– Pues sí -dijo el mundano Montalbano, sin sorprenderse ante aquel inicio de conversación.
– A uno lo han amnistiado -terció Guttadauro-. Pero enseguida lo han compensado matando a otro en otro estado.
– ¿Usted, comisario, está a favor o en contra? -preguntó el viejo.
– Yo estoy en contra de la pena de muerte.
– No podía dudar de alguien como usted. Yo también estoy en contra.
¿Cómo en contra? ¿Acaso la decena larga de personas que había mandado matar no habían sido condenadas a muerte por él? ¿O don Balduccio establecía diferencias cuando la muerte la ordenaba él y cuando la ordenaba la ley?
– Pero antes estaba a favor -añadió el viejo.
Aquello tenía más sentido. ¿Cuántos verdugos implacables había tenido en nómina en el pasado?
– Hasta que me di cuenta de mi error, porque la muerte no tiene remedio. Me convencí por una cosa que me ocurrió hace muchos años con uno de mis parientes en Colombia… Orazio, amigo mío, ¿me alcanzas un vasito de agua?
Guttadauro así lo hizo.
– Tiene que perdonarme, pero es que me canso mucho hablando… Me dijeron que este pariente mío se dedicaba a sus intereses en lugar de a los míos; yo lo creí y cometí un error, di una orden equivocada. ¿Me explico?
– Perfectamente.
– Era más joven, no reflexioné. Al cabo de menos de seis meses supe que lo que me habían contado de ese hombre no era verdad. Pero el daño ya estaba hecho y no había marcha atrás. ¿Cómo podía compensarlo? Había una sola manera: convertir a su hijo en hijo mío. Y darle una vida limpia. Y ese muchacho me ha querido a pesar de que… y nunca habría cometido un fallo conmigo… ni jamás me habría dado un… un disgus… disgusto. Ya no… no puedo… más.
Era evidente que le faltaba el resuello.
– ¿Quiere que siga yo? -preguntó Guttadauro.
– Sí. Pero antes…
– Comprendo. ¡Gnazio!
Instantáneamente apareció el armario. El gigante inclinó la cama, quitó una almohada, introdujo los tubos en las fosas nasales del viejo, abrió la bombona y por fin se retiró.
Entonces Guttadauro prosiguió.
– Antes de embarcarse, Giovanni Alfano, pues usted ya habrá comprendido que estamos hablando de él, vino aquí con su mujer para despedirse de don Balduccio.
– Lo sé, la señora Dolores me enseñó las fotografías.
– Bien. En aquella ocasión don Balduccio llamó aparte a Giovanni para darle una cosa. Una carta. Para que se la entregara personalmente a un amigo de Villa San Giovanni, que lo esperaría en determinado lugar. Y le rogó que no dijese nada a nadie, ni siquiera a su mujer, acerca de esa carta.
– ¿Y qué ocurrió?
– Ocurrió que hace apenas diez días don Balduccio se enteró de que la carta no se había entregado.
– ¿Cómo tan tarde?
– Bueno. Primero vino la enfermedad de mi amigo, después la larga hospitalización; luego, la persona que tenía que recibir la carta no pudo ponerse en contacto con nosotros a causa de un incidente… Un desconocido le pegó tres tiros, pero por equivocación, ¿sabe?…
– Entiendo. ¿Era una carta importante?
– Mucho -respondió el viejo desde la cama.
– ¿Y usted le había dicho a Alfano lo importante que era?
– Sí -resolló don Balduccio.
– ¿Puedo saber qué ponía?
Guttadauro miró al viejo. Y éste asintió con la cabeza, autorizándolo a hablar.
– Verá, comisario, don Balduccio tiene negocios muy amplios… La carta contenía, ¿cómo decirlo?, instrucciones para un eventual acuerdo con sociedades competidoras que actúan en Calabria…
Un buen acuerdo entre la mafia y la 'ndrangheta, vaya.
– Pero ¿por qué no la enviaron por correo?
De la cama surgió un ruido extraño, una serie de ji ji a medio camino entre un estornudo y un hipido por exceso de vino. Montalbano comprendió que el viejo se estaba riendo.
17
– ¿Enviarla por correo? Me sorprende usted, estimado comisario -dijo el abogado-. Tal como sabe, desde hace años mi amigo es objeto de una auténtica persecución policial y judicial, le interceptan las cartas, le hacen registros sorpresa, lo detienen sin ninguna razón convincente… Cometen actos de terrorismo de Estado contra él, eso es.
– ¿Y cuál es su opinión sobre el fallo en la entrega?
– Nuestra opinión es que Giovanni no estuvo en condiciones de realizarla.
– ¿Por qué?
– Porque muy probablemente Giovanni jamás cruzó el estrecho.
– ¿Y dónde debió de quedarse?
– Según nosotros, en Catania.
O sea, que así habían ido las cosas según Balduccio y Guttadauro.
– Pero ustedes… ustedes ¿por qué no intentaron averiguar qué había ocurrido? Don Balduccio tiene muchas amistades, fácilmente habría podido…
– Mire, estimado comisario, no se trataba de saber qué había ocurrido. Don Balduccio lo intuyó… me lo contó como si hubiera estado presente, algo realmente impresionante… En todo caso se trataba de confirmar ciertas intuiciones.
