– ¿Edad?
– Treinta y siete años…
Mientras tomaba nota, Marés se paseaba de un lado a otro exhibiendo el soberbio perfil y una improvisada manera de andar, de movimientos retardados y muelles, llamando así la atención de su vecina, probando la eficacia del disfraz. Ella seguía apoyada en el quicio de la puerta, golpeándose coquetamente los labios gruesos y rosados con la cucharilla. Marés captó con el rabillo del ojo un parpadeo soñador, cierta curiosidad sensual en los ojos de la viuda, atraídos sobre todo por el parche negro y la pupila verde. Pero nada parecía indicar que fuera a reconocerle.
– ¿Estao civil?
– Viuda.
El encuestador le dedicó una sonrisa seductora:
– ¿Y sin compromizo, mecachis la mar?
La señora Griselda soltó una risita.
– Eso no le importa, pillín. ¡Vaya, vaya!
– Una mujé como uzté no pué estar sola. Digo.
– Nadie debería estar solo, ¿verdad, usted?
– Digo.
– Ay, me da no sé qué verle escribir aquí de pie. ¿Quiere pasar? Estará mejor sentado en la mesa del comedor.
– No, gracias, termino en seguida. A ver, dígame…
Buscó en la carpeta el impreso con la encuesta de las sardinas en aceite y repasó las preguntas, pero ninguna le gustó. Entonces recordó que la señora Griselda era muy catalanufa.
– Ésta es la pregunta, zeñora -añadió Marés-. ¿Apoyaría uzté una iniciativa del Parlament cátala que estudiara urgentemente la forma de que el tenor Josep Carreras no sea considerado en el extranjero como una gloria de España, sino como un catalán universal?
La señora Griselda ni pestañeó.
– Piénselo bien antes de contestar -sugirió el falso encuestador ajustándose el parche sobre el ojo.
– No necesito pensarlo. Mi respuesta es sí. Y más aún. Lo que deberían hacer el Carreras y la Caballé es cantar ópera en catalán. ¿No doblan las películas al catalán? Pues que doblen también las óperas. ¿No le parece que sería muy bonito?
– Yo no sé, zeñora, yo zolamente soy un mandao. -Cerró la carpeta y dirigió a la viuda una sonrisa ladeada y cautivadora-. Pues musha grasia, no la molesto más.
– ¿Ya está? Si no es molestia. Pregunte más, pregunte.
– Agradesío, y hasta otra. Beso su mano, zeñora.
Cogió la mano gordezuela que sujetaba la cucharilla pringosa de yogur y la besó, inclinándose ceremonioso y gentil. Ella le restregó un poco el dorso de la mano por los morros, demorándose en retirarla. Sus ojos bovinos y enrojecidos impresionaron a Marés, pues había en ellos un requerimiento falaz, un brillo decididamente sensual.
– ¡Ay qué cara de cansado tiene usted! -dijo la viuda-. ¿Por qué no pasa y se sienta un rato? Pase, buen hombre, y tome algo… Su trabajo es muy pesado. Ir de piso en piso, preguntando esas cosas. La gente hoy no tiene cultura, todo le da igual. Pase, haga el favor, estoy sola…
Marés ya había descubierto que la broma resultaba menos graciosa de lo que él había pensado, pero persistía la emoción del riesgo y, además, se sentía inesperadamente cómodo en la piel del desconocido. Balbuceando las gracias, siguió a la señora Griselda al interior del piso, confiando plenamente en su disfraz y observando el trasero que se movía impetuoso. La bata estaba descolorida y se adhería a las nalgas oscilantes. Observó que era un trasero gordo, pero bonito, juvenil y vagamente enternecedor.
Se encontró en un pequeño y agobiante comedor atestado de muebles descomunales y relucientes y de cerámica popular, y se sentó relajado y feliz en un sofá forrado de cretona. Todo estaba, de pronto, envuelto en una agradable atmósfera de veinticinco o treinta años atrás, y Marés pensó en su madre y en sus efusivos amigos de la farándula batiéndose cada sábado por la noche contra la desdicha y el infortunio… La viuda le ofreció café y coñac, encendió un cigarrillo con mucho estilo y le habló de su vida solitaria. Era taquillera en un cine de barrio que pronto iban a derribar, y tenía una hija de veinte años casada en Zaragoza con un carnicero, y le gustaba el bingo y jugar a la bonoloto. Después le preguntó a Marés cómo se llamaba y él meditó la respuesta un par de segundos.
– Faneca -dijo-Juan Faneca, para zervirla, doña Griselda.
– ¡Oh, llámeme Grise! Mis amigos me llaman Grise y a mí me gusta, tiene un aire extranjero.
– Digo. Párese sueco.
Se llevó el dedo al parche del ojo para asegurarse de que seguía allí, y ella dijo con una sonrisa triste:
– ¿Perdió el ojo en algún desgraciado accidente?
– Lo perdí en el ruedo.
– ¡No me diga! ¿Fue usted torero?
– Digo.
– Pues el parche le está divinamente. El negro favorece mucho.
– Se agradece el cumplío.
– ¿Sabe lo que me gustaría?
– No.
– ¿No se reirá usted de mí si lo expreso así de pronto de esta manera?… Me gustaría que me llevara usted al teatro. ¿Me llevará al teatro alguna vez?
– ¿Al teatro? Bueno, ¿por qué no?
