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—Eso significa gato —dijo Astor.

—Después, un poco de tierra con alto contenido en nitrógeno, tal vez tierra orgánica, como la que utilizan en las plantas de interior. —Hablé a Cody sin alzar la vista—. ¿Adónde llevasteis al gato? ¿Al garaje? ¿Donde vuestra madre trabaja con sus plantas?

—Sí —dijo.

—Aja. Ya me lo pensaba. —Volví a mirar en el microscopio—. Ah, mirad aquí. Es una fibra sintética, de una alfombra. Es azul. —Miré a Cody y enarqué una ceja—. ¿De qué color es la alfombra de tu cuarto, Cody?

Sus ojos se abrieron de par en par.

—Azul.

—Sí. Si quisiera ser minucioso, compararía esto con un fragmento que me llevé de tu habitación. Después, te freirían. Demostraría que estuviste con el gato. —Volví a mirar en el ocular—. Caramba, alguien ha comido pizza hace poco. Ah, y hay un trozo de palomita de maíz. ¿Te acuerdas de la película de la semana pasada?

—Quiero ver, Dexter —protestó Astor—. Es mi turno.

—De acuerdo —dije, y la senté en un taburete al lado de Cody para que pudiera mirar por el microscopio.

—Yo no veo palomitas de maíz —dijo al instante.

—Esa cosa redonda y marrón del rincón —dije. Calló un momento, y después me miró.

—No puedes descubrir todo eso —dijo—, aunque mires por el microscopio.

Me complace admitir que estaba presumiendo, pero al fin y al cabo, ésa era la esencia de todo el episodio, así que estaba preparado. Cogí una libreta de anillas que había preparado y la abrí sobre el banco.

—Sí que puedo —dije—. Y muchas cosas más. Mira. —Localicé una página con fotos de diferentes pelos de animales, elegida con cuidado para exhibir la mayor variedad—. Aquí está el pelo de gato —dije—. Muy diferente del de cabra, ¿veis? —Pasé la página—. Y fibras de alfombra. No se parecen a las de una camisa, ni a las de una toalla.

Los dos miraron el libro y pasaron las diez o doce páginas que había juntado para demostrarles que, pues sí, puedo descubrirlo. Estaba todo dispuesto de manera que un forense pareciera algo más omnisciente y todopoderoso que el Mago de Oz, por supuesto. Y para ser justos, podemos hacer casi todo lo que les enseñé. La verdad es que no parece servir de gran cosa a la hora de pillar a los malos, pero ¿para qué iba a estropearles una tarde tan mágica?

—Volved a mirar en el microscopio —dije al cabo de unos minutos—. A ver qué más podéis descubrir.

Obedecieron, muy ansiosos, y durante un rato se lo pasaron en grande.

Cuando por fin levantaron la vista, les dediqué una sonrisa jubilosa.

—Todo esto recogido en un zapato limpio —dije. Cerré el libro y los observé mientras meditaban al respecto—. Y sólo utilizando el microscopio. —Moví la cabeza en dirección a las máquinas centelleantes que llenaban la sala—. Imaginad lo que podemos descubrir cuando utilizamos todo eso.

—Sí, pero podríamos ir descalzos —dijo Astor.

Asentí como si hubiera dicho algo sensato.

—Sí, podríais. Y yo podría hacer algo como esto: dame la mano.

Astor me miró unos segundos, como temerosa de que fuera a cortarle el brazo, pero al final lo extendió poco a poco. Lo sujeté y, utilizando un cortaúñas que saqué del bolsillo, hurgué debajo de sus uñas.

—Ya verás lo que sale de aquí —dije.

—Pero si me he lavado las manos —dijo Astor.

—Da igual —dije. Deposité las motas de materia sobre otra placa y la coloqué bajo el microscopio—. Bien, pues…

T UMP.

Sería un poco melodramático decir que todos nos quedamos petrificados, pero es cierto. Los dos me miraron, yo los miré, y todos nos olvidamos de respirar.

T UMP.

El sonido se estaba acercando, y me costó mucho recordar que estábamos en la jefatura de policía y, por lo tanto, a salvo por completo.

—Dexter —dijo Astor con voz algo temblorosa.

