Dhamon no se movió del sitio, aferrándose al palo mayor con los brazos.
—¡Vete! —gritó Rig para hacerse oír sobre el aullido del viento.
El guerrero sacudió la cabeza en un gesto de negación; los ojos le escocían por las rociadas de agua salada al intentar mirar al capitán. Shaon se acercó a él, tiritando y con la ropa empapada pegada al cuerpo.
—¡Necesitaremos tu fuerza más tarde! —dijo con voz suplicante. El barco se ladeó y la mujer trastabilló hacia atrás, alejándose de él y resbalando hacia el costado del barco, que escoraba peligrosamente cerca de las turbulentas aguas. Su movimiento se frenó cuando la cuerda que llevaba atada a la cintura se puso tensa y el barco se tumbó hacia el otro lado. Una agua helada pasó por la borda y se estrelló sobre la cubierta, alzando en vilo a la mujer y arrojándola contra el palo mayor.
Shaon se incorporó trabajosamente, se limpió los ojos con gesto furioso, y después intentó guardar el equilibrio. Extendió la mano hacia Dhamon; gritaba algo, pero el aullido de la tempestad ahogaba sus palabras. Ahora caía una fuerte lluvia que el viento hacía precipitar de costado sobre la nave.
De mala gana, Dhamon se soltó del mástil y cogió la fría y mojada mano de Shaon. El barco volvió a escorar, y los dos cayeron de rodillas y fueron gateando hacia la escotilla. La helada mano de la mujer lo mantuvo firmemente agarrado hasta que Dhamon fue capaz de llegar a la abertura. El guerrero se metió de cabeza en la oscura cubierta inferior mientras la puerta de la escotilla se cerraba de golpe tras él.
No supo cuántas horas de cabeceos y sacudidas, de ser arrojado contra los costados del casco o contra otros miembros de la tripulación, de escuchar hasta el último crujido y gemido del barco que se debatía por mantenerse intacto, pasaron antes de que se oyeran unas pisadas precipitadas por encima de sus cabezas y un cabo empapado cayera colgando por la escotilla. Tampoco supo de quién era la voz que gritaba su nombre desde la rugiente oscuridad de allá fuera.
18
Enfrentamiento caballeresco
El puerto de Caergoth era mucho más grande que el de Nuevo Puerto. Hileras de muelles se extendían en una bahía lo bastante profunda para acoger galeones, drakkars, galeras y dromones. El puerto estaba lleno de barcos en diversos estados de reparación, y la mayoría había sufrido los desperfectos durante su encuentro con el Turbión.
Rig señaló hacia un galeón que estaba en dique seco y que tenía un gran agujero en el casco, cerca de la línea de flotación. Dijo que lo sorprendía que no se hubiera hundido antes de llegar a puerto; probablemente había chocado con un iceberg. La tripulación debía de haberse visto obligada a echar por la borda parte del cargamento para mantener el barco a flote hasta llegar a puerto.
Tras su angustioso encuentro con el Turbión, el Yunque de Flint también había pasado rozando un iceberg. El estrecho entre Southlund y el territorio del Dragón Blanco estaba plagado de grandes masas lisas de hielo flotante que semejaban pequeñas islas. Navegar entre estos hielos era difícil, sobre todo si se tenía en cuenta que la parte que asomaba sobre el agua no era más que una fracción del bloque helado que se ocultaba bajo la superficie. Sin embargo, Rig estuvo a la altura de las circunstancias, y Dhamon y Jaspe pensaron que el marinero se enfrentó a la comprometida situación con precavido entusiasmo. Bajo la dirección de Rig, el Yunque se fue abriendo camino a través de los helados obstáculos y alrededor de un iceberg particularmente amenazador sin que el casco sufriera ni un arañazo.
Les asignaron un lugar situado en el extremo occidental de la bahía, y pronto la nave estuvo atracada al muelle y con las velas arriadas. Ampolla prefirió quedarse a bordo con Shaon, ya que las dos se habían hecho amigas y la mujer negra dijo que podía ayudarla en la revisión de cabos y velas. La kender se puso unos guantes de cuero marrón que llevaban unas lentes de aumento acopladas al pulgar derecho «para facilitar la revisión de los cabos», explicó.
