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—¿Te refieres a tu descubrimiento, Majere? —preguntó el Custodio.

—Sí. Creo que puede tener una gran repercusión en cualesquiera acciones que emprendamos contra los dragones. —Palin se puso de pie y apoyó las puntas de los dedos sobre la mesa—. Me parece que he descubierto cómo realizar conjuros.

—¿Cómo es posible? —El tono del Hechicero Oscuro puso de manifiesto que la afirmación de Palin lo había intrigado.

—No dejaba de pensar que dependía de mí discurrir el modo de traer de nuevo la magia a Krynn. Me negaba a aceptar que hubiera desaparecido así, sin más. Y entonces se me ocurrió que quizá yo era capaz de hacerla, yo personalmente, y que tal vez la magia no había desaparecido de nuestro mundo.

—Todos hemos deseado eso mismo. Todos lo hemos intentado —adujo el Custodio.

—Sí, pero sólo hemos intentado usar la magia del mismo modo que lo habíamos hecho siempre. Este no es el mismo Krynn que era hace treinta años. Siempre utilizamos la magia de la Alta Hechicería que nos fue entregada por los dioses hace milenios, pero ellos ya no están. Ahora no contamos con su ayuda, por lo tanto, naturalmente, no podemos acceder a la magia de Krynn con el mismo método anterior.

—La magia de Krynn —dijo el Hechicero Oscuro al tiempo que asentía con la cabeza.

—¡Sí! Y aún sigue aquí esa magia innata, primigenia, que todavía trasciende a nuestro mundo... La magia de Krynn.

—Pero ¿cómo utilizarla sin conjuros escritos o aprendidos de memoria? —preguntó el Custodio, echándose hacia adelante en su silla.

—Buscad vosotros el modo —respondió Palin con entusiasmo.

Los otros dos hechiceros parecieron ofenderse con sus palabras y se recostaron en sus sillas.

—Lo que quiero decir es que tenéis que buscar la magia de Krynn a vuestro modo, tejiendo vuestros propios y exclusivos conjuros —aclaró Palin en voz queda.

—Si uno puede sentir la magia, puede moldearla a voluntad —comentó el Hechicero Oscuro tan de improviso que sorprendió a Palin.

Los tres se miraron entre sí, y durante largos minutos el único sonido que se escuchó fue el silbido del viento en la escalera de caracol que había al otro lado de la puerta de la cámara.

—Esta nueva hechicería tuya podría no llegar a ser nunca tan poderosa como la antigua —dijo el Custodio con un tono de pesar.

—Es cierto que tiene menos poder, al menos, por ahora —hubo de admitir Palin de mala gana.

El silencio volvió a adueñarse de la cámara.

—Quizá se podría extraer la energía de un objeto mágico para aumentar la potencia del conjuro —sugirió el Hechicero Oscuro.

Palin sonrió al tiempo que asentía con la cabeza a medida que la idea le parecía más y más razonable. Su sonrisa se borró al reparar en la expresión preocupada que había en el negro semblante del Custodio.

—Si existe la posibilidad de ejecutar un conjuro agotando la magia de un objeto, nadie deberá saberlo.

—¡Mantenerlo en secreto, dices! —exclamó Palin, mirándolo enojado.

—¡Desde luego! Mantenerlo en secreto es lo más aconsejable. ¿Qué quieres que hagamos, Majere? ¿Levantar la veda de los artefactos más preciados de Ansalon? Se nos acaba de ocurrir esta idea. ¿Quién puede afirmar siquiera que funcionará? ¿Tú qué opinas, Hechicero Oscuro?

—Creo que lo mejor sería reflexionar sobre el asunto durante un tiempo —respondió en voz queda el interpelado.

Palin se hundió en su silla.

—Concentrémonos pues en lo que sí podemos hacer —dijo.

—Correcto —abundó el Hechicero Oscuro—. Esta nueva hechicería debe revelarse como una sorpresa a los dragones. Voto por lanzar un ataque sobre Beryl.

—Tu entusiasmo es loable, colega, pero ¿no te parece que antes deberíamos aprender cómo ejecutar los conjuros? —preguntó el Custodio.