– De acuerdo, es lo mismo, ¿por qué no buscaron ustedes esa confirmación?
– La mierda yo… no la toco… con las manos -contestó el viejo con un gran esfuerzo.
El abogado Guttadauro hizo la traducción:
– Don Balduccio consideró que la resolución de esta historia le competía de pleno derecho a la ley.
– ¿Y por eso tenía que coger yo la mierda con mis manos?
Guttadauro extendió los brazos.
– Eso esperábamos. Pero al llegar a ese punto, usted se inhibió a favor de su subcomisario.
– El cual está cometiendo… un error… muy grande -agregó el viejo en tono de reproche.
– No podemos permitir de ninguna manera que siga equivocándose mucho más -apostilló el abogado en tono concluyente.
– Estoy muy cansado -dijo don Balduccio cerrando los ojos.
Montalbano se levantó y abandonó la habitación, seguido de Guttadauro.
– No me ha gustado nada esa última frase -le espetó al abogado.
– Tampoco a mí, que soy quien ha tenido que pronunciarla. Pero no se la tome como una amenaza, estimado comisario. Don Balduccio todavía no lo sabe, porque yo he ordenado que no se lo contaran, pero yo lo sé.
– ¿A qué se refiere?
– A que su subcomisario y Dolores… digamos que se ven. Nos interesa a todos que esta historia concluya cuanto antes.
Guttadauro lo acompañó hasta el coche, le abrió la puerta, la cerró cuando él se sentó, y se inclinó con una reverencia cuando el automóvil se puso en marcha.
Era tarde, pero no le apetecía dormir. Tenía que pensar mucho. Fue a la cocina y preparó la consabida cafetera para seis. O sea, que Guttadauro sabía lo de Dolores y Mimì. Y le había dado una especie de ultimátum provisional con el que no se podía bromear. ¿Cómo reaccionaría Balduccio si se enterara de la aventura de Dolores con el subcomisario que lo estaba investigando? Seguramente muy mal. Porque comprendería que Mimì trabajaba a favor de Dolores. Jamás creería en la buena fe de Augello. Y la cosa podría seguir un camino peligroso. El café ya estaba hecho. Montalbano llenó una taza y se la bebió despacio. No era cuestión de estar en la galería, pues hacía demasiado frío. Se sentó a la mesa del comedor, con papel y pluma al alcance de la mano. En esencia, ¿qué le había dicho Balduccio? En primer lugar, le había hecho una auténtica confesión, es decir, que había sido él quien ordenó matar a Filippo Alfano en Colombia, convencido de que lo traicionaba. Al reconocer el homicidio, se había puesto en sus manos. Pero seguramente Balduccio había hecho esa confesión con un segundo propósito. ¿Cuál? Montalbano escribió: «Informarse de cuándo y cómo fue asesinado Filippo Alfano. Encargar la investigación a Catarella.»
En segundo lugar, y eso era muy importante, el viejo le había dicho que, tras comprender su error, se había hecho cargo de Giovanni, el hijo de Filippo, proporcionándole estudios y asegurándole «una vida limpia». En otras palabras, lo había mantenido al margen de las actividades mafiosas. Por consiguiente, Giovanni no era un correo. Ésa era una de las razones por las que Balduccio había querido que fuera a verlo: para decírselo en persona. Al viejo mafioso le desagradaba que se manchara la memoria de Giovanni. Pero ¿qué significaban entonces los restos de cocaína en aquella caja de zapatos? Esa cocaína no era para uso personal, pues los amigos de Giovanni afirmaban que él no consumía drogas. A lo mejor la esnifaba Dolores. También estaba lo que Balduccio no había dicho: no había mencionado ni una sola vez el nombre de Dolores. Y eso significaba algo, ciertamente. A menudo los silencios de los mafiosos dicen más que las palabras. Otro punto: Balduccio creía que Giovanni no había podido entregar la carta porque ni siquiera había cruzado el estrecho. En su opinión, se había quedado en Catania. Pero ¿cómo podía afirmarlo si la sangre en el lavabo probaba la presencia de Giovanni en Gioia Tauro? Último punto: Balduccio, al considerar toda aquella historia una «mierda» y declarar que no quería encargarse de ella, daba paso a la ley con un objetivo concreto pero no declarado (el verdadero objetivo, en las palabras de los mafiosos, siempre se ocultaba detrás de un objetivo que parecía erróneamente primario). El viejo quería que los responsables del asesinato de Giovanni acabaran en la cárcel después de un proceso público que mostrara a todos su suciedad y crueldad. Si se encargara del asunto el propio mafioso, los culpables lo pagarían indudablemente, pero desaparecerían en silencio, serían asesinados por la lupara blanca, con la escopeta de caza de cañones recortados utilizada tradicionalmente en los crímenes mafiosos, y después se haría desaparecer sus cadáveres. En resumen, su objetivo era el uso de la ley como refinada forma de venganza, consistente en el escarnio y puteo públicos.