La conferencia, preguntó Michael, la copia que tenía Hildesheimer, ¿se la podría enseñar?
Imposible, respondió el anciano, y Michael contuvo la respiración. En esta ocasión no tenía una copia. Eva había preparado la conferencia en Estados Unidos y, como habían convenido en que ya iba siendo hora de que Eva se liberara de su dependencia hacia él, Hildesheimer se había negado a ver cualquier versión que no fuera la definitiva, a la que Eva debería llegar por sí sola. Aunque Eva no había cesado de alegar que esta vez se enfrentaba a un problema adicional, Hildesheimer insistió en que le diera una sorpresa.
Michael preguntó si alguien más conocía la costumbre de Eva de mostrarle los borradores de las conferencias y su versión definitiva. Hildesheimer se encogió de hombros. Aunque él nunca lo había comentado con nadie, en el Instituto había pocos secretos. Y Eva, con su habitual honradez, nunca olvidaba agradecerle la ayuda que le había prestado al comenzar una conferencia.
Michael notó cómo la sangre se le retiraba de la cara aun antes de que el anciano le preguntara si se encontraba bien.
Él le preguntó a su vez dónde estaba la copia de Neidorf. Hildesheimer respondió que presumiblemente la habrían encontrado entre sus objetos personales. Se le veía muy triste.
– ¿Cuál era, exactamente, el tema de la conferencia?
La respuesta fue breve: las cuestiones morales y legales. Dicho de otra forma, una problemática que venía desconcertando a los psicoterapeutas desde el nacimiento de la profesión. Un dilema clásico. ¿Era correcto que un terapeuta guardara los secretos de su paciente aun cuando éste hubiera transgredido la ley? No se refería a delitos como asesinatos o robos, sino a cuestiones relacionadas, por ejemplo, con la ética profesional. La información revelada durante una terapia, o la información que un supervisado transmitía a su supervisor. Pero no tenía sentido continuar especulando. En el bolso que había visto en el Instituto junto a la silla de Eva, el inspector Ohayon encontraría el texto de la conferencia y podría leerlo por sí mismo.
Ése era precisamente el problema, dijo Michael. No habían encontrado nada, ni la conferencia, ni papeles, ni tampoco ninguna llave, sólo la habitual parafernalia femenina, documentos personales y algún dinero.
Por primera vez, Hildesheimer pareció un anciano despistado, alguien que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Pero esa imagen no duró más de un segundo, pues en seguida se recuperó y le pidió al inspector jefe Ohayon que, por favor, se explicara mejor.
Durante toda la tarde, o más bien desde el momento en que comenzaron a registrar el edificio mientras Michael todavía estaba en el salón de actos con el Comité de Formación, un equipo especial se había dedicado a buscar en el Instituto cualquier cosa que se pareciera al borrador de una conferencia. Él mismo había registrado el bolso minuciosamente en cuanto el médico de la policía concluyó su examen. Y también el personal del laboratorio, del departamento de Identificación Criminal…, todo el mundo lo había intentado. Tenía una lista detallada del contenido del bolso, comenzó a decir, pero el anciano lo interrumpió con un ademán impaciente. Dijo que sin duda podrían encontrar otra copia en el estudio de la casa de Eva. Sabía que tenía otra copia allí; lo sabía porque Eva le había prometido dársela después de la conferencia para que la conservara.
Michael Ohayon consultó el reloj y vio que eran las once en punto. Se había desatado un viento muy fuerte que ahogaba el sonido de la lluvia. Se puso de pie y el anciano hizo lo propio, mientras le preguntaba si pensaba ir a casa de la doctora Neidorf directamente. Michael captó la indirecta y le preguntó si le gustaría acompañarlo, añadiendo algo relativo a lo tardío de la hora y al mal tiempo. Con un ademán, Hildesheimer desechó las objeciones y dijo que, en su opinión, ya había vivido bastantes años y que, en cualquier caso, esa noche no le iba a ser posible conciliar el sueño. Mientras hablaba, condujo a Michael hacia un perchero situado en un rincón del largo pasillo, descolgó de él un grueso abrigo y se lo puso. La casa estaba a oscuras y en silencio cuando salieron de ella. Fuera hacía mucho frío. Michael, que no se había quitado la chaqueta en ningún momento, sintió que el viento le propinaba un bofetón helado y se alegró de subirse al Renault de la policía.
