Balduccio tuvo la certeza de que Giovanni estaba muerto nada más enterarse de que la carta no había sido entregada. Aquella omisión fue para él más clara que una prueba evidente. Porque, bien mirado, toda aquella historia estaba hecha de objetos ausentes o presentes. Una carta en mano no entregada. Un ramo de rosas que no se recoge por la noche, pero que al día siguiente ya no está. El polvo fuera de lugar en el mueblecito del recibidor. Un cubo de basura que debe contener los restos de una comida y que, en cambio, está vacío. Un recibo de Enel sin pagar. Una jeringa manchada de sangre…
¡Un momento, Montalbano! ¡Quieto ahí!
¡El cubo de la basura de via Gerace era de plástico! ¿Seguro? Seguro. Pues si era de plástico, grandísimo idiota, no podía tener el fondo oxidado. ¡Lo que viste no era herrumbre, sino sangre seca! ¡Sangre salida de la jeringa cuando la arrojaron al cubo de la basura! Anotó: «Telefonear por la mañana a Esterina Trippodo.»
Entonces comprendió clarísimamente las jugadas que habría que hacer a continuación. Siguió escribiendo: «Llamar a Macannuco, ponerlo al corriente de todo y sugerirle las cosas que tendría que hacer.»
En cuanto terminó la frase, se sintió un poco cansado. Cansado pero satisfecho. Y estuvo seguro de que, si se acostaba, conciliaría el sueño enseguida.
Lo despertó un estruendo en la cocina. Miró el reloj: las nueve y media. ¡Virgen santa, qué tarde era!
– ¡Adelina!
– Dutturi, ¿qué hice, lo desperté? ¡Dormía como un angelito!
– ¿Me preparas un café como Dios manda?
Montalbano se levantó, pero en lugar de encerrarse en el cuarto de baño, fue al comedor y marcó el número de información. Le contestó una horrenda voz femenina grabada. Al final la robot le indicó el número que deseaba. Antes de marcarlo, se bebió el café. Y antes de que le contestaran al otro extremo de la línea, tuvo tiempo de recitar las tablas del siete, el ocho y el nueve. Por fin respondió una voz de mujer.
– ¿Sí?
– Oiga, ¿hablo con la señora Esterina Trippodo?
– Si llamas a mi número particular, ¿quién coño quieres que te conteste?
¡Siempre con su delicada gracia aquella mujer!
– Soy el comisario Montalbano. ¿Se acuerda de mí?
– Cómo no. ¡Viva el rey!
– ¡Viva! Tendría que pedirle un favor, señora.
– A su disposición. Si no nos ayudamos entre nosotros, los que confesamos el mismo credo…
– Necesito que coja usted el cubo de la basura de los Alfano, tal como está, y se lo lleve a casa. ¡Por el amor de Dios, no lo lave! ¡No le quite la tapa! Durante el día irá mi compañero Macannuco a recogerlo.
– ¡No, Macannuco no!
– Se lo ruego en nombre del credo común, Esterina.
Tardó un cuarto de hora largo en convencerla, maldiciendo para sus adentros cada vez que tenía que cantar las alabanzas de los Saboya. Después llamó a la comisaría.
– ¡A sus órdenes, dottori!
– Catarè, iré tarde al despacho.
– Usía manda.
– Si está Fazio, pásamelo.
Tabla del tres.
– Dígame, dottore.
– Fazio, ¿Mimì está en su despacho?
– No; se ha ido a Montelusa a ver al dottor Musante.
– Oye, necesito averiguar una cosa esta mañana y no quiero que Mimì sea informado. ¿De acuerdo?
– Como quiera.
– Tienes que buscarme en qué fecha exacta mataron a Filippo Alfano en Colombia.
– Seguramente en el registro civil de aquí habrá constancia de los datos del deceso.
– Muy bien, cuando lo tengas todo, se lo das a Catarella. Durante la mañana, él debe buscar a través de Internet qué periódicos había en Colombia por aquel entonces y establecer contacto con uno de ellos.
– ¿Para qué?
– Quiero conocer exactamente las circunstancias de la muerte de Filippo Alfano.
Fazio guardó silencio un instante.
– Dottore, me parece recordar que quien me contó la historia de Filippo Alfano me dijo también que de eso habían hablado los periódicos de aquí.
– Mejor. En resumen, de una o de otra manera, quiero una respuesta.
Después llamó a Macannuco, con el que habló una media hora. Al final estuvieron de acuerdo en todo menos en un detalle.
– ¡No! ¡Yo a ésa no le digo el viva el rey!
– Macannù, pero ¿qué coño te importa? Díselo y verás cómo se pone a tu disposición.
Ahora había que preparar la tercera jugada, que debía hacer a ciegas y que por eso era la más peligrosa, pero también era la que, si acertaba, lo resolvería todo.
– ¡Adelina!
– ¿Qué hay, dutturi?
– Coge papel de carta y escribe.
– ¿Yo? Ya sabe que con lo de escribir…
– No importa. Hagamos una cosa; yo te lo anoto en una hoja y tú lo copias en otra en blanco. ¿De acuerdo?
Cogió una hoja y escribió con mayúsculas:
LA JERINGA QUE TÚ SABES LA TENGO YO. ADIVINA QUIÉN SOY. A VER SI DAS SEÑALES DE VIDA Y NOS PONEMOS DE ACUERDO.
– ¡Virgen santa! -exclamó Adelina-. ¡Qué largo es esto!
– Tómatelo con calma. Yo voy al cuarto de baño.
Tardó casi una hora a propósito. En efecto, cuando salió, Adelina acababa de terminar.
– Toda sudada estoy, dutturi. ¡Virgen santa, qué trabajo! ¿Tengo que poner la firma?
– No, Adelì; ¡es una carta anónima!
Ella lo miró asombrada.
– ¡Vaya! ¿Y usía, hombre de ley, me hace escribir una carta nónima?
– ¿Sabes qué decía Maquiavelo?
– No, señor, no lo conozco. ¿Qué decía?
– Que el fin justifica los medios.
– Nada entendí; mejor vuelvo a la cocina.
LA JERINCA QUE TU SABES LA TENCO YO. ADIVINA QUIEN SOY. AVER SI DAS SEÑALES DE VIDA YNOS PONEMOS DE ACUERDO.