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—¡Cuidado! —gritó Ampolla. Agitó los cortos brazos en dirección al bandido de más edad, que se había agachado para recoger su espada.

Un gruñido escapó de los labios de Dhamon, que giró hacia la derecha al tiempo que su espadón trazaba un amplio arco. El bandido joven no estaba preparado para este movimiento, y siguió adelantándose al no poder frenar el impulso. El arma de Dhamon pasó por encima de la espada de su oponente y abrió un profundo tajo en el pecho del asaltante. Una expresión de sorpresa asomó a su semblante, soltó la espada, y cayó de rodillas, con las manos crispadas sobre la creciente línea roja de la túnica. Un instante después, se desplomó de bruces sobre los rescoldos mortecinos de la lumbre.

Dhamon saltó por encima del cuerpo y se enfrentó al hombre de más edad.

—Te repetiré mi oferta —siseó entre los dientes apretados. Tuvo que adelantar el arma para parar un violento golpe—. Da por terminado este asunto y márchate.

—¡Lo terminaré cuando te mate! —El bandido reanudó el ataque, intentando que Dhamon tropezara con el muerto que estaba tirado detrás de él.

Pero Dhamon saltó hacia un lado. El bandido estaba tan cerca de él que podía oler el penetrante hedor a sudor rancio que impregnaba las ropas del hombre.

El asaltante arremetió de nuevo, y Dhamon contuvo el aliento para evitar el nauseabundo olor. Se agachó, y vio pasar la ornamentada espada por encima de su cabeza. En ese momento, levantó su propia arma y la hincó profundamente en el estómago del hombre. Tiró para sacar la hoja al tiempo que su oponente se desplomaba pesadamente, muerto.

Dhamon sacudió la cabeza con tristeza, y se arrodilló entre los dos cadáveres. Inclinó la cabeza, soltó la espada en el suelo, y unió las manos ante sí. La suave brisa agitó los mechones de pelo que se habían soltado de la cola de caballo. Empezó a musitar palabras con actitud reverente.

—¿Está rezando? —susurró Raf.

—Eso parece —contestó Ampolla.

—¿Es que no sabe que los dioses se han marchado?, ¿que no hay nadie que oiga sus plegarias?

Ampolla se llevó un dedo a los labios, instando a Raf a guardar silencio.

—Dhamon no tiene ni un rasguño —susurró el kender—. Acaba de matar a dos hombres y ni siquiera se ha manchado de polvo. Y ahora está rezando junto a los cuerpos. Eran mala gente, y él reza por ellos.

Dhamon se levantó, recogió su espada, y fue hacia el arroyo. Limpió la sangre de la hoja, envainó el arma, y se volvió a atar el cabello.

—No eres granjero, ¿verdad? —preguntó Ampolla.

—No —contestó Dhamon.

A su espalda, Raf había empezado a parlotear otra vez mientras hurgaba en las posesiones de los hombres muertos. Se guardó casi todas las monedas y otras cosas interesantes que encontró en los cadáveres.

—¿Quieres esta bonita espada, Dhamon? —preguntó el kender—. Te la has ganado, y es demasiado larga para mí.

Dhamon sacudió la cabeza.

—Apuesto a que vale bastante —rezongó Raf por lo bajo.

—Probablemente el valor del pasaje a Schallsea —dijo Ampolla—. ¡Mira, Dhamon se marcha! Vamos.

—¡Espera! ¡Tengo que recoger mis cucharas!

13

El camino a la Escalera de Plata

Nuevo Puerto se alzaba al fondo de una bahía estrecha y alargada del Nuevo Mar. Era una ciudad bulliciosa que había experimentado un notable crecimiento con la llegada de los elfos que abandonaron los bosques de Qualinesti cuando la hembra de Dragón Verde se trasladó allí. No todos los elfos se habían marchado de los bosques ni todos los que partieron habían ido allí, pero los que lo hicieron aumentaron la población de manera espectacular y contribuyeron al rápido desarrollo de la localidad.

