Nicole suspiró.
– No tengo la respuesta. Me gustaría poder decirte que has confiado demasiado en ella, pero quizá hubiera ocurrido de todos modos. Es lo que hacen los adolescentes, o por lo menos algunos. Jesse descubrió a los chicos cuando tenía quince años. Yo estaba horrorizada, pero si no la encerraba en su habitación, no podía hacer otra cosa. Lo intenté con horas de llegada estrictas, con castigos, telefoneando a los padres de todos sus amigos para saber si estaba realmente donde había dicho…, pero ella encontró la manera.
Nicole se apoyó en el respaldo del sofá.
– No sé en qué momento se estropearon las cosas, pero créeme, he intentado dar con él. Quería que ella lo tuviera todo, pero nuestras definiciones de «todo» eran distintas.
– Su madre se sentiría muy decepcionada -dijo él-. No sé qué le habría dolido más, si el error que ha cometido Brittany o que yo no lo haya evitado.
– ¿Me estás escuchando? ¿Cómo ibas a detenerla? No tenías ningún motivo para desconfiar de ella.
– Debería haberlo sabido.
– Fustigarte no va a resolver el problema.
– Quieres decir que no siga pensando en mí.
– Más o menos.
– Y seguramente, vas a decirme que no suba y la obligue a hablar conmigo.
– Sí.
Él miró hacia el techo. Siempre había sido capaz de hablar con Brittany. Siempre habían sido capaces de resolver sus problemas. ¿Por qué tenía que ser distinto aquello?
– Todavía estoy furioso con Raoul -murmuró Hawk-, pero ya no tengo tanta energía para matarlo.
– Estoy segura de que se va a emocionar cuando sepa la noticia.
Él se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre los muslos.
– No sé qué hacer.
– No tienes que hacer nada en este momento. Tómate un poco más de tiempo.
– Le concedo un día más -dijo él-. Luego tendrá que hablar conmigo.
– Me parece justo.
Hawk se puso en pie y fue hasta la puerta.
– ¿Tú estás bien?
– No, pero sobreviviré. Los cachorritos de Sheila son una buena distracción.
– Más bebés.
Ella asintió.
– Que quede claro que en cuanto termine de dar de mamar, voy a esterilizarla.
Hawk estaba esperándola en el jardín trasero de su casa, con la barbacoa encendida y una botella de vino enfriándose en la hielera. Nicole empujó la puerta.
– ¿Es seguro pasar?
– Yo mismo te he invitado.
– Pensaba que quizá fuera una trampa.
Hawk la había llamado una hora antes y le había pedido que fuera a cenar con él. Nicole se había quedado sorprendida, pero había aceptado. Tenían cosas de las que hablar.
– No es ninguna trampa -aseguró él. Después la estrechó contra sí y la besó.
Pese a todo, ella se derritió entre sus brazos y se abandonó a la sensación que le producían sus labios. La pasión se encendió, e hizo que se sintiera débil y fuerte a la vez. El fuego que ardió entre ellos prometía curar o, al menos, permitirles olvidar por un rato.
Para Nicole nunca había sido así. La velocidad con la que él la excitó, lo mucho que lo deseaba, que quería que estuvieran juntos.
Nicole metió los dedos entre su pelo y se apoyó en él. Sus músculos eran duros, como su erección. Él bajó las manos hasta su trasero y se lo apretó.
El deseo se volvió algo vivo e innegable. Nicole olvidó lo que hubiera planeado que iba a decir y, en vez de hablar, deslizó las manos bajo su camiseta para poder acariciarle la piel. Él era fuerte y tentador, todo lo que ella había deseado siempre.
Hawk la soltó el tiempo suficiente para apagar la barbacoa y después la empujó suavemente hacia la puerta trasera de la casa. Una vez dentro, él agarró el bajo de su camiseta y se la sacó por la cabeza. Mientras se besaban y él le succionaba el labio inferior, le desabrochó el sujetador y lo arrojó a una silla. Entonces le acarició las curvas. Nicole estaba perdida.
