– Perdóname, Clara, pero tengo que preguntártelo -solté finalmente de manera brusca-, porque me está volviendo loca. ¿Dónde se están quedando tus parientes?
Clara me miró, sorprendida.
– Esta es su casa. Se están quedando aquí, por supuesto.
– ¿Pero dónde exactamente? -insistí. Estaba a punto de confesar cómo les había puesto trampas inútilmente, pero decidí no hacerlo.
– ¡Oh! Veo a qué te refieres -dijo-. No has encontrado ninguna señal de su presencia, pese a tus esfuerzos por hacerla de detective. Pero eso no es ningún misterio. Nunca los ves porque se están quedando del lazo izquierdo de la casa.
– ¿Y nunca salen?
– Sí salen, pero evitan el lado derecho, porque tú estás alojada aquí y no quieren molestarte. Saben cuánto valoras tu privacía.
– ¿Pero no mostrarse nunca? ¿No es llevar demasiado lejos la idea de privacía?
– De ninguna manera -contestó Clara-. Necesitas la soledad total para poder concentrarte en tu recapitulación. Cuando dije que tendrías una visita hoy, quise decir que una de mis parientes vendrá del lado izquierdo de la casa adonde nosotras estamos, para conocerte. Ha tenido mucho interés en hablar contigo, pero debió esperar a que te purificaras en forma mínima. Ya te dije que conocerla será aún más agotador que conocer al nagual. Necesitas acumular poder suficiente o de otro modo perderás el dominio de ti, como te pasó con el nagual.
Clara me ayudó a colocar las hojas en mi estómago y a amarrarlas con la faja.
– Estas hojas y esta faja te protegerán de los embates de la mujer -indicó Clara; me miró y agregó con voz suave- y de otros golpes también. Hagas lo que hagas, no te la quites.
– ¿Qué me pasará? -pregunté, mientras nerviosamente metía más hojas.
Clara se encogió de hombros.
– Eso dependerá de tu poder -dijo y dio un firme jalón al nudo de la tela-. Pero a juzgar por tu aspecto, sólo Dios sabrá.
Con dedos temblorosos volví a abrocharme la camisa y me la metí en los pantalones holgados. Me veía abotagada con la ancha faja color azafrán ciñéndome la cintura. Las hojas me cubrían el abdomen como un quebradizo y rasposo cojín. Sin embargo, gradualmente mi estómago agitado dejó de temblar; se calentó y todo mi cuerpo se calmó.
– Ahora siéntate en el montón de hojas y has lo que hacen las gallinas -ordenó Clara.
Debo haberla mirado con sorpresa, porque me preguntó:
– ¿Qué crees que hacen las gallinas al empollar?
– Realmente no sabría decirte, Clara.
– La gallina permanece quieta y escucha a los huevos que tiene debajo de ella, dirige hacia ellos toda su atención. Escucha y no permite que su concentración se desvíe. De esta manera inflexible dirige su intento a la incubación de los pollos. Se trata de un escuchar sosegado que los animales hacen en forma natural, pero que los seres humanos hemos olvidado y que por lo tanto debemos cultivar.
Clara se sentó en una piedra gris grande y pálida, de cara hacia mí. La piedra tenía una depresión natural y parecía un sillón.
– Ahora dormita como lo hace la gallina y escúchame hablar con tu oído interno. Concéntrate en la calidez del interior de tu matriz y no te dejes distraer. Debes estar consciente de los sonidos a tu alrededor, pero no permitas que tu mente los siga.
– ¿De veras tengo que estar sentada aquí de esta manera, Clara? Digo, ¿no sería mejor que simplemente me echara una vigorizante siesta?
– Me temo que no. Como te dije, la presencia de nuestra visita es terriblemente agotadora. Si no reúnes energía suficiente, te hundirás lastimosamente. Créeme, yo soy un pan de azúcar comparada a ella. Es más parecida al nagual, despiadada y dura.