Conectó la radio, que en seguida comenzó a emitir. Desde el Control, una fatigada voz femenina estaba tratando de decirle algo; la escuchó pacientemente. Todo el mundo lo estaba buscando, todo el mundo decía que era urgente.
– Bueno, diles que me pondré en contacto con ellos más tarde. Y dile a mi equipo que ahora mismo estoy ocupado.
– Así lo haré -dijo la voz del Control con un suspiro.
Hildesheimer se sentó a su lado, sumido en sus pensamientos, y Michael tuvo que repetirle la pregunta antes de que el anciano hiciera un gesto de asentimiento y le diera la dirección de la doctora Neidorf, la misma dirección que Michael había visto en el carnet de identidad de la doctora mientras aquella mañana registraba el contenido de su bolso una y otra vez.
La casa estaba en una callejuela de la colonia alemana. Casi siempre que pasaba por la calle Emek Refaim, Michael pensaba en los caballeros templarios alemanes que fundaron ese barrio en 1878. Qué patéticas eran sus esperanzas de redención, simbolizadas por los restos del molino que todavía se veían en una esquina. Michael maniobró con el Renault por los angostos callejones y aparcó cuidadosamente. Abrió la puerta de Hildesheimer y lo ayudó a bajarse del pequeño coche. Lado a lado, atravesaron la puertecita del jardín y echaron a andar por el sendero que conducía a la entrada, donde el anciano se apartó para que Michael abriera la pesada puerta de madera.
Michael probó todas las llaves, primero a la luz de una farola y después a la luz de las cerillas que quedaban en la caja y que Hildesheimer fue encendiendo una tras otra con pulso admirablemente firme. Al final, ambos se resignaron a aceptar la evidencia de que la llave de la casa no estaba en el llavero. Ninguno comentó nada sobre dónde podría estar.
Michael se dirigió al Renault y regresó al cabo de unos segundos con un objeto puntiaguado en la mano. Masculló algo sobre las habilidades que se adquirían a lo largo de la vida y, sin más, se puso a hurgar en la cerradura. Hildesheimer continuó encendiendo cerillas (Michael había traído una caja llena del coche) y, diez minutos más tarde, entraban en la casa de Neidorf.
Michael cerró la puerta.
En el vestíbulo fuertemente iluminado vio que el anciano había empalidecido. El sombrío rictus de sus labios expresaba lo que ambos habían comprendido: alguien se les había adelantado.
5
La sala de consultas estaba en el ala opuesta de la casa y, al llegar a la puerta, con la mano ya en el picaporte, Michael se detuvo, pensando en el disco desgastado y lleno de ralladuras de un quinteto con clarinete de Brahms que estaba colocado en el plato del tocadiscos.
En el amplio salón, con su pesado mobiliario de tonos pálidos, imperaba una atmósfera refinada y comedida. Los grandes cuadros abstractos de colores brillantes, las flores que crecían en multitud de tiestos y en las jardineras de la ventana, como si en Jerusalén nunca fuera invierno, la alfombra espesa y oscura, no lograban disipar la impresión de frialdad. Pero el quinteto con clarinete colocado en el tocadiscos destapado que había en un rincón, junto a la puerta acristalada de dos hojas, revelaba un apasionamiento que no había encontrado expresión en ningún otro lugar del cuarto.
En cuanto hubieron entrado en la sala de consultas, Michael le hizo una pregunta sobre el disco a Hildesheimer, que se había desplomado en una butaca… Su cuerpo grandote parecía haber encogido y tenía el semblante pálido y extenuado.
– Sí -respondió el anciano suspirando, mientras se ceñía más el grueso abrigo, del que no se había desprendido al entrar en la casa-. Siempre me pareció que Eva tenía su lado sentimental. Su música preferida era la romántica. Solíamos bromear sobre ello.