Sus manos estaban por todas partes. En sus pechos, sus costados, su espalda. Le bajó los pantalones y metió los dedos entre sus piernas. Ella ya estaba caliente y húmeda. Hawk encontró el punto más sensible de su cuerpo y comenzó a acariciarlo. A ella se le tensaron todos los músculos. Se besaron una y otra vez mientras él dibujaba círculos y rozaba, y después hundía los dedos dentro de ella. No era suficiente. Nunca sería suficiente, pensó Nicole frenéticamente. Necesitaba a Hawk por completo.
Mientras movía las caderas y sentía que se acercaba más y más, comenzó a desabrocharle los pantalones. Él hizo que los dos se movieran hacia atrás hasta que Nicole sintió el borde de la mesa de la cocina contra los muslos. Él la sentó sobre la superficie dura. Ella se quitó el resto de la ropa, se deslizó hacia atrás y separó las piernas.
Hawk se bajó los pantalones y la ropa interior y entró en ella de una acometida. Ella se arqueó hacia atrás y se apoyó con los brazos en la mesa. Suavemente, cerró los ojos.
Él entró y salió de ella, llevándola cada vez más alto. Le acariciaba el clítoris con una mano mientras con la otra jugueteaba en sus pechos. La habitación estaba silenciosa salvo por el sonido de su respiración y de sus jadeos, y ella se acercaba más y más al orgasmo.
– Hawk -susurró, y le rodeó las caderas con ambas piernas-, más fuerte.
Se refería a todo. A sus caricias, al modo en que la llenaba una y otra vez. Más rápidamente y con más fuerza, la tomó hasta que ella no tuvo más remedio que perderse en una convulsión líquida de placer.
Él la siguió inmediatamente, gruñendo su nombre y estremeciéndose. Luego se quedaron inmóviles.
Después de un par de respiraciones profundas, ella comenzó a percatarse de que estaba desnuda… sobre la mesa de la cocina de Hawk. Abrió los ojos y lo encontró mirándola.
– Tú desayunas aquí -dijo.
Él sonrió.
– Ya lo sé.
– A lo mejor tienes que limpiar antes de mañana por la mañana.
Él se rió y la besó.
– Eres increíble.
– Eso tengo entendido. Ha salido en los periódicos. Estoy pensando en hacerme unas tarjetas.
Hawk le apartó el pelo de la cara.
– Gracias.
– ¿Por?
– Por todo.
Ella suspiró, sabiendo que podría hacer aquello con él para siempre. No sólo el sexo, sino todo lo demás. Mirarlo a los ojos, estar a su lado, compartir. Entonces su estómago emitió un rugido.
Hawk sonrió.
– ¿No estás comiendo mucho estos días?
– He tenido un poco de estrés.
– ¿Qué te parece un plato de salmón?
– Muy bien.
Hawk retrocedió y Nicole bajó al suelo. Él la ayudó a encontrar la ropa y después abrió una botella de vino mientras se vestía. Él sólo tuvo que subirse los pantalones y abrochárselos. Los hombres lo tenían todo tan fácil…, aunque ella no tenía queja.
Después de cenar, Nicole se acurrucó junto a Hawk en el sofá.
– Probablemente, deberíamos pelearnos ahora.
– ¿Es lo siguiente de la lista?
– Tenemos mucho de lo que hablar.
– Brittany.
– Sobre todo -dijo ella, y posó una mano en su muslo-. Tu hija está muy mimada y es inmadura.
– Lo sé.
Aquella respuesta sorprendió a Nicole.
– Pensaba que ibas a negarlo.
– Quiero negarlo, pero no puedo. Yo no tenía intención de que fuera así. Serena la educó mejor que yo. Cuando murió, sólo quedamos Brittany y yo, y algunas veces hice lo que era más fácil en vez de lo que estaba bien.
Aquello no se lo esperaba.
– ¿Quieres decir que es culpa tuya?
– En gran parte, sí. Brittany no es mala chica.
– No, claro que no, pero está acostumbrada a salirse con la suya, y Raoul la quiere tanto que hará lo que ella diga -afirmó Nicole-. No creo que deban casarse.
– Estoy de acuerdo, pero cuando cumpla dieciocho, no podré impedírselo.
Nicole no estaba tan segura. Si Hawk era serio y sincero con Brittany, quizá pudiera cambiar las cosas. Amenazar a Raoul no iba a servir de nada, porque era un chico demasiado responsable.