– ¿De veras? ¡Oh, ¿de veras?!
– E uzté muy zaleroza.
No sólo no me ha reconocido -pensó Marés-: le gusto, me encuentra atractivo. Mientras ella llenaba otra vez las copas de coñac y hablaba de cuando iba mucho a los teatros con hombres guapos, él se levantó y paseó, dejándose admirar de perfil. Pero no fue plenamente consciente de su irresistible poder de seducción, de su agitanado y misterioso efluvio sexual, hasta que no vio a la señora Griselda sentarse inesperadamente sobre un cojín en el suelo con los ojos entornados por el humo del cigarrillo y por algún ensueño personal, alada y juvenil y gorda al mismo tiempo, como si se hallara en un party informal liberada al fin de inhibiciones. Estuvieron charlando así un buen rato, él sentado en el sofá y ella en el suelo, y él ya se iba a despedir dando el experimento por concluido con éxito (no me reconocería en toda la noche, se dijo) cuando la viuda se levantó y, tendiéndole la mano, le invitó:
– Venga conmigo.
– ¿Cómo…?
– Quiero enseñarle una cosa.
Lo cogió de la mano, lo llevó al pasillo y abrió la puerta de su dormitorio. Era la mejor habitación de la casa, luminosa y limpia, y estaba decorada para que durmiera en ella no una viuda gorda y romántica, sino una niña. El empapelado de las paredes mostraba dibujos de elefantitos rosados, jirafas y cebras. Sobre la amplia cama, que lucía una colcha azul celeste, había un gigantesco oso blanco de peluche. El aire olía a agua de rosas y todo parecía sencillo y confortable.
Marés sintió un repentino jolgorio en las ingles. La señora Griselda se adelantó hasta la cabecera de la cama y apagó el cigarrillo en un cenicero de la mesilla de noche. Luego cogió el gran oso de peluche y lo estrechó cariñosamente entre sus rollizos brazos sonrosados. De espaldas a Marés, dijo:
– ¿Le gusta mi osito?
– Digo. Párese de verdá.
Ella guardó silencio. Irguió la espalda y encabritó las nalgas, que se marcaron otra vez impetuosas bajo la tela amarilla de la bata. Entonces giró la cabeza por encima del hombro y su mirada estrábica languideció:
– ¿Qué pensará usted de mí, después de enseñarle mi alcoba? -Y cerró los ojos muy despacio.
De repente, por alguna extraña razón, Marés fue consciente de lo miserable e irreal que se había vuelto su vida. De la desesperación y la soledad que se agazapaban detrás de su mascarada y detrás del osito blanco. Pero, incapaz de controlar su excitación, vencido por una mezcla de compasión y revanchismo y por una especie de tontería sentimental que le crecía en el pecho, avanzó hacia la espalda de la viuda. Nunca le había gustado aquella mujer, y sin embargo se sentía atraído hacia ella por una fuerza extraña. Presentía confusamente que su papel era usurpado, que el que avanzaba hacia la señora Griselda era otro. Llegó hasta ella y, cogiéndola firmemente por las caderas, encajó sus ingles en las nalgas respingonas y duras. Al mismo tiempo, mordisqueó la nuca dulce y floja, como de algodón. La señora Griselda dejó escapar un suspiro y mordió una oreja del osito blanco, abrazándolo con más fuerza. Marés la tumbó sobre la cama juntamente con el oso y rodaron los tres sobre la colcha celeste, en la que, ahora, él observó manchas de vino. Y entonces se abandonó feliz y confiado a esa apariencia, a esa ficción murciana y apasionada que estaba representando con peluca rizada y parche negro en el ojo, a ese personaje de trapo con rellenos de algodón y tan artificioso como el oso de peluche, aunque por sus venas, al menos en este momento, corriera fuego de verdad…
En el instante de máximo placer se vio reflejado en la mirada de vidrio del oso. Detrás del sabor a yogur, en la boca sedosa de la señora Griselda anidaba un picajoso sabor a nicotina.
14
tuvo que meterse en el ascensor para simular que se iba a la calle, pues la viuda se le quedó mirando desde la puerta entornada del piso, mostrándole todavía medio muslo por la bata abierta y diciéndole adiós con la gorda manita, y luego volvió a subir a la planta 12 en el mismo ascensor y se escabulló hasta su casa. Sintió renacer una ansiedad que no controlaba. Sentado frente al espejo, se despojó lentamente de un disfraz al que ya se habían adherido secretamente otros afanes y sudores, y en seguida apareció la jeta yerta y desdichada de Marés atisbándole detrás de la nube ciega.
– Eres un imbécil. Pobre mujer -dijo-. Qué. No hacemos mal a nadie -gruñó quitándose el parche del ojo-. A mí no me incluyas, charnego de mierda, has sido tú. -Y tiene una piel muy fina y un gran corazón…
Le dolían todos los huesos y se acostó en seguida. Persistía la mirada de vidrio del oso de peluche cuando empezó a dormirse. Primero se introdujo en el sueño un furioso olor a brillantina y poco después le vio sentado al borde de la cama con las piernas cruzadas y el sombrero sobre una rodilla. Marés se incorporó sobre los codos. No encendió la luz de la mesilla puesto que le veía perfectamente. El atildado charnego palmeó amistosamente las manos de Marés cruzadas sobre el sexo por encima de la colcha y dijo:
– ¡Qué! ¿Te decides de una vez?