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El papa gritaba embargado por la desesperanza a la vez que su cabeza se tambaleaba por el esfuerzo.

Jasmin dio un paso de forma espontánea hacia delante, pero el monje la cogió del brazo y su agarre férreo la detuvo.

– No. Tiene otra de sus visiones.

El papa, con las manos cerradas en puños, golpeaba descontrolado el suelo de piedra.

– Señor… ¡Responde! ¡Háblame!

La furiosa llamada inicial se convirtió más tarde en un profundo sollozo, el cual dio paso finalmente a unos quejidos capaces de romperle a uno el corazón.

Chris comenzó a temblar mientras se escuchaba a sí mismo jadear, como si fuera él mismo quien soportaba esa carga tan pesada que oprimía al Sumo Pontífice. A Jasmin parecía ocurrirle lo mismo; sus dientes castañeteaban de forma descontrolada.

– ¡Lo sé! ¡Lo sé! -gritó el papa-. ¡La culpa le pertenece al pastor!

La cabeza del papa cayó hacia adelante en el suelo de piedra. Un estremecimiento le recorrió desde los hombros hacia abajo por todo su cuerpo. Una y otra vez, su cuerpo daba respingos. Momentos después, su cuerpo se relajaba y el papa jadeaba fatigado.

Pasaron unos minutos hasta que el pontífice se hubo levantado, no sin cierto esfuerzo. Se apoyaba en su báculo pastoral y avanzaba con pesadez hasta el altar. Su espalda se mantenía encorvada y el báculo vibraba; tal era el temblor descontrolado de su brazo.

Por fin el papa alargó su mano izquierda y tomó la inyección con el líquido rosáceo.

El pontífice se dio media vuelta y Chris se estremeció.

Su rostro mostraba una palidez cadavérica y profundas arrugas; como si hubiera envejecido varios años.

Parecía no ver a nadie mientras mantenía clavada su mirada, con los ojos vacíos y como en trance, hacia la salida de la capilla.

* * *

La madera ardía envuelta en llamas. Las llamaradas daban zarpazos mientras se retorcían y se desplazaban hacia los lados; a continuación ascendían de nuevo verticalmente hacia arriba. Desde occidente, donde en el cuadrado del pequeño claustro faltaba el muro, penetraban una y otra vez nuevas ráfagas de viento, avivando en cada ocasión la lumbre.

Chris y Jasmin permanecían de pie en la parte despejada mientras miraban hacia abajo en dirección al camino occidental que conducía al monasterio, lugar en el que continuaban humeando los escombros del helicóptero ceñido al muro del monasterio.

Tres de los hombres de Trotignon caminaban a hurtadillas entre los cadáveres, a pesar de que el médico había declarado que nadie de los de allí abajo seguía con vida.

Los dos se encaminaron de nuevo al pequeño patio. El papa se encontraba erguido delante del fuego mientras mantenía clavada su mirada en dirección a las llamas. A su lado aguardaban Jerónimo y Elgidio Calvi, quien no cesaba en el empeño de mirar su reloj.

El cuadrado se encontraba a la sombra de la capilla. El sol había superado en todo este tiempo la altura de las crestas de las montañas, inundando los bosques de los valles con la reconfortante luz de la mañana. Sería al final del mediodía cuando el sol cobró suficiente altura para que sus ardientes rayos alcanzaran aquel lugar.

El papa hizo un gesto con la cabeza y acto seguido Jerónimo abrió el maletín. Poco a poco rescató los restos de los cultivos de células y las pruebas de tejido del ratón muerto y se los entregó al pontífice, quien los arrojó con decisión al fuego.

Por último, el papa sostuvo la inyección con la prueba lista para su uso en la mano. Este dio dos pasos al frente. Por un segundo pareció que se iba a caer. Sin embargo, antes de que Calvi pudiera reaccionar, el pontífice ya se tenía de nuevo bajo control.

El brazo del papa describió un amplio arco durante el lanzamiento. Chris vio caer el émbolo en uno de los tizones ardientes, donde permaneció tendido fácilmente visible.

