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Llegó a la planta baja jadeante, a punto de vomitar. Y sin embargo, no logró escapar. Allí estaba él, esperándola. Maldijo en voz baja al tomarla en sus brazos y llevarla a su auto. Tara no podía hablar. No podía gritarle que quería que la dejara en paz. Además, la expresión decidida de Adam le decía que no la escucharía por ningún motivo

Llegaron a su apartamento en unos minutos y de nuevo él iba a su lado antes que ella pudiera protestar. El dolor en su pecho empezaba a ceder, pero carecía de la fuerza suficiente para apartarlo cuando la sacó del auto y la subió en brazos por la escalera.

– Abre la puerta, Tara -le ordenó.

Ella buscó en su bolso y encontró el llavero, luchando contra la cerradura hasta que logró introducir la llave correcta en ella y la puerta se abrió. Sin decir palabra, Adam fue a depositarla en el sofá y un minuto después le entregó un vaso con agua.

– Bebe esto.

Tara obedeció y lo vio sentarse en el sillón frente a ella sin decir nada, los brazos sobre las rodillas, la cabeza inclinada, hasta que ella se recobró lo suficiente para enderezarse. Entonces él se levantó y se fue, cerrando la puerta al salir.

Tara oyó que el motor del auto se ponía en marcha, que se alejaba y después, sólo silencio.

Beth dejó escapar una exclamación de alegría al llegar a la oficina a la mañana siguiente y descubrir que Tara ya estaba allí, trabajando.

– ¡Hola, pájaro madrugador! Eres un placer para unos ojos cansados. El trabajo me tiene agobiada -siguió parloteando sobre un súbito crecimiento del negocio al poner la cafetera en funcionamiento-. No sé qué hiciste por el maravilloso señor Blackmore, pero hemos colocado dos secretarias ejecutivas en Victoria House y tengo un pedido para una secretaria permanente. ¿Sabes de alguien? -pero continuó sin esperar respuesta-: Y tengo cita con Jenny el jueves para hablar de la colocación de personal con conocimientos de computación en su empresa.

– Sólo asegúrate de que todas bajen del ascensor en el piso correcto -comentó Tara con tono enigmático sin levantar la vista de sus papeles-. Hay un par de chicas a quienes entrevisté no hace mucho que podrían servir. Y acabo de enviar a Mary Ogden para que trabaje para Adam hasta que encuentre una secretaria permanente para él.

– ¿A Mary? -repitió Beth, pensativa-, Es muy buena, por supuesto, pero no diría que es de su estilo.

– Al contrario, aunque no creo que llene todos los requisitos estrictos que él estableció, considero que le servirá -comentó Tara al pensar en la estirada mujer de cincuenta años.

– Tú sabes qué haces -Beth se concretó a alzar los hombros-. Ya has trabajado para el hombre. Cuéntame, ¿cómo fue el viaje?

Tara levantó al fin la vista y Beth dejó escapar un jadeo al ver las marcadas ojeras de su amiga. Empezó a decir algo, pero cambió de idea y se obligó a reír.

– Tal vez Mary no sea tan mala idea, después de todo -se concentró en su correspondencia y las labores del día comenzaron.

Si Beth notó que Tara estaba tan tensa como un resorte y que saltaba cada vez que sonaba el teléfono, no lo comentó. No obstante, conforme la mañana transcurría y se sumergía en las actividades propias para colocar a sus chicas, Tara empezó a relajarse. En una o dos ocasiones advirtió que Beth la miraba con compasión, lo cual surtía un efecto positivo. La hacía erguirse, recordándose que debía mantener la sonrisa en los labios.

– Voy a buscar unos emparedados para el almuerzo -anunció Beth, cerca de las doce.

– De acuerdo, tráeme… -Tara no levantó la vista del directorio telefónico sino hasta que oyó que la puerta se cerraba con fuerza antes que terminara de hablar con Beth y dejó escapar un jadeo al ver a Adam.

– Creo que eso es lo que se conoce como una huida estratégica -Adam corrió el pestillo de la puerta.

– ¿Qué quieres, Adam?

– ¿Esa es la forma de recibir a alguien que te trae regalos?

– No quiero regalos de ti, Adam.

Sin inmutarse por el tono agrio, él fue a sentarse en la orilla del escritorio de Tara.

