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La reacción en la costa fue entre burlona y apática. Era la primera vez que Lin usaba sus agallas en un ámbito real. Todos sabían que había una gran diferencia entre las simulaciones y la realidad. Una alucinación pasajera, un pequeño engaño del sistema nervioso central, no eran infrecuentes la primera vez que se usaba una nueva forma CEB. A fin de cuentas, las garantías eran contra disfunciones físicas, no contra extravagancias sensoriales. Marón tuvo que perseverar para lograr que alguien le escuchara. El periodista local que al final aceptó ir a echar una ojeada lo hizo, entre otras cosas, para matar el aburrimiento. Al día siguiente salieron a nadar, Marón con sus agallas, el reportero con un traje de buzo alquilado.

Los monstruos todavía estaban allí. Cuando los dos hombres se acercaron cautelosamente a mirarlos, notaron que Lin había huido de tres cadáveres. Nadaron alrededor de ellos en las claras aguas, maravillándose ante la rugosa piel gris, los torsos macizos y los ojos grandes y oscuros.

Cuando las redes de comunicaciones difundieron la noticia, aún figuraba entre las menos importantes. Durante trescientos años los periodistas habían imaginado monstruos de las profundidades que emergían de la Fosa de las Marianas para maltratar a la civilización humana. Las noticias bobas contribuían a brindar un ligero alivio frente a los indicadores sociales, las hambrunas y las crisis reales, pero los profesionales les prestaban poca atención. En la costa no cundió el pánico, y nadie huyó a las tierras altas.

Los más interesados en los tres monstruos fueron el acuario y el vivero de Guam. Un grupo de biólogos marinos dejó por un día los cultivos de plancton para hacer una excursión subacuática. Inspeccionaron los cuerpos en el lecho marino, los elevaron a la superficie sin quitarles los grilletes, los congelaron y los enviaron a la costa en el hovercraft del instituto para inspeccionarlos de veras. El primer examen de laboratorio reveló anomalías: no eran animales marinos, sino terrestres. Eran seres que respiraban por los pulmones, tenían piel resistente y una estructura ósea maciza. Se tomaron las habituales muestras microscópicas de tejidos y se realizaron identificaciones cromosómicas buscando un parentesco con especies conocidas.

Los patrones de identificación se transmitieron al banco central de datos de Madrid. En todo el planeta se encendieron luces de alarma, chillaron silbatos y sonaron murmullos. La respuesta del ordenador fue inmediata e inequívoca. Los patrones cromosómicos eran humanos.

La información que se desplazaba sin cesar por la superficie de la Tierra —por cable, satélite, enlace Mattin, láser, microondas— era enfocada y redistribuida a través de un pequeño número de nódulos. Bey Wolf, tras muchos esfuerzos, había logrado que la Oficina de Control de Formas fuera uno de esos nódulos. Su reciente designación como jefe de Control de Formas lo autorizaba a disponer de un terminal interactivo completo en su oficina, y le causaba un particular placer sentarse ante él para captar perturbaciones y vibraciones en el flujo normal de la red informativa. John Larsen había sugerido que Bey se sentaba allí como una araña gorda, esperando su presa, y la analogía le agradaba. La suya, señalaba Bey, era sólo una de las muchas telarañas, todas entrelazadas, y de ningún modo la más importante. Población, Alimentos y Energía tenían personal más numeroso y mayor presupuesto. Pero él aducía que sus problemas exigían una respuesta inmediata y una capacidad de reacción de los cuales podían prescindir los demás sistemas.

Bey estaba sentado ante un terminal, estudiando una forma omnívora que prometía ser omnívora de veras: plantas, animales minerales. No prestaba atención a la feroz e imprevista tormenta de nieve que arreciaba fuera del edificio, y cuando el mando de prioridad interrumpió su enlace de datos con noticias sobre los Monstruos de las Marianas (así había bautizado la prensa el descubrimiento de Guam), su primera reacción fue de fastidio. Sin embargo, cuando llegaron los detalles, tuvo mayor interés. Parecía que algún nuevo grupo había usado el equipo de cambio de forma en experimentos fallidos, y los resultados no se parecían a nada anterior.