—Lo digo porque los elfos necesitan desesperadamente ayuda. Es una de las razones por la que nos hemos reunido —contestó el otro mago.

La discusión se alargó hasta la noche, pasada la hora en que Palin tendría que haber ido a cenar con sus hijos. Usha se marchó sola, susurrando que lo entendía y que Linsha y Ulin también se harían cargo.

Palin no pudo dormir esa noche, aunque esta vez el insomnio se debía más a la excitación que a la preocupación. El Custodio de la Torre había declarado que su reunión constituía el último Cónclave de Hechiceros, y le había dado instrucciones para disolver las antiguas Órdenes de magos y abrir una escuela en la que enseñar la nueva hechicería. Y, aunque no disponían de magia suficiente para destruir a Beryl, iban a intentar expulsarla. El futuro de la raza elfa dependía de que ellos infligieran a la hembra Verde una derrota, aunque ésta no fuera definitiva.

Por fin Palin disponía de medios para hacer algo, y eso lo alegraba, pero también se sentía solo de algún modo, agobiado con el peso de una gran responsabilidad. ¿Dónde estaban los dragones bondadosos? ¿Dónde estaban los de Bronce, los de Latón, los Dorados, los Plateados, y los de Cobre? ¿Dónde estaban los que siempre habían ayudado a los hombres?

Sus pensamientos retrocedieron unas cuantas décadas, a la guerra de Caos. Había visto volar a los Azules al lado de los Dorados, algunos con jinetes y otros solos, todos unidos bajo la misma bandera. Entonces no había dragones perversos, a su entender. Simplemente eran paladines que luchaban para salvar Krynn. Ese día murieron más hombres que dragones, tanto Caballeros de Takhisis como Caballeros de Solamnia, ya que dejaron a un lado sus lealtades por una causa común. Y, cuando la batalla terminó, los caballeros, en otros tiempos enemigos, fueron enterrados juntos en una tumba erigida en Solace para honrar a los héroes caídos.

«Krynn necesita nuevos campeones —pensó Palin—. Si ésta es realmente la Era de los Mortales, entonces los mortales tienen que reclamar la tierra. Quizá Goldmoon nos ayude a encontrarlos.»

9

El ejército de dracs

—Me recuerdan un rebaño. —La voz de Malys estaba cargada de desprecio.

—¿Los humanos? —inquirió Khellendros.

La majestuosa hembra Roja asintió con la testa.

—Y también los elfos, los enanos, los gnomos. Todos ellos. Incluso los kenders. Sobre todo los alegres, lastimosos kenders. Los despreciables kenders con sus insignificantes armas, insolentes sonrisas y molestas chanzas. Me apoderé de sus tierras, y no pudieron hacer nada para impedírmelo.

Malys estaba tumbada sobre su vientre en el cubil de la meseta, al sur de Flotsam, dejando que el sol de última hora de la tarde le caldeara las escamas. Cerró los ojos y soltó un gruñido suave, satisfecho. Le encantaba el calor. Khellendros estaba sentado delante de ella.

—Hay humanos que aspiran a la grandeza —empezó—. Por lo menos, algunos.

—Eres blando al pensar así —siseó la hembra.

—Soy inteligente al admitirlo —replicó Khellendros—. Los humanos y sus aliados han sido responsables de ahuyentar dragones de la faz de Krynn con anterioridad. No se los debería tomar a la ligera.

Malys arqueó el escamoso entrecejo, abrió un ojo y en silencio lo instó a continuar.

—Este mundo ha sido testigo de tres guerras de dragones, cuatro si esta última puede llamarse así —explicó el Azul—. Todas fueron gloriosas, y devastadoras, para nuestra especie. En la primera, hace casi cuatro mil años, los elfos intentaron expulsarnos de la que ellos consideraban su tierra. Era nuestra, y habríamos vencido, ya que los elfos no eran lo bastante numerosos para hacernos frente. Pero los dioses de la magia los ayudaron, entregándoles varias piedras encantadas que capturaron los espíritus de los dragones y absorbieron su fuerza; entonces los elfos enterraron las piedras en las entrañas de las montañas más altas. Los dragones se debilitaron y fueron expulsados del mundo.