A Groller le encargaron la tarea de comprar barriles para agua, llenarlos y enviarlos al barco. El lobo de rojo pelaje, que había permanecido oculto en algún lugar bajo cubierta durante la mayor parte de la travesía, iba a su lado cuando el semiogro desembarcó. Jaspe decidió acompañarlos, atraído por la posibilidad de pisar tierra firme y porque sentía cierta curiosidad sobre el modo en que Groller, si realmente era sordo, haría una transacción comercial. El enano tenía la sospecha de que sería él el que acabaría haciendo el trato. Frunció el ceño y metió la mano en el bolsillo para asegurarse de que llevaba bastante dinero para pagar los barriles.
Los otros tres tripulantes recibieron un permiso de varias horas, pero Rig les dio órdenes estrictas de reincorporarse antes de la puesta de sol. El Yunque no haría noche en Caergoth.
Así las cosas, Dhamon y Rig se quedaron de pie junto a la batayola, contemplando la costa. A juzgar por la pintura desgastada y saltada del embarcadero y de las numerosas tabernas y posadas que se alzaban en las inmediaciones, era un puerto viejo; y, aunque había una gran actividad y sin duda se obtenían buenos beneficios, no parecía que los propietarios estuvieran inviniendo ni un céntimo de esas ganancias en el mantenimiento de sus negocios. Las construcciones más recientes eran tres altas torres de madera situadas cerca de la orilla. Encaramados en lo alto había hombres que vigilaban en dirección a Ergoth del Sur con catalejos. Buscaban cualquier indicio de problemas, en especial por parte del Blanco que vivía allí.
Las personas que caminaban arriba y abajo por el muelle eran en su mayoría marineros y estibadores que estaban de permiso o haciendo algún encargo. Había unos pocos que parecían comerciantes con negocios que atender en el puerto, y pequeños grupos de viajeros que habían desembarcado o que buscaban pasaje. También se veían unas cuantas mujeres moviéndose entre los puestos donde se vendía pescado y mariscos.
Un par de pescaderos iban y venían cerca de los edificios y al borde de los muelles intentando vender sus mercancías a cualquiera cuyas ropas estuvieran en buen estado y, por ende, que llevaran dinero en sus bolsillos.
—Pensaba que alguien con suficientes monedas para viajar hasta Schallsea tendría también para comprarse algo de ropa decente —comentó Rig. El bárbaro vestía unos pantalones de cuero de color verde oscuro y una camisa de seda en un tono amarillo claro y con mangas holgadas. Llevaba una banda en la frente que estaba hecha con cuero rojo trenzado y que casi hacía juego con el fajín que ceñía su cintura. La cinta de la cabeza tenía finas trencillas que le colgaban hasta los hombros y se agitaban con la brisa. Dhamon se encogió de hombros con indiferencia.
»Con ese aspecto no atraerás las miradas de las damas.
—Quizá no me interesa hacerlo. —Dhamon se apartó de la batayola y alzó la vista hacia el encapotado cielo.
—No me gusta el aspecto de esas nubes —manifestó tajantemente el corpulento marinero, que había seguido la mirada del guerrero—. Es el motivo de que no nos quedemos.
—¿Qué hay de raro en ellas? Las nubes son sólo nubes. ¿Acaso están muy ajadas para tu gusto?
—El cielo siempre lleva un mensaje, Dhamon, para quienes son lo bastante listos para interpretarlo. Y el mensaje, por lo general, está escrito en las nubes. Cuando son planas, como sábanas, el aire está en calma y la temperatura es estable. En tal caso, la travesía será fácil. Estas nubes están hinchadas, y grises por debajo. Tal cosa significa que están cargadas de lluvia y que sólo es cuestión de tiempo el que empiecen a soltar agua. La pregunta es si será sólo un chubasco o una gran tormenta.