– ¿Qué dices? -murmuró Isabelle, sin dejar de mirar al individuo de la antorcha y tratando de no mover los labios.
– El hombre del fuego. Háblale de Dios. Dile lo que Dios quiere que haga.
– ¿Qué quiere Dios que haga?
– Que sea bueno y que no peque -replicó Marie con firmeza-. Y dile que no nos vamos a quedar aquí.
Isabelle se humedeció los labios. Tenía la boca seca,
– Monsieur -empezó, dirigiéndose al individuo de la antorcha. Etienne y Hannah volvieron bruscamente la cabeza al sonido de su voz.
– Monsieur, vamos camino de Ginebra. No nos detendremos aquí. Por favor, permítannos pasar.
Los otros golpearon el suelo con los pies. Unos pocos rieron entre dientes. El de la antorcha dejó de tragar saliva.
– ¿Por qué tendríamos que hacerlo? -preguntó.
– Porque Dios no quiere que peque. Porque matar es pecado.
Estaba temblando y no pudo decir nada más. El hombre de la antorcha dio un paso adelante e Isabelle vio el largo cuchillo de caza sujeto al cinto.
Entonces habló Marie, y el metal de su voz resonó entre los árboles.
– Notre Pére qui es aux cieux, ton nom soit sanctifié -exclamó.
El de la antorcha se detuvo.
– Ton régne vienne, ta volonté soit faite sur la terre comme au ciel.
Una pausa, luego dos voces continuaron.
– Donne-nous aujourd'hui notre pain quotidien -la de Jacob sonaba como guijarros al pisarlos-. Pardonne-nous nos péches, comme aussi nous pardonnons ceux qui nous ont offencés.
Isabelle, después de respirar hondo, añadió su voz a la de los niños.
– Et ne nous induis point dans la tentation, mais délivre-nous du malin; car á toi appartient le régne, la puissance, et la gloire á jamais. Amen.
El individuo de la antorcha siguió inmóvil entre ellos y el grupo de hombres. Miró fijamente a Marie, el silencio más denso que nunca.
– Si nos haces daño -dijo la niña-, Dios te hará daño a ti. Te hará mucho daño.
– ¿Y qué es lo que nos hará, ma petite?-preguntó el otro, divertido.
– ¡Calla, Marie! -susurró Isabelle.
– ¡Te arrojará al fuego! Y no morirás, no de inmediato. Caerás dentro y luego tus entrañas empezarán a rezumar y a cocerse. Y te crecerán los ojos más y más hasta que ¡plaf! ¡Explotarán!
Aquello no era una lección de monsieur Marcel. Isabelle recordó el episodio. Petit Jean había tirado una vez una rana al fuego y los niños se habían reunido en torno al hogar para presenciar su fin.
El hombre de la antorcha hizo algo que Isabelle nunca habría esperado de una persona así en semejante sitio: se echó a reír.
– Eres muy valiente, ma pauvre -le dijo a Marie-, pero un poco alocada. Me gustaría que fueses hija mía.
Isabelle apretó la mano de Marie y el otro lanzó una nueva carcajada.
– Pero ¿qué haría yo con una niña? -se preguntó entre dientes-. ¿Acaso sirven para algo?
Giró bruscamente la cabeza para mirar a sus compañeros y apagó la antorcha. Todos desaparecieron enseguida en el bosque.
La familia Tournier esperó mucho tiempo; nadie se presentó. Finalmente Etienne chasqueó la lengua y el caballo reemprendió la marcha, más despacio que antes.
Por la mañana Isabelle descubrió la primera hebra roja en el pelo de Marie. Se la arrancó y la quemó.
4. La búsqueda
Volví corriendo al despacho, con una postal en la mano que reproducía el cuadro de Tournier. Rick estaba sentado en una banqueta alta delante de su tablero de dibujo, y la luz de un flexo destacaba la silueta de sus pómulos y la flecha de su mandíbula. Aunque miraba fijamente el croquis que tenía delante, su imaginación, sin duda, se había trasladado más allá del papel. Con frecuencia se pasaba horas visualizando en detalle lo que acababa de diseñar: accesorios, instalación eléctrica, fontanería, ventanas, ventilación. Se lo imaginaba todo y lo mantenía en la cabeza; se paseaba por allí, se sentaba, vivía en el sitio, buscándole los defectos.