Aunque estaba seguro de las respuestas, Bey realizó los chequeos de rutina. ¿Estaban los experimentos autorizados como investigación médica? ¿Figuraban ya las formas en alguna lista de prohibiciones? Los bancos de datos le dieron respuestas negativas, tal como había esperado. ¿Se requería una acción rápida para detener la aparición de una forma potencialmente peligrosa? La respuesta a esa pregunta era más difícil. El ordenador alegaba insuficiencia de datos, lo cual significaba que la decisión se tendría que basar en criterios humanos y, en este caso, el humano era Bey Wolf.

Soltó un suspiro de secreto placer y abrió los circuitos para pedir más datos. Empezaron a llegar los parámetros físicos. Las pruebas celulares daban resultados extraños tanto en lo químico como en lo estructural, con una mezcla de formas haploides y diploides. Los pulmones estaban modificados, y revelaban cambios en los diseños alveolares. Una nota añadida al análisis señalaba la semejanza con animales que estaban adaptados a una vida a alta presión. Lo más extraño de todo era que los grandes ojos eran muy sensibles en la banda cercana al infrarrojo, pero otra nota señalaba que esa región de longitud de onda resultaba casi imperceptible bajo el agua.

Bey comenzó a juntar los datos impresos. Le gustaba abordar una tarea partiendo de preguntas muy elementales. ¿Cuál era el objetivo de una forma nueva? ¿Dónde podía operar con mayor eficacia? Ante todo, ¿cuál era el probable motivo del creador de la forma? Con respuestas a esas preguntas, habitualmente se llegaba al próximo paso en la secuencia del cambio de forma.

Pero aquí no daba resultado. Bey masculló un juramento y se reclinó en la silla. Los Monstruos de las Marianas rompían las reglas. Tras mirar las variables físicas de las formas durante un par de horas, pensó que no se adaptarían a ningún ámbito que él pudiera imaginar.

Era hora de abandonar ese enfoque y probar suerte con otro. ¿Cómo habían llegado esas formas al lecho marino? Por supuesto que no habían llegado allí por su cuenta. ¿Y cómo habían muerto? Había datos sobre eso en los informes médicos. Las habían asfixiado. Cabía sospechar que las habían enganchado a pesas de acero después de matarlas, y luego las habían arrojado al fondo del mar. Aparentemente, desde una embarcación de superficie: los informes no mencionaban indicios de contusiones de piel.

¿De dónde habían venido? Bey extrajo la lista. Tenía un catálogo completo de los centros mundiales de cambio de forma, especialmente los centros tan sofisticados como para incluir los sistemas de soporte vital especiales que habrían necesitado esas formas nuevas. Mientras leía la lista de lugares, asociándolos con los cambios físicos hallados en las formas de las Marianas, Larsen regresó de una reunión de rutina sobre la certificación de nuevos productos CEB. Se detuvo en la puerta.

—¿Cómo lo consigues, Bey? Hace sólo un mes que estás en esta oficina, y ya parece un basurero.

Bey miró sorprendido las pilas de listados y tabulaciones que atiborraban la oficina.

—Se están acumulando un poco. Creo que se reproducen de noche. Entra, John, y mira esto. Supongo que la reunión no te divirtió demasiado.

Larsen se desplomó en una silla, apartando una pila de impresos. Como de costumbre, se maravilló ante la capacidad de Bey para funcionar clara y lógicamente en medio de semejante desquicio.

—Fue mejor que de costumbre —respondió—. Hubo un par de novedades interesantes. Ambas eran formas C, adaptadas para largos períodos en baja gravedad. Revolucionaría el trabajo en los asteroides, pero recibimos las habituales protestas de los representantes del Cinturón.

—Naturalmente, siempre habrá ludditas —dijo Bey, aludiendo a los seguidores de Ned Ludd, los obreros ingleses que en el siglo XIX destruían máquinas en son de protesta. Bey sentía debilidad por las alusiones históricas, aunque su público rara vez las comprendía—. La ley cambiará dentro de un par de años. Las formas C son tan superiores a las demás que no habrá verdadera competencia. Capman ha cambiado para siempre los métodos de exploración espacial. Sé que los habitantes del Cinturón de Asteroides afirman que están perdiendo empleos por culpa de las nuevas formas, pero han encarado mal el tema. Las formas no modificadas son un anacronismo para el trabajo espacial.