El fuego parecía arder de pronto con mayor vehemencia. Ráfagas de aire arribaban, las llamas flameaban con mayor claridad y el crepitar del fuego le penetraba a Chris con mayor estruendo en los oídos.

Su mirada quedó atraída por el ardiente tizón sobre el que se encontraba el émbolo. Las zonas ennegrecidas por el fuego de la madera mutaron en millones de puntos incandescentes y las llamas flameaban en un intenso azul, tornándose más arriba rojas y amarillentas.

Tardó un rato hasta que estallara el émbolo. El líquido se evaporó y se mezcló sin más con el humo de la madera.

Sin mediar palabra, Benedicto se dio media vuelta y abandonó con pesadumbre el pequeño claustro. Elgidio Calvi le seguía con el maletín que contenía ahora tan solo las tablillas y los huesos.

– Así de fácil es -murmuró Chris a la vez que contempló a Jasmin.

Acto seguido se les acercó Jerónimo.

– Así de difícil fue -contradijo el monje, quien había escuchado las palabras de Chris.

– ¿El es consciente de lo que acaba de hacer? -quiso saber Chris-. Yo no hubiera podido hacerlo.

El monje lo examinó con insistencia.

– Yo estoy seguro de que sí sabía lo que hacía. Y es bueno que así sea.

– Bueno, usted es un hombre de la Iglesia. No se puede esperar de usted otro tipo de respuesta.

– «No puede ser que coma también del árbol de la vida. ¡Pues vivirá para siempre!» -exclamó Jerónimo.

– Sí, sí. Las palabras de la Biblia. Al menos ha procurado que no se pongan en duda los cimientos de su fe.

– Ha hecho mucho más que eso para la humanidad.

– Eso sí que me interesa.

– Él actuó en el sentido de la Evolución, y por lo tanto también en el sentido de la humanidad.

– Los científicos opinarán seguramente de forma muy diferente.

– No lo creo. Piense en la Evolución, la Biblia de los científicos: si no existiera la muerte, no existiría la vida. Solo a través de la muerte y la vida renovada se desarrollan las especies. La vida y la muerte dependen la una de la otra. Son hermanas inseparables. No hay ningún camino capaz de deshacer este axioma de la evolución. Este descubrimiento no corresponde a la Iglesia, sino a la ciencia.

– Pero esto no le va a servir de ayuda a la reconciliación ente la fe y la ciencia.

– No hagamos caso de los fanáticos. Los entendidos y tolerantes de ambas partes han conseguido llegar mucho más lejos, pues saben que las ciencias naturales son un oficio divino. ¿Y hacia qué va dirigido el oficio divino de los creyentes? Hacia la creación. ¿Ya qué nos referimos con la Creación? Eche un vistazo a su alrededor. Ambos se refieren a lo mismo, solo que lo definen con otras palabras.

* * *

Roma, miércoles

Normalmente, la audiencia general del pontífice delante de la catedral de San Pedro solía dar comienzo los miércoles a las diez y media. Sin embargo, eran ya las once.

– Ya no siento mis posaderas -gruñó Philipp a la vez que se secaba con el antebrazo el sudor de la frente. El sol llevaba martirizándole la cabeza desde hacía horas.

Habían pasado su última noche en Roma delante de la Fontana di Trevi y se habían apresurado en sortear antes de las ocho las barreras de la plaza para asegurarse un lugar cerca de las escalinatas.

– Ya vendrá -Anja se pasó la mano por su corto y oscuro cabello a la vez que se dejó contagiar por el alegre ambiente que emanaba la muchedumbre.

Las filas gris oscuras repletas de sillas de plástico situadas en la parte anterior de la plaza ya habían sido ocupadas al amanecer. Mientras, en la superficie restante de la plaza, las personas se encontraban de pie apretujándose unas con otras.

– No dejo de pensar en el tipo que durante nuestro viaje de ida nos llevó durante un trecho.

Philipp miró hacia uno de los enormes monitores que se ubicaban a ambos lados de la plaza y que transmitían alternativamente imágenes de las diferentes aglomeraciones de personas o las caras de los clérigos situados más arriba, debajo del baldaquín.