—Estamos en la jefatura de policía —dije—. No corremos ningún peligro.

T UMP.

Se detuvo, muy cerca. Se me erizó el vello de la nuca y me volví hacia la puerta cuando se abrió poco a poco.

El sargento Doakes. Se detuvo en el umbral, con la mirada llameante, que parecía haberse convertido en su expresión permanente.

—Uú —dijo, y el sonido fue casi tan inquietante como su aparición, pues salía de una boca sin lengua.

—Pues sí, soy yo —dije—. Me alegro de que se acuerde.

Avanzó un paso más, Astor saltó del taburete y corrió hacia las ventanas, lo más lejos posible de la puerta. Doakes se detuvo para mirarla. Después sus ojos se desviaron hacia Cody, quien bajó del taburete y le miró sin parpadear.

Doakes miró a Cody. Cody sostuvo su mirada, y Doakes respiró hondo, en una imitación muy pasable de Darth Vader. Después volvió la cabeza hacia mí y avanzó otro paso con rapidez, de manera que estuvo a punto de perder el equilibrio.

—Uú —repitió, esta vez en un susurro—. ¡ Ní-os!

—¿Ní-os? —repetí, y la verdad es que estaba perplejo y no deseaba provocarle. O sea, si insistía en ir dando tumbos por ahí asustando a los niños, lo menos que podía hacer era llevar papel y lápiz para comunicarse.

Por lo visto, era pedir demasiado, porque respiró de nuevo como Darth Vader y señaló con su garra de acero a Cody.

—Ní-os —repitió, en una especie de rugido.

—Me busca a mí —dijo Cody. Me volví hacia él, sorprendido de que hablara con Doakes delante, como una pesadilla convertida en realidad. Pero claro, Cody no tenía pesadillas. Se limitó a mirar a Doakes.

—¿Por qué a ti, Cody? —pregunté.

—Vio mi sombra —dijo el niño.

El sargento Doakes avanzó otro paso hacia mí. Su garra derecha chasqueó, como si hubiera decidido atacarme por voluntad propia.

—Uú. Ta-én. Cr-t-no.

Por lo visto, algo tramaba, pero también estaba claro que debería resignarse a la mirada asesina silenciosa, pues era casi imposible comprender las sílabas pastosas que salían de su boca mutilada.

—Uk. Uú. Ta-én —susurró, y era una condenación tan clara de todo cuanto era Dexter, que al fin comprendí que me estaba acusando de algo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté—. Yo no he hecho nada.

—Ní-o —dijo, y señaló de nuevo a Cody.

—Ni yo tampoco —dije.

Admito que le entendí mal a propósito. Estaba diciendo «niño» y le salía como «ni-o» porque carecía de lengua, pero mi aguante tenía un límite. Había quedado dolorosamente patente que los intentos de comunicación verbal de Doakes habían tenido un éxito muy limitado, pero él insistía en probar. ¿Es que aquel hombre había perdido el sentido de la decencia?

Por suerte para todos, nos interrumpió un taconeo en el pasillo, y Deborah entró como una tromba en la sala.

—Dexter —dijo. Calló cuando vio la estrambótica escena de Doakes con la garra levantada hacia mí, Astor aplastada contra la ventana y Cody con un escalpelo en la mano, dispuesto a utilizarlo contra Doakes.

—¿Qué coño pasa aquí? —dijo Deborah—. ¿Doakes?

El hombre dejó caer la mano muy poco a poco, pero no apartó los ojos de mí.

—Te he estado buscando, Dexter. ¿Dónde estabas?

Estaba tan agradecido por su oportuna interrupción, que me abstuve de subrayar lo absurdo de su pregunta.

—Pues aquí, aleccionando a los niños —dije—. ¿Y tú?

—Camino de Dinner Key —contestó—. Han encontrado el cadáver de Kurt Wagner.

33

Deborah nos condujo a través del tráfico a una velocidad digna de un circuito de carreras. Intenté pensar en una manera educada de indicarle que íbamos a ver un cadáver, el cual no era probable que escapara, así que por favor fuera más despacio, pero no se me ocurrió ninguna frase que no la impulsara a levantar las manos del volante para intentar estrangularme.