– No soy yo quien te manda esto -sacó un pequeño estuche y un sobre del bolsillo de su chaqueta-. Llegó por correo esta mañana. Desde Bahrein.

– ¿Qué es esto? -preguntó Tara al recibir el estuche y la carta.

– Ábrelo y ve -ahora fue el turno de Adam de hablar con tono cortante.

Tara soltó el broche y adentro, sobre un cojín de terciopelo descubrió un par de exquisitos pendientes de perlas.

– ¡Qué hermosos!

Adam le quitó el estuche de las manos para estudiarlos.

– Sí, dos perlas idénticas en tamaño y color. De los bancos de perlas de Bahrein, por supuesto -comentó con tono gélido-. Hanna tiene un gusto excelente. Te verás preciosa con ellos -se los regresó-. Pruébatelos.

– ¿Hanna me los envió?

– El sobre está cerrado, pero, ¿quién más puede ser?

– ¿No tuviste que abrirlo para asegurarte de que es de él? -molesta, Tara cerró el estuche-. No quiero su carta, ni quiero sus perlas. Regrésaselas.

– No hay por qué ser tan dramática -Adam esbozó una sonrisa-. Es su manera de disculparse.

– No necesito sus disculpas. Como tú mismo te esforzaste en señalar, sólo yo soy la culpable de lo que pasó. Représaselas -repitió con terquedad.

– No puedo hacerlo, Tara. Si lo hago, él pensará que no te las di.

– ¿Y eso en qué te afecta?

– Puede ser que como persona no me simpatice, pero debo reconocer que es un excelente intermediario financiero. Por el momento estamos ligados en este proyecto.

– Me temo que ese es tu problema. Yo no quiero los pendientes.

– Podrías venderlos. Te ayudarían a resolver tus problemas monetarios.

– ¿Tú qué sabes de eso?

– No sabía nada. Mas tu reacción me dice mucho.

– ¡Adam! -exclamó la joven cuando él se irguió para marcharse-. No puedes dejarme esto aquí. Pero él ya abría la puerta.

– Considéralo un bono adicional, Tara. Es evidente que te lo ganaste en la visita al pabellón en la playa. Lamento haber interpretado mal la escena en la casa de verano. Si no los hubiera interrumpido, con seguridad también estarías recibiendo un collar que hiciera juego.

Tara le arrojó la engrapadora a la cabeza, pero fue demasiado tarde. Adam había desaparecido. El objeto golpeó la pared y cayó al suelo sin lastimar a nadie.

Beth se agachó a recogerlo cuando regresó, dejándola sobre el escritorio sin comentario.

– Te traje uno de queso crema y salmón ahumado. Creo que te mereces algo especial.

– Las adulaciones no te llevarán a ninguna parte, Beth Lawrence. ¿Cómo te atreviste a huir y dejarme sola con él?

– Lo siento -se disculpó Beth, sonrojada-, pero no tenía cara de que le agradaría tener público.

– Supongo que no -aceptó Tara con un suspiro al abrir el sobre. Contenía el certificado de autenticidad de las perlas y una nota breve: "Perdóname, hermosa Tara. No comprendí. Hanna".

En una tarjeta, ella escribió un escueto "Perdonado. Tara", la metió en el estuche, llamó a un servicio de mensajería internacional y envió de regreso los pendientes.

Una pálida y airada Mary Ogden hizo acto de presencia en la oficina a las tres de la tarde del día siguiente. -Lo siento, Tara, hice mi mejor esfuerzo, pero es imposible trabajar con ese hombre.

– ¿Dejaste al señor Blackmore? -preguntó la joven con desaliento

– Mi capacidad jamás ha sido puesta a prueba.

– Lo siento, Mary. Sé que no es el hombre más fácil del mundo para el cual trabajar… y entiendo que ha estado bajo una tensión terrible estos días. Pero en realidad esperaba que pudieras salir avante.

– Claro que habría podido hacerlo. Sólo le pedí que fuera un poco más despacio cuando me dictaba -asumió un aire indignado-. ¡Me dijo que su secretaria anterior podía seguirle el paso! -lanzó un bufido mientras mascullaba que nadie podía tomar dictado a esa velocidad-. Mi taquigrafía nada deja que desear y se lo dije.,