Eli abrió el sobre marrón y dijo:
– O quizá no es una sola persona, ¿quién sabe?, después de todos estos robos y desapariciones.
– Entonces ¿qué hacemos aquí sentados? Tenemos que conseguir un mandamiento judicial, ¿verdad? No podemos entrar en el banco y, así por las buenas, decir que queremos ver sus cuentas bancarias -dijo Tzilla muy excitada.
Michael echó un vistazo a su reloj.
– Es cerca de la una. Lo primero es asistir al entierro. Después iré a Belén, y Eli vendrá conmigo, así que ya puedes empezar a moverte, Tzilla. A la vuelta estoy citado con la familia… Dios sabe cuánto tiempo pasaré con ellos… Habrá que dejar lo demás para mañana. Al fin y al cabo, todo tiene un límite. Eli, cuando vuelvas de Belén puedes ayudar a Tzilla. Empezad a interrogar a la gente que estuvo en la fiesta. Y tú, Tzilla, trata de averiguar el número de cuentas bancarias que debemos consultar, todas las cuentas en las que Neidorf ingresara cheques. Al cabo de unos días devuelven los cheques a las cámaras de seguridad de los bancos donde han sido cargados -Michael concluyó reprimiendo la ira-: Al final daremos con él, aunque nos cueste la vida -y volviéndose hacia Eli añadió-: Hazme un favor, lleva el recibo del archivo de Zeligman a Investigación Criminal. A lo mejor consiguen descubrir algo a través de la firma. Quiero que salgamos todos juntos hacia el entierro. Tzilla, habla con los fotógrafos y con los dos hombres de refuerzo y asegúrate de que lleguen por separado; de momento nadie los conoce. Supongo que Shorer enviará a Raffi y a Manny Ezra, pero de todas formas compruébalo.
Al quedarse solo en el despacho, Michael volvió a mirar la lista, que estaba bajo la lámpara de mesa con las cinco copias que había hecho Tzilla. Con su letra grande, había ordenado los nombres alfabéticamente. El primero de la lista era el doctor Giora Biham, que no figuraba en la lista de pacientes de Neidorf ni en la de sus supervisados. Por lo visto trabajaba en el hospital Kfar Shaul, y Tzilla había hecho una marca al lado de su nombre; era de suponer que se habría puesto en contacto con él y lo habría citado para interrogarlo. A Michael se le ocurrió que no tendría sentido que ninguna de las personas del Instituto tratara de ocultar sus contactos profesionales con Neidorf. El hombre de uniforme que se había llevado el archivo debía de ser alguien de fuera, alguien que estaba suficientemente al tanto de las cosas como para ir en primer lugar a la oficina de los contables. Así se lo explicó a Eli cuando entró en el despacho para decirle que había dejado el recibo en Investigación Criminal para que lo examinara el experto en caligrafía.
– ¿Dónde demonios se habrá metido Tzilla? -dijo Eli después de soltar un taco-. Tenemos que ponernos en marcha.
Tzilla regresó y les comunicó que los demás ya habían salido; contaban con un par de fotógrafos y también con Manny Ezra.
– Gracias a Dios, al menos habrá allí una persona agradable.
Eli no se dio por aludido, aunque seguramente la pulla iba dirigida contra él, y los tres salieron del despacho. Al pasar por delante del despacho de Shorer, Michael se asomó por la puerta. Shorer, que seguía sentado detrás de un montón de papeles acumulados en su escritorio, levantó la cabeza y le preguntó qué novedades había y Michael se las resumió en un par de frases. Shorer suspiró y dijo que eso iba a complicar aún más las cosas; los trámites bancarios eran interminables, y no sabía cómo iban a ocultarle la situación a Levy, que, como Michael sabía muy bien, estaría encantado. Michael dijo que sí, que ya lo sabía, y que no tenía intención de ocultarle nada a nadie.
– ¿Te apetece asistir a un entierro? -preguntó.
Shorer sacudió la cabeza enérgicamente y dijo:
– Ir a los cementerios trae mala suerte. Sólo voy en caso de absoluta necesidad. Cuando se te ocurra alguna propuesta más sugestiva, házmelo saber.