Me quedé mirándolo, luego metí la postal en el bolso de mano y me senté, la euforia anterior en franco retroceso. De repente no quería compartir con él mi descubrimiento.
Pero tendría que decírselo, argumenté conmigo misma. Voy a decírselo.
Rick alzó la vista del tablero con una sonrisa.
– ¿Qué tal? -preguntó.
– Lo mismo digo. ¿Todo en orden? ¿Estructura sólida?
– Sólida hasta el momento. Y buenas noticias -agitó un fax-. Una empresa alemana quiere que vaya a verlos dentro de una semana o dos. Si sale bien, conseguiremos un contrato enorme. Este despacho tendrá trabajo para años.
– ¿De verdad? ¡Eres toda una estrella! -sonreí y le dejé que hablara de aquello unos cuantos minutos.
– Escucha, Rick -empecé cuando hubo terminado- He encontrado una cosa en un museo cercano. Mira -saqué la postal y se la pasé. La colocó bajo la luz del flexo.
– Es el azul del que me has hablado, ¿verdad?
– Sí -me coloqué detrás y le pasé los brazos alrededor del cuello. Advertí una rigidez momentánea; me aseguré de que ninguna de las manchas de psoriasis estuviera en contacto con su piel.
– ¿Adivinas quién es el autor? -le apoyé la barbilla en el hombro.
Hizo intención de volver la postal pero le detuve.
– Adivina.
Rió entre dientes.
– Vamos, cielo, te consta que no sé nada de pintura -estudió el cuadro-. Uno de esos pintores italianos del Renacimiento, supongo.
– No. Es francés.
– Ah, bueno, uno de tus antepasados, en ese caso.
– ¡Rick! -le golpeé el brazo-. ¡Has mirado!
– ¡Claro que no! Bromeaba -le dio la vuelta a la postal-. ¿De verdad es un pariente tuyo?
– Sí. Me da el pálpito que sí.
– ¡Caramba!
– ¿Verdad que sí? -le sonreí. Rick me pasó un brazo por la cintura y me besó mientras movía el brazo para abrirme la cremallera del vestido. Había llegado ya a la cintura antes de que me diera cuenta de que iba en serio-. Un momento -jadeé-. ¡Vamos a esperar a llegar a casa!
Se echó a reír y cogió una grapadora.
– ¡Cómo! ¿No te gusta mi grapadora? ¿Qué tal el cartabón? -cambió la dirección del flexo para que el haz de luz rebotara en el techo-. ¿No te excita mi iluminación ambiental?
Le di un beso y me subí la cremallera.
– No es eso. Me parece que deberíamos…, quizá no es el mejor momento para hablar de ello, pero creo que no estoy tan segura de querer un hijo. Tal vez deberíamos esperar un poco más antes de intentarlo.
Puso cara de sorpresa.
– Pero lo habíamos decidido -a Rick le gustaba atenerse a sus decisiones.
– Sí, pero ha resultado más traumático de lo que yo esperaba.
– ¿Traumático?
– Quizá sea una palabra demasiado fuerte -vamos a ver, Ella, pensé; sí que ha sido traumático. ¿Por qué tratas de ocultárselo?
Rick aguardaba a que le dijese algo más. Al ver que no lo hacía, suspiró.
– De acuerdo, Ella, si es eso lo que sientes -empezó a recoger las plumas de dibujar-. No quiero que sigas adelante si no estás segura.
Volvimos a casa de un humor extraño, los dos agitados por diferentes razones, los dos alicaídos por lo inoportuno de mi revelación. Acabábamos de dejar atrás la plaza de Lisle cuando Rick detuvo el automóvil.
– Espera un momento -dijo. Saltó del coche y desapareció detrás de una esquina. Cuando regresó un minuto después depositó un paquetito en mi regazo. Me eché a reír.