– ¿Por qué es tan agotadora su presencia?
– No puede evitarlo. Se encuentra tan retirada de los seres humanos y las preocupaciones de éstos que su energía podría desmoronarte por completo. A estas alturas ya no hay diferencia entre su cuerpo físico y su doble etéreo. Lo que quiero decir es que es una bruja maestra.
Clara me dirigió una mirada escrutadora y comentó acerca de mis oscuras ojeras.
– Has estado leyendo por la noche a la luz del quinqué, ¿verdad? -me reprendió-. ¿Por qué crees que no hay electricidad en las recámaras?
Le dije que no había leído una sola página desde el día en que llegué a su casa, porque la recapitulación y todas las demás cosas que me pedía no me dejaban tiempo para nada más.
– De todas maneras no soy muy aficionada a la lectura -admití-. Pero de vez en cuando curioseo por los libreros que tienes en los pasillos -no le dije que en realidad iba ahí a husmear, para ver si sus parientes habían retirado alguno de los libros.
Se rió y dijo:
– Algunos miembros de mi familia son lectores ávidos. Yo no soy una de ellos.
– ¿No lees por placer, Clara?
– No. Leo para informarme. Pero algunos de los otros sí leen por placer.
– ¿Entonces por qué no he notado nunca que falte algún libro? -pregunté, tratando de aparentar indiferencia.
Clara soltó una risita.
– Cuentan con su propia biblioteca del lado izquierdo de la casa -indicó, y luego me preguntó- ¿Tú no lees por placer, Taisha?
– Desafortunadamente, también leo sólo para informarme -repliqué.
Le conté a Clara que el placer de la lectura fue cortado en flor, en mi caso, cuando iba en la primaria. Uno de los amigos de mi padre, dueño de una distribuidora de libros, tenía la costumbre de regalarle a éste cajas llenas de libros agotados. Mi padre solía revisarlas y pasarme las obras literarias, que me mandaba leer además de mi tarea normal. Siempre di por sentado que se refería a que las leyera de principio a fin. Es más, creí que debía terminar un libro antes de seguir con otro. Fue una sorpresa total para mí cuando más adelante averigüé que algunas personas se ponen a leer varios libros en forma simultánea, alternando entre ellos de acuerdo con su estado de ánimo.
Clara me miró y meneó la cabeza, como si fuera una causa perdida.
– Los niños hacen cosas extrañas cuando se encuentran bajo presión -afirmó-. Ahora entiendo por qué saliste tan compulsiva. Apuesto a que si recapitularas las historias que leíste en esos libros te sorprenderías con lo que te saldría al encuentro. De niños no podemos debatir lo que nos es presentado, así como tú no pudiste debatir tu idea de que tuvieras que leer un libro desde la primera hasta la última página. Todos los miembros de mi familia tenemos un serio debate con el resto del mundo acerca de lo que se les hace a los niños.
– Conocer a tu familia se ha convertido en una obsesión para mí, Clara.
– Es muy natural. He hablado mucho sobre ellos.
– No es sólo eso, Clara -dije-. Más bien se trata de una sensación física. No sé por qué, pero no puedo dejar de pensar en ellos. Incluso sueño con ellos.
En cuanto hube dado voz a este hecho, algo encajó en mi mente. Bruscamente confronté a Clara con una pregunta. Puesto que ella me había conocido desde antes y su primo, siendo mi casero, también me conocía, se me vino a la mente la idea de que yo ya debía conocer a sus otros parientes.
– Naturalmente todos te conocen -dijo Clara, como si fuera de lo más obvio, pero no respondió a mi pregunta.
No me imaginaba quiénes pudiesen ser.
– Déjame hacerte una pregunta directa, Clara. ¿Los conozco yo? -insistí.
– Todas éstas son preguntas imposibles, Taisha. Sería mejor, creo, que no las hicieras.