Michael se encogió de hombros y volvió la mirada hacia el largo y sinuoso pasillo. Estaba parado en el umbral, entre el quicio y la hoja de la puerta entreabierta. Tzilla y Eli lo esperaban pacientemente junto a las escaleras.
– Pero ¿qué te pasa? ¿Has perdido la confianza en ti mismo? ¿Es que necesitas una niñera o qué? -Shorer le habló con dureza. En un instante la situación había cambiado por completo-. ¿Un par de golpes y te vienes abajo? ¿Qué demonios te pasa? Salgo en tu defensa, hablo bien de ti al mundo entero, la gente cree que puedes andar sobre las aguas… ¿Y crees que voy a permitir que me hagas pasar por mentiroso? No quiero ni un fallo más, ¿entendido? Si una sola cosa más sale mal, te voy a amargar tanto la vida que desearás no haber nacido. Y borra esa expresión patética de tu cara si no quieres que te la borre yo. ¡Haz el favor de dominarte!
Michael cerró la puerta y echó a andar hacia Tzilla y Eli. Sé que me lo he buscado, pero aun así se está portando como un cerdo, pensó mientras arrancaba el coche y ponía rumbo a Sanhedria. Siempre que iba al tanatorio de Sanhedria se preguntaba cuánto tardaría en dejar atrás todos los semáforos de la calle Bar Ilan. Y cuánto tiempo tendría que estar dentro del coche contemplando las levitas negras, los tirabuzones y los sombreros de ala ancha de los ultraortodoxos, y a las omnipresentes mujeres embarazadas, que tardaban una eternidad en cruzar la calle. Pasarían siglos antes de que pudiera girar a la izquierda en dirección al abarrotado tanatorio.
Tzilla iba sentada a su lado y Eli en el asiento trasero. El cielo estaba encapotado de negros nubarrones que todavía no habían empezado a descargar. No cruzaron ni una palabra durante todo el camino. Al llegar, Michael aparcó, le dio las llaves a Tzilla y desapareció entre la multitud de dolientes.
Como instrumentos de un trío bien compenetrado, Tzilla y Eli se separaron y el Renault con matrícula de la policía quedó aparcado entre los coches de los miembros del Instituto.
11
Protegiendo la llama con la mano, Michael Ohayon encendió un cigarrillo. Sabía que no debía fumar allí, pero no logró contenerse. Se quedó fuera de la capilla, en el rellano de la amplia escalinata. Tzilla pasó al interior y él se apartó hasta el extremo del escalón superior para observar a la gente que iba entrando a raudales. A pesar de que había visto muchos cadáveres, ese tipo de sitios lo acongojaban. Y ver cómo enterraban a alguien le resultaba aún más penoso. En esos momentos siempre pensaba con envidia en los espléndidos sarcófagos funerarios de los romanos y en otras posibles formas de despedirse de los muertos. Cualquier cosa antes que aquellas parihuelas, que aquellos cadáveres envueltos en sábanas enroscadas.
Linder pasó delante de él. Llevaba a una mujer del brazo, y por la manera íntima y natural con que se apoyaba en él, Michael supo que era su mujer. Se le veía serio y distraído; aunque su mirada se posó en Michael durante un instante, no lo saludó, y sólo un destello de ansiedad en sus ojos reveló que lo había reconocido.
Dina Silver, envuelta en un abrigo de piel y con un pañuelo negro al cuello, subió los escalones acompañada por un joven calvo y de espesa perilla. Michael se tranquilizó al reconocer a una policía de paisano en la persona de la joven fotógrafa que llevaba una cámara al hombro y el distintivo de la prensa en el cuello del abrigo. La chica lo saludó discretamente con la cabeza y dirigió el objetivo hacia la pareja. Michael quería pensar que lograría fotografiar a todo el mundo, aunque sabía que era imposible.
El otro fotógrafo se había situado en el primer escalón y estaba jugueteando con un mechero. También había periodistas de verdad entre la multitud, y fotógrafos de prensa que dirigían sus cámaras hacia la muchedumbre que subía la escalinata del redondo templo de piedra.