba que podía fiarse de ella, le dio el número de Graciela.
– Llámame en cuanto puedas.
– Lo haré.
– Una última cosa. ¿Han ido ya al jurado de acusación?
– No, todavía no.
– ¿Cuando lo harán?
– Te veo mañana por la mañana, entonces. Adiós.
Ella colgó antes de escucharle maldecir en voz alta. A la mañana siguiente iban a pedir que se presentaran cargos contra él por asesinato. Y McCaleb estaba seguro de que obtenerlos sería una formalidad. Los jurados de acusación siempre se decantaban del lado de la fiscalía. En el caso de McCaleb, sabían que todo lo que tenían que hacer era enseñar la cinta del Sherman Market y luego presentar el pendiente encontrado en el curso del registro de su barco. Estarían organizando conferencias de prensa para la tarde: el momento ideal para las noticias de las seis.
El teléfono sonó en su mano mientras estaba allí de pie, contemplando su sombrío futuro.
– Soy Jaye.
– ¿Dónde estás?
– En un teléfono público de la cafetería del FBI.
McCaleb recordó el sitio de inmediato, en un pasillo con máquinas expendedoras, a un lado del comedor de la cafetería. Era lo suficientemente privado.
– ¿Qué pasa, Jaye?
– La cosa no va bien. Están ultimando los detalles de lo que van a presentar esta noche al ayudante del fiscal. Mañana irán al jurado de acusación. Van a pedir un cargo de asesinato por Gloria Torres y Kang. Después, se tomarán su tiempo antes de añadir el de Cordell y Kenyon.
– Vale -dijo McCaleb, que no sabía qué contestar. No tenía sentido seguir maldiciendo en voz alta.
– Mi consejo es que te entregues, Terry. Cuéntales lo que me constaste a mí y los convencerás. Estaré a tu lado, pero ahora mismo estoy atada de pies y manos. Tengo información sobre el buen samaritano que no debería tener. Si la revelo, me hundiré contigo.
– ¿Y qué hay de la lista? ¿Nada de nada?
– Mira, eso sí lo he hablado con ellos para tener tiempo de trabajarla. Esta mañana he llegado y les he dicho que si queríamos estar preparados para contrarrestar tu defensa teníamos que investigar a los otros receptores de los órganos de Gloria Torres. Yo dije que tenía una fuente que nos filtraría la lista de nombres sin tener que pedir una orden judicial, etcétera, etcétera, y les pareció fantástico. Me dieron el día. Pero no hay nada, Terry. Lo siento, pero he comprobado todos los nombres. No he conseguido nada.
– Cuéntame.
– Bueno, no tengo la lista, pero…
– Espera un segundo.
McCaleb entró en la habitación de Graciela, donde había visto la copia de la lista que le había dado a ella. Leyó el primer nombre a Winston.
– J. B. Dickey, tiene el hígado.
– Bueno, él no lo hizo. Le hicieron el trasplante, pero se presentaron complicaciones y murió tres semanas después de la operación.
– Eso no significa que no lo hiciera.
– Ya lo sé, pero he hablado con el cirujano del St. Joseph. Era un caso de caridad. El tipo estaba en MediCal y el hospital se hizo cargo del resto. No era un hombre con dinero ni contactos para contratar a un asesino, Terry. Vamos.
– Bueno, el siguiente. Tammy Domike, uno de los riñones.
– Bien, es una maestra de escuela. Tiene veintiocho años, está casada con un carpintero y tiene dos hijos. Tampoco encaja. Es sólo…
– William Farley, el otro riñón.
– Es un agente de tráfico retirado de Bakersfield. Está en silla de ruedas desde hace doce años, desde que le pegaron un tiro en la columna cuando paró a alguien por rutina. Nunca detuvieron al que le disparó.
– Podría tener amigos que lo hicieran por él -musitó McCaleb en voz alta.
Winston guardó silencio un buen rato antes de contestar.
– Es poco probable, Terry. O sea, escucha lo que acabas de…
– Lo sé, lo sé, no importa. ¿Y los ojos? Christine Foye tiene las córneas.
– Sí. Se gana la vida vendiendo libros y acaba de salir de la facultad. Tampoco es ella. Mira, Terry, esperábamos que uno de estos tipos fuera un millonario, o un político o alguien con la pasta para hacer esto. Alguien obvio. Pero no hay nadie. Lo siento.
– Así que sigo siendo el mejor y único sospechoso.
– Por desgracia.
– Gracias, Jaye, me has ayudado mucho. Tengo que irme.
– ¡Espera! Y no te cabrees conmigo. Soy la única que te ha escuchado, ¿recuerdas?
– Lo sé, perdona.
– Bueno, hay otra cosa en la que estaba pensando. No quería decírtelo hasta que tuviera tiempo para comprobarlo. Voy a ponerme mañana. Estoy trabajando en una petición de información ahora mismo.