La ciudad estaba construida como una rueda. Los sectores residenciales más antiguos formaban el eje, y de él partían calles a manera de radios en las que abundaban las viviendas y los comercios. Los edificios más recientes eran los más alejados del centro de la población, salvo un sector de construcciones antiguas levantadas a lo largo de la costa.

Resultaba fácil distinguir el sector viejo de la ciudad del nuevo. El centro de la población constaba de recios edificios de piedra con techos de bálago. Los postigos y los marcos de las ventanas estaban desgastados y cubiertos de pintura desconchada. Al oeste, los edificios eran más pequeños, de madera, y recién pintados o sin el menor rastro de pintura. Algunos daban la impresión de que los hubieran amontonado, y sus paredes olían a pino recién cortado. En medio había chozas y cobertizos ocupados por personas que todavía no tenían hogares permanentes. La impresión general era la de una ciudad en expansión que progresaba, quizá creciendo demasiado deprisa.

Pero, a despecho de las apariencias, Nuevo Puerto no estaba prosperando. Los mendigos se amontonaban entre los edificios. Los pilludos jugaban en las puertas traseras de tabernas y posadas con la esperanza de conseguir algunas sobras comestibles entre las basuras o recibir de los cocineros la limosna de restos de comidas. Algunos establecimientos se encontraban cerrados o parecían estar desocupados y polvorientos.

Dhamon inició una conversación con un vendedor callejero, quien le explicó que muchos negocios no iban bien, y algunos habían cerrado las puertas porque los gastos de mantenerlos abiertos superaban las ganancias que podrían obtener. La gente gastaba lo imprescindible y ahorraba su dinero, que le haría falta para comprar el pasaje a otras tierras que fueran más seguras en caso de que la hembra Verde decidiera ampliar su territorio, situado al este de la ciudad. Casi todos los residentes estaban intranquilos, aunque lo disimulaban bien con sonrisas y talantes animados.

Los pescadores eran los únicos vecinos realmente felices de la comunidad, según el vendedor. Ahora que la orilla opuesta del Nuevo Mar se había convertido en un pantano debido a los cambios climáticos realizados por la hembra de Dragón Negro, las temperaturas cálidas se habían extendido hacia el oeste, alcanzando esta parte del mar, y la pesca había mejorado de manera considerable. La gente tenía que comer, así que los pescadores estaban haciendo ganancias al haber más bocas que alimentar.

Dhamon se paró en una esquina y compró una manzana a un gnomo. Los kenders hicieron otro tanto, y después dieron media vuelta y se dirigieron a buen paso hacia la zona del puerto.

La salada brisa del mar tenía un aroma intenso y agradable, mezclado con olor a pescado, cangrejos y langostas recién capturados. Dhamon vio a varios hombres pescando con redes y otros aparejos desde un viejo y estrecho muelle que se internaba en la refulgente bahía. Unos cuantos barcos estaban atracados en los muelles principales, donde el agua era más oscura y profunda. Era mediodía, así que la mayor parte de los barcos pesqueros aún estarían fuera durante varias horas más.

El trío no tardó mucho en encontrar un barco que hacía travesías más o menos regulares a la isla de Schallsea. Era un transporte mercante costero llamado Cazador del Viento. Construido con madera de álamo y pino, apenas medía quince metros de eslora, y sólo tenía un palo y una vela cuadrada. El capitán era un apuesto hombre de piel oscura y corto cabello negro. Era alto y musculoso, y lucía una limpia camisa amarilla de amplias mangas que se agitaban con la brisa. Sus pantalones de color tostado eran fruncidos e iban sujetos a la rodilla, justo por encima de las botas de piel.

—Así que a Schallsea, ¿eh? —preguntó el capitán mientras caminaba desde el centro de la cubierta y miraba desde la baja batayola a Dhamon. Tenía una voz profunda y melodiosa que resultaba agradable. Sus oscuros ojos se clavaron en los kenders, y el hombre frunció los labios—. Sólo voy cuando hay suficientes pasajeros... y dinero, lo que probablemente ocurrirá a lo largo de mañana o pasado mañana.

Raf mostró la ornamentada espada larga que había llevado arrastrando.

—¿Cubrirá esto